
Muchos tienen miedo a la muerte. Es horrible separarse de los
seres más queridos o dejar a un lado todas las felicidades de esta vida.
Separarse de los familiares. Los mejores momentos de la vida, se esfuman. Todo
lo que tienen en su vida, ha desaparecido. Sus conocimientos no se los llevarán.
Sus títulos, quedarán colgados en las paredes. Todas sus posesiones pasarán a
manos de otra persona.
Ya lo decía Petrarca: “La muerte siempre es
temprana y no perdona a ninguno”.
Esta es la realidad de la muerte. Es un
parteaguas en la vida. Muchos la ven como el peor de los males, otros como el
gran bien deseado.
Para algunos, es lo que mantiene a las personas
sometidas para que no se quejen de los males que sufren, pensando que después de
esta vida van a encontrar alguna recompensa.
Para otros todo se acaba
aquí. Todo ha llegado a su fin con la muerte. Todo lo que hayan disfrutado en
esta vida es lo que vale. Son fieles seguidores del “Carpe Diem” con una fuerte
influencia de Schelling que había dicho: “Muerte, no te debo temer, porque
cuando tú estás yo no estoy, y cuando yo estoy, tú no estás; la muerte es, así,
siempre la muerte de los demás”.
También está el escollo de acostumbrarse
a escuchar que han muerto tantas personas de un atentado, otro par en un
accidente, cinco fueron asesinados en tal lugar, otros tantos han fallecido en
un terremoto...
La realidad más certera del hombre, la muerte, se va
menguando de escuchar tanto acerca de ella.
Pero al final, los que creen
de una forma u otra, tienen miedo a la muerte. Cuando todos están en los últimos
minutos de esta vida fugaz, el miedo llega.
Sin embargo carecen de miedo
los que han vivido de una manera positiva y entregada: de modo responsable,
moralmente recto, pensando en los demás, fieles a unos principios de vida
basados en la ley natural. Para los cristianos el camino está bien marcado en el
amor concreto y diario hacía el prójimo. Estos suelen aceptar la muerte con
tranquilidad e incluso con un cierto deseo.
Pero están los del otro
lado, los que se han dedicado a vivir con su lema de vida, “carpe diem” sin
ningún principio en su vida. Su norma es hacer lo que quieren, caiga quien
caiga, aunque esté de por medio la familia, los padres, los hijos. Todo lo hacen
por el hecho de querer vivir como les plazca.
Estos al final de su
vida tienen un miedo a la muerte que los abruma. La muerte les hace estremecerse
y sentir que algo faltaba en esta vida.
Por ello decía Antoine de
Saint-Exupéry: “Únicamente seremos felices cuando cobremos conciencia de nuestro
papel, incluso aunque nos corresponda el más oscuro. Únicamente entonces
podremos vivir en paz, porque el que da un sentido a la vida da un sentido a la
muerte”.
La muerte, así como acrecienta la alegría del hombre bueno,
incrementa el miedo del hombre ligero.
Siempre se está a tiempo para
elegir el camino propio. Un Peregrino dijo hace más de dos mil años: “Yo soy el
camino, la verdad y la vida”.
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