1. Quiero comenzar también esta catequesis con un hermoso texto de
la carta a los Efesios, que dice: "Bendito sea el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo... Nos ha elegido en él antes de la fundación
del mundo... en el amor, eligiéndonos de antemano para ser sus hijos
adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su
voluntad... de hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en
los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 3.10). San Pablo, con
vuelo de águila, con un profundo sentido del misterio de la Iglesia, se
eleva a la contemplación del designio eterno de Dios, que quiere
reunirlo todo en Cristo como Cabeza. Los hombres, elegidos desde la
eternidad por el Padre en el Hijo amado, encuentran en Cristo el camino
para alcanzar su fin de hijos adoptivos. Se unen a él convirtiéndose en
su Cuerpo. Por él suben al Padre, como una sola realidad, junto con las
cosas de la tierra y del cielo.
Este designio divino halla su realización histórica cuando Jesús
instituye la Iglesia, que primero anuncia (Cfr. Mt 16,18) y luego funda
con el sacrificio de su sangre y el mandato dado a los Apóstoles de
apacentar su rebano. Es un hecho histórico y, al mismo tiempo, un
misterio de comunión con Cristo. El apóstol no se limita a contemplar
ese misterio; se siente impulsado a traducir esa verdad contemplada en
un cántico de bendición: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo..."
2. Para la realización de esta comunión de los hombres en Cristo,
querida desde la eternidad por Dios, reviste una importancia esencial el
mandamiento que Jesús mismos define "el mandamiento mío" (Jn 15, 12).
Lo llama "un mandamiento nuevo": "Os doy un mandamiento nuevo: que os
améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis
también vosotros los unos a los otros" (Jn 13, 34). "Este es el
mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado"
(Jn 15, 12).
El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo
como a si mismo, tiene sus raíces en el Antiguo Testamento. Pero Jesús
lo sintetiza, lo formula con palabras lapidarias y le da un significado
nuevo, como signo de que sus discípulos le pertenecen. "En esto
conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a
los otros" (Jn 13, 35). Cristo mismo es el modelo vivo y constituye la
medida de ese amor, del que habla en su mandamiento: "Como yo os he
amado", dice. Más aún, se presenta la fuente de ese amor, como "la vid",
que fructifica con ese amor en sus discípulos, que son sus
"sarmientos": "Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece
en mi y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mi no podéis
hacer nada" (Jn 15, 5). De allí la observación: "Permaneced en mi amor"
(Jn 15, 9). La comunidad de los discípulos, enraizada en ese amor con
que Cristo mismo los ha amado, es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, única
vid, de la que somos sarmientos. Es la Iglesia.comunión, la
Iglesia.comunidad de amor, la Iglesia-misterio de amor.
3. Los miembros de esta comunidad aman a Cristo y, en él, se aman
recíprocamente. Pero se trata de un amor que, derivando de aquel con que
Jesús mismo los ha amado, se remonta a la fuente del amor de Cristo
hombre-Dios, a saber, la comunión trinitaria. De esa comunión recibe
toda su naturaleza, su característica sobrenatural, y a ella tiende como
a su propia realización definitiva. Este misterio de comunión
trinitaria, cristológica y eclesial, aflora en el texto de san Juan que
reproduce la oración sacerdotal del Redentor en la última Cena. Esa
tarde, Jesús dijo al Padre: "No ruego sólo por éstos, sino también por
aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mi, para que todos
sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno
en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17,
20.21). "Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el
mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me
has amado a mí" (Jn 17, 23)
4. En esa oración final, Jesús trazaba el cuadro completo de las
relaciones interhumanas y eclesiales, que tenían su origen en él y en la
Trinidad, y proponía a los discípulos, y a todos nosotros, el modelo
supremo de esa "communio" que debe llegar a ser la Iglesia en virtud de
su origen divino; él mismo, en su íntima comunión con el Padre en la
vida trinitaria. Jesús en su mismo amor hacia nosotros mostraba la
medida del mandamiento que dejaba a los discípulos, como había dicho en
otra ocasión: "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial"
(Mt 5, 48). Lo había dicho en el sermón de la montaña, cuando recomendó
amar a los enemigos: "Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os
persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace
salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos" (Mt
5, 44.45). En otras muchas ocasiones, y especialmente durante su
pasión, Jesús confirmó que este amor perfecto del Padre era también su
amor: el amor con que él mismo había amado a los suyos hasta el extremo.
5. Este amor que Jesús enseña a sus seguidores, como reproducción
de su mismo amor, en la oración sacerdotal se refiere claramente al
modelo de la Trinidad. "Que ellos también sean uno en nosotros", dice
Jesús, "para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en
ellos" (Jn 17, 26). Subraya que éste es el amor con que "me has amado
antes de la creación del mundo" (Jn 17, 24).
Y precisamente este amor, en el que se funda y edifica la Iglesia
como "communio" de los creyentes en Cristo, es la condición de su misión
salvífica: que sean uno como nosotros (pide al Padre), para que "el
mundo conozca que tú me has enviado" (Jn 17, 23). Es la esencia del
apostolado de la Iglesia: difundir y hacer aceptable, creíble, la verdad
del amor de Cristo y de Dios atestiguado, hecho visible y practicado
por ella. La expresión sacramental de este amor es la Eucaristía. En la
Eucaristía la Iglesia, en cierto sentido renace y se renueva
continuamente como la "communio" que Cristo trajo al mundo, realizando
así el designio eterno del Padre (Cfr Ef 1, 3.10). De manera especial en
la Eucaristía y por la Eucaristía la Iglesia encierra en sí el germen
de la unión definitiva en Cristo de todo lo que existe en los cielos y
de todo lo que existe en la tierra, tal como dijo Pablo (Cfr Ef 1, 10):
una comunión realmente universal y eterna.