¿Nos
abandonamos en manos de Dios? ¿Confiamos en su ayuda y misericordia?
¿Realmente conocemos como vivir la esperanza?
Es ocioso hablar a un niño pequeño de la importancia de su padre o de su
madre. Cuando se aventura a dar sus primeros pasos no tiene ningún
temor: alegre y confiadamente esos inseguros malabarismos tienen la
garantía de unos brazos fuertes y unos ojos vigilantes que se
antepondrán a cualquier percance. Luego, ya mayores, ante los apuros les
basta pensar: “mi papá lo arreglará”. O, para manifestar su dignidad o
sus méritos -si bien no propios-, consideran suficiente decir: “soy hijo
de fulano”, “mi papá puede hacerlo todo”, “Se lo preguntaré a papá, él
lo sabe todo”.
De esta actitud del hijo con su padre -y, para nuestro asunto, la
actitud de la criatura con su Creador-, resulta muy fácil ver por qué un
acto de esperanza es un acto de culto a Dios: expresa nuestra confianza
total en Él, como Padre amoroso, sabio y omnipotente. Al hacer un acto
de esperanza afirmamos nuestro convencimiento de que el amor de Dios es
tan grande que Él se ha obligado con promesa solemne a llevarnos al
cielo (...”confío en vuestra bondad y misericordia infinitas”).
Afirmamos también nuestra convicción de que su misericordia sin límites
sobrepasa las debilidades y extravíos humanos (... “que me perdonaréis y
me daréis gracia para enmendarme y perseverar hasta el último instante y
fin de mi vida”). Para ello una sola condición es necesaria, condición
que se presupone aunque no llegue a expresarse: “siempre y cuando ponga
yo lo que esté de mi parte”. No tengo que hacer todo lo absolutamente
posible, pues eso muy pocos, si es que hay alguno, lo consiguen. Pero sí
es necesario que haga yo el esfuerzo de asir la mano que Dios me
tiende.
Dicho de otro modo, al hacer un acto de esperanza reconozco que no
perderé el cielo a no ser por culpa mía. Si me condeno no será por “mala
suerte”, no será por casualidad o porque Dios me haya abandonado. Si
voy al infierno será por haber antepuesto mi voluntad a la de Dios. Si
me veo apartado de Él por toda la eternidad será porque deliberadamente,
aquí y ahora, rechazo a Dios con los ojos bien abiertos, he rechazado
la mano que Dios me tendía.
Sabiendo qué es un acto de esperanza, resulta fácil deducir cuáles son
los pecados contra esta virtud. Podemos pecar contra ella por “esperanza
excesiva”, si fuera posible hablar así. Sería mejor decir por
“esperanza mal entendida” o “esperanza desvergonzada”, o sea,
esperándolo todo de Dios, en vez de casi todo. Dios da a cada uno las
gracias que necesita para ir al cielo, pero espera que cooperemos con su
gracia. Como el buen padre provee a sus hijos de casa, alimento y
atención médica, pero espera que, al menos, se cobijen en el hogar que
construyó, lleven la ropa que les proporciona, y se tomen las medicinas
para recuperar la salud, así Dios espera de cada uno que utilice la
gracia y los dones que nos proporciona.
Ese pecado es el pecado de presunción, y admite muchos matices. En su
grado más desvergonzado caería quien dijera: “goza tu juventud, ya
tendrás tiempo de portarte bien cuando seas viejo”. O, si no, algo como
“Dios no puede permitir que me condene, es demasiado bueno. Por ahora,
no dejaré pasar esta oportunidad. Al cabo después me confieso”. También
la actitud de aquel que cínicamente afirmara: “puedo portarme de
cualquier modo pues ya cumplí los nueve primeros viernes y tengo
asegurado que me salvaré”.
El descaro no será por lo regular tan patente como en los casos
anteriores. Veamos algunos ejemplos más disimulados. Un hombre sabe que,
cada vez que entra en cierto bar, acaba borracho; ese lugar es para él
ocasión de pecado, y es consciente de que debe apartarse de allí. Pero,
si al pasar delante de él, se dice: “Hoy entraré, nada más para saludar a
los amigos, y, si acaso, tomaré una copita tan solo”, ese hombre se
coloca innecesariamente en ocasión de pecado. Incluso aunque en esta
ocasión no termine borracho, es culpable de un pecado de presunción al
exponerse imprudentemente al peligro. Otro ejemplo sería el de aquel que
pasa por un periodo de tentaciones fuertes, y sabiendo que debe rezar
más y recibir los sacramentos con más frecuencia (puesto que éstas son
las ayudas que Dios provee para vencer las tentaciones), descuida
culpablemente sus oraciones, y es muy irregular en la recepción de los
sacramentos. De nuevo un pecado de presunción, presunción que es más
frecuente de lo que parece.
En el extremo opuesto a la presunción se sitúa el otro tipo de pecados
contra la virtud de la esperanza: la desesperación. Mientras uno espera
demasiado de Dios, otro espera demasiado poco. El caso más frecuente del
pecado de desesperación es el del que dice: “He pecado tanto en mi vida
como para pretender que Dios me perdone ahora. No puede perdonar a los
que son como yo”. La tristeza, el abatimiento, e incluso los
pensamientos de suicidio se ciernen sobre el desesperado. La gravedad de
esta actitud estriba en el insulto que se hace a la infinita
misericordia de Dios por dudar de ella. Judas Iscariote, ahorcado de la
rama de un árbol, es la imagen perfecta del pecador desesperado: del que
tiene remordimiento pero no dolor por la ofensa a Dios.
Posiblemente para la mayoría de nosotros la desesperación constituye un
peligro remoto; nos es más fácil caer en el pecado de presunción. Pero,
cada vez que pecamos para evitar un mal real o imaginario -engañar a
otro para salir de una situación comprometida, usar anticonceptivos para
evitar tener otro hijo- está implicado en ello cierta dosis de falta de
esperanza. No acabamos de convencernos de que, si hacemos lo que Dios
quiere, todo, absolutamente todo, será siempre para nuestro bien.
El amor verdadero
Hacemos un acto de amor a Dios cada vez que manifestamos -internamente
con la mente y el corazón, o externamente con palabras u obras- el hecho
que amamos a Dios sobre todas las cosas y personas.
En esto de amar a Dios, quizá consuele a los de “corazón frío” pensar
que ese amor reside primariamente en la voluntad y no en los
sentimientos. Es muy posible que alguien se sienta frío hacia Dios en un
nivel puramente emotivo, y, sin embargo, posea un amor profundo hacia
Él. Lo que constituye el verdadero amor a Dios es la determinación de la
voluntad. Si tenemos el deseo habitual de hacer todo lo que Él nos pida
(tan sólo porque Él lo pide), y la determinación de evitar todo lo que
no quiere (por la sencilla razón que a Él no le agrada), tenemos
entonces amor a Dios independientemente de cuál sea la sensibilidad
emocional del momento.
Cuando el amor a Dios es auténtico y real, resulta natural amar a todos
los que Él ama. Esto quiere decir que amamos a todas las almas que Él ha
creado y por las que Cristo ha muerto, sin racismos, clasismos,
nacionalismos o discriminaciones de ninguna tonalidad. De ahí que, si
amamos a nuestro prójimo (es decir, a todos) por amor a Dios, no tendrá
mayor importancia que este prójimo sea naturalmente amable o no. Ayuda, y
mucho, si lo es, pero, entonces, nuestro amor tiene menos mérito. Sea
éste guapo o feo, blanco o negro, simpático o pesado, nuestro amor a
Dios nos lleva a desearle todo bien, pues son hijos de Dios, amados por
Él. Y nosotros tenemos que hacer todo lo que podamos para ayudarles a
conseguir la salvación a la que Él los ha destinado.
Pasemos ahora a estudiar algunos pecados concretos contra la caridad. El
primero de todos es el odio. El odio, como hemos visto, no es lo mismo
que sentir disgusto hacia una persona, que sentir pena cuando abusan de
nosotros de la forma que sea. El odio es un espíritu de rencor, de
venganza. Odiar es desear mal a otro, es buscar la desgracia ajena.
El más grave tipo de odio es, claro está, el odio a Dios: el deseo
(ciertamente absurdo) de causarle daño, la disposición para frustrar Su
Voluntad, el gozo diabólico en el pecado por ser un insulto a Dios. Los
demonios y los condenados odian a Dios, pero, afortunadamente, no es
éste un pecado muy corriente entre los hombres, ya que es el peor de
todos los pecados, aunque, a veces, uno sospeche que ciertos ateos
declarados más que no creer en Él lo que hacen es odiarlo. Del odio a
Dios proceden la blasfemia, las maldiciones, los sacrilegios, las
persecuciones a la Iglesia...
El odio al prójimo reviste muchas formas. Una de ellas es la antipatía.
Para nuestra tranquilidad, convendrá aclarar que la antipatía natural
que podamos sentir hacia una persona no es pecado sino cuando es
voluntaria o nos dejamos llevar por ella. Lo que va en detrimento de la
verdadera caridad no es sentir simpatía o antipatía, sino manifestarlas
externamente, haciendo acepción de personas o mostrando rechazo e
indiferencia.
La envidia es otro pecado contra la caridad. Consiste en el disgusto o
tristeza ante el bien del prójimo, considerado como mal personal, ya que
disminuye (real o imaginariamente) la propia excelencia, felicidad,
bienestar o prestigio. La caridad, por el contrario, se alegra del bien
de los demás y une a las almas, mientras que la envidia entristece y con
frecuencia deshace amistades. Convendría que pensáramos lo que sentimos
al ver el coche o el vestido nuevo de la vecina, o los continuos
ascensos profesionales del compañero de escuela, para determinar los
momentos en que la envidia puede hacer mella en nuestro ánimo.
Por último, y más grave aún, es el pecado de escándalo, por el que, con
nuestras palabras o nuestro ejemplo, inducimos a otro a pecar o lo
ponemos en ocasión de pecado, aunque éste no se siga necesariamente.
Éste es un pecado que en la actualidad reviste proporciones masivas, por
ejemplo a través de la difusión de la pornografía, las campañas
antinatalistas, la corrupción motivada por funcionarios públicos, la
difusión de ideas anticristianas en los medios de comunicación social,
en las modas, etcétera.
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