Perdona si no alcanzo a decirte algo más profundo y más sincero. Sé que me conoces y sabes que no llego a más.
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| Dos oraciones diferentes |
Los frailes entraron, mientras anochecía, a la capilla. El calor
era realmente intenso, hasta el punto de que el sudor
corría por las frentes, las espaldas, los brazos y las
manos.
En el fondo del ábside, un tabernáculo y un crucifijo.
Dos frailes miraban al Sagrario con actitudes muy diferentes.
El
primero
musitaba en su corazón: “¿Qué hago aquí, encerrado en la
capilla, cuando podría estar fuera, tomando el fresco? ¿Qué sentido
tiene este sudor y este desasosiego? Ojalá pronto pase esta
ola de calor y podamos estar más frescos.
En cierto
modo, soy culpable de estar aquí, quejándome. Porque un día
renuncié a una vida más cómoda y tranquila, porque quise
vivir pobremente, porque soñé con seguir las huellas de Cristo
y servir a los hombres mis hermanos.
Pero ahora me agobia
este calor, hasta el punto de que no le encuentro
sentido a estos momentos de encierro en una capilla, casi
sin aire, con hábitos que resultan incómodos, con un cansancio
profundo en mi corazón. ¿Será que he perdido el norte
de mi vida? ¿O tendrán razón quienes dicen que yo,
como tantos otros religiosos, somos unos seres fracasados e insensatos,
que nos apartamos de los beneficios del progreso para escoger
modos de vida irracionales?”
El segundo fraile sudaba como el
primero,
pero mantenía un diálogo muy diferente con Cristo presente en
el Sagrario.
“Señor, otra vez me tienes aquí, ante Ti. Con
mis pecados, con mis debilidades, con mi cansancio, con mis
penas, con los sufrimientos de las personas que viven a
mi lado o tal vez lejos. Pero es hermoso saber
que me escuchas, que me consuelas, que me ayudas, que
me levantas, que me perdonas.
Vale la pena este pequeño
sacrificio
que Te ofrezco por el mundo, por quienes sufren sin
sentido, por quienes lloran sin consuelo, por quienes callan porque
piensan que nadie les escucha, por quienes mueren y van
a tu presencia.
Sé que mi oración es pequeña y pobre.
Tú sabes que no tengo un corazón contemplativo. Pero quisiera
que estos momentos, por encima del sudor y de las
incomodidades, fueran una renovación de ese sí que te di,
hace ya años, para seguirte, para estar contigo, para ayudar
a mis hermanos, que son también tuyos.
Perdona si no alcanzo
a decirte algo más profundo y más sincero. Sé que
me conoces y sabes que no llego a más en
estas circunstancias. Pero me alegra mucho ver que estás entre
nosotros, que no abandonas a tu pueblo, que buscas al
perdido, que perdonas al que cae por culpa del pecado.
Aquí
me tienes. Dispón de mi vida, de mi tiempo, de
mis ilusiones, de mi mente, de mi corazón, para lo
que sea. Cuenta también con mis sudores, hoy en esta
capilla, mañana en cualquier lugar donde me lleves.
Y
permíteme que
te diga, nuevamente, que Te quiero, quizá con un corazón
cansado por el paso del tiempo, pero todavía con esa
fuerza que Tú me das, para seguir adelante, al menos
durante las próximas horas, en este camino maravilloso que recorro
tras tus huellas”.
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