
“Si quieres hacer algo bien, hazlo tú mismo” ¡Qué frase tan
contundente, tan directa, tan sencilla y tan... errónea!
Hay una mejor:
si quieres hacer algo grande, maravilloso y duradero, busca un buen equipo. Jim
Collins juntó un grupo de expertos para analizar la trayectoria de las mayores
empresas estadounidenses. Quería saber de qué manera se las habían arreglado
para triunfar. Se preguntaba con qué embrujo o hechizo vudú habían podido llegar
tan alto en el mundo empresarial. El resultado lo publicó en un libro que llegó
a ser un bestseller rápidamente. Se trata de “Good to Great: why some companies
make the leap... and others don´t” (Collins Business, 2001).
Uno de los
principios que él descubrió en casi la totalidad de estas megacompañías
multimillonarias fue: antes de saber a dónde quieres ir, rodéate primero de un
buen equipo de personas que te acompañen. Es lo mismo que dijo John D.
Rockefeller, el hombre más rico del mundo en su momento, con otras palabras: “Me
pueden quitar todas mis empresas y todo mi dinero. Déjenme mis hombres y volveré
a remontar hasta donde he llegado”.
Todo esto no se trata sólo de dinero.
Es mucho más. Desde que nacemos dependemos de otras personas. Nuestra mamá nos
alimenta y cuida. Entre nuestros familiares aprendemos costumbres, una lengua,
una cultura. En la escuela, la maestra nos enseña matemáticas, y los amigos nos
enseñan cómo ponerle los nervios de punta a la maestra. Vamos haciendo parte de
muchos “equipos”. El equipo de nuestra familia, el equipo de nuestros amigos, el
equipo deportivo de la escuela.
Pero llega el momento en que todos nos
sentimos independientes, intocables e imbatibles. Los años pasan y queremos la
autonomía total. Caemos en la trampa de formular ese letal dogma interno: “Si
quieres hacer algo bien, hazlo tú mismo.”
Así como las grandes empresas
que Collins analizó, las grandes vidas son las que se unen a buenos equipos. Son
las que llegan a deducir esta extrañísima ecuación matemática: que 2 + 2 es
igual a 5, 6, 7 e incluso más mientras mejor se vive la magia del “espíritu de
equipo”. Un equipo unido es algo muy especial, porque no es simplemente la suma
de cada uno de sus miembros. Es, más bien, la multiplicación de los esfuerzos de
manera tal que se es mucho más eficaz de cuanto se pudiera ser si cada uno
obrara en manera individual.
¿Han visto alguna vez un juego de fútbol
donde no parece que son 11 jugadores contra otros 11, sino que son unos 15
contra 11? Pareciera que por cada jugador de un equipo hay dos del contrario,
que brotaran defensas y atacantes hasta de la tierra. Pero al contarlos bien,
resulta que todo está como la FIFA manda. ¿Qué pasa entonces? Esos “jugadores
extras” son la capacidad de compaginarse de los atletas, son la eficacia de un
buen espíritu de equipo puesto en práctica.
Si Napoleón Bonaparte, en vez
de haber sido uno de los mayores líderes individualistas de todos los tiempos,
hubiera jugado en equipo, tal vez su imperio no se hubiera deshecho tan
rápidamente. En cambio, otro de los mayores líderes de la historia creó un buen
equipo de 12 miembros principales. Los escogió. Los formó. Les aguantó sus
limitaciones. Pero la obra que creó, la Iglesia Católica, lleva casi 2000 años
de constante crecimiento. ¡Toda una obra maestra del espíritu de equipo!
Tags: 2 + 2 = 5, 6 ó incluso 7.