Necesitamos hacer un aprendizaje para convertir el rechazo que lesiona y no transforma en un rechazo que transforma sin dañar. Eso es posible y cuando lo logramos, extendemos al ámbito psicológico lo que el organismo ya aprendió en el nivel físico.
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El autorrechazo
sabio es lo que está en la base de la autorregulación biológica, también llamada
homeostasis. Esta es la capacidad que tenemos los organismos vivos de albergar
una memoria del estado óptimo y de arbitrar los medios para recuperarlo cada vez
que lo perdemos. Por ejemplo, disminuye el oxígeno en sangre porque fue
utilizado para nutrir los tejidos y el organismo rechaza esa baja de oxígeno. La
clave está en que lo rechaza con sabiduría, es decir, que lo hace activando la
respiración que es lo que permite incorporar el oxígeno que se perdió. Esto
mismo ocurre con todos los otros componentes que se alteran y gracias a este
maravilloso mecanismo es que estamos vivos.
En el plano físico la
elección del mecanismo restaurador es automática. Es algo que el
organismo ya ha aprendido en el curso de su evolución.
En el nivel
psicológico también rechazamos los estados dolorosos o disfuncionales que nos
alejan del óptimo. La diferencia es que la manera en la que los rechazamos
frecuentemente no conduce a la transformación deseada. Ese es el rechazo que
daña y no transforma. En este plano necesitamos hacer un aprendizaje
para convertir el rechazo que lesiona y no transforma en un rechazo que
transforma sin dañar. Eso es posible y cuando lo logramos, extendemos al ámbito
psicológico lo que el organismo ya aprendió en el nivel físico.
A esta
capacidad la he denominado capacidad autoasistencial.
El
rechazo y el deseo.
Yo rechazo algo porque deseo que sea
distinto, es decir, rechazo y deseo son las dos caras de la misma
moneda.
Cada vez que deseo algo está implícito que rechazo todo aquello que
no sea eso y cada vez que rechazo algo está implícito que deseo otra cosa.
De modo que deseo y rechazo son los nombres que destacan las dos
facetas de la misma energía.
Si la nombráramos completamente
diríamos: deseo-rechazo, pero habitualmente nombramos una sola faceta y la otra
queda implícita. Generalmente nombramos la faceta que más queremos destacar. Y
así hablamos en términos de “quiero tal cosa” o “rechazo tal cosa” pero es bueno
recordar que siempre que nombramos una, la otra está implícita.
El rechazo y la aceptación
Hasta ahora en
psicología hemos intentado resolver los problemas que el rechazar
produce procurando alentar y activar la aceptación.
Lo que
presentamos aquí es un camino diferente: Es establecer una distinción dentro del
rechazo mismo y observar que existe un rechazo destructivo y un rechazo
asistencial. A partir de esta distinción ya no es necesario resolver los
problemas que el rechazo produce dejando de rechazar si no más bien
aprendiendo a rechazar.
Esta nueva actitud resuelve las
múltiples dificultades que presenta el intentar pasar del rechazo a la
aceptación. La brecha entre ambas es muy grande y muchas veces la propuesta de
ese tránsito se ha convertido en una mera expresión de deseos que termina
generando un problema más. Si por ejemplo rechazo a mi parte envidiosa y se me
dice: “ Aceptá que tenés envidia.... ”, eso tal vez lo pueda hacer
intelectualmente pero no de un modo integral. En mi experiencia he observado que
resulta mucho más fértil el poder aprender a rechazar a mi parte envidiosa de un
modo eficaz.
Cuando he aprendido a rechazar de un modo asistencial, la
aceptación viene sola, sin necesidad de que la llamen, como un elemento más del
proceso de acompañamiento y transformación.
Síntesis de la propuesta
La Autoasistencia Psicológica es un modelo teórico
y clínico que propone la exploración sistemática y detallada de la relación
rechazador-rechazado interior. Además describe las razones por las cuales el
rechazo es estéril y propone los pasos vivenciales que es necesario recorrer
para transformarlo en rechazo asistencial.
Como se
hace
La pregunta que surge frente a esta descripción es:
¿Cómo se detecta la relación rechazador-rechazado interior?
Para mostrarlo
utilizaremos un ejemplo: Paula me consultó porque se sentía muy temerosa y
quería sentirse más segura. Le pregunté: si imaginaras que esa Paula
temerosa estuviera enfrente tuyo: ¿qué le dirías? y ella respondió: ¡la
sacudiría para que se despabile...! Luego la invité a que tomara el lugar
adonde ubicó a la parte temerosa y que viera cómo se sentía al escuchar eso.
Desde allí respondió: Ahora me siento más insegura que antes, me dan ganas
de hacerme un bollito y desaparecer.
Y así quedaron claramente
identificados los tres protagonistas interiores del conflicto:
Los posibles contenidos del
estado rechazado son múltiples: Puede ser un aspecto infantil, celoso,
resentido, dependiente, triste, etc. En suma, cualquier parte de uno
mismo que uno rechace.
Lo mismo ocurre con los contenidos del
estado deseado: Puede ser: seguro, decidido, claro, alegre, maduro, etc.
Al
rechazador-deseador lo he denominado “cambiador” porque contiene ambas
funciones: rechazar algo y desear cambiarlo. A los efectos prácticos los
utilizaré indistintamente, como sinónimos.
La incógnita fundamental
es conocer qué hace el cambiador para transformar al aspecto rechazado en el
aspecto deseado.
En este caso: sacudirlo.
Esa es la
actitud inadecuada que empeora al temeroso, que produce sufrimiento y que es
necesario transformar.
Sacudirlo no es la única actitud inadecuada del
cambiador. Existen algo más de diez actitudes generalizadas erróneas en la
manera de intentar producir una transformación en lo rechazado, cada una con un
sistema específico de interacciones.
Desde esta perspectiva la tarea
consiste entonces en transformar al cambiador que daña y no transforma en un
cambiador que transforma sin dañar.
El nuevo interrogante que
surge ante esta propuesta es: ¿Cómo se lleva a cabo?
El modo más eficaz que
he encontrado para transformar dichas actitudes inadecuadas del cambiador y que
he explorado en los últimos 30 años, es a través de la consulta al aspecto
rechazado acerca de qué trato necesitaría recibir del cambiador en lugar de ese
que recibe, y una vez que lo descubrió, proponerle al consultante que se
convierta en ese cambiador requerido que le brinda al aspecto rechazado lo que
él dijo que necesita. Cuando eso ha ocurrido se promueve un diálogo entre ambos.
Cada persona necesita un tiempo distinto para lograrlo y la
tarea recién culmina cuando la vivencia de la relación interior entre el
asistente y el asistido se ha alcanzado.
Este proceso es
sencillo de describir en palabras y parece que por tan obvio es irrelevante pero
se requiere una cuidadosa y delicada artesanía técnica para facilitarle al
consultante el ingresar y vivir cada uno de estos roles. Sólo cuando se
encarna a cada uno de estos personajes y se vive en plenitud cada momento: ser
el que siente el miedo, luego ser quien quiere sacudir, y así con el resto de
los personajes, es que se puede acceder a la potencia plena de esta experiencia
y su aprendizaje.
Las vicisitudes de este proceso las describo
en detalle en El Asistente Interior. Aquí presento una versión muy
resumida de su esquema básico para hacer inteligible la secuencia.
Otro
componente significativo de esta tarea es que el aprendizaje que el rechazador
realiza en su diálogo con lo rechazado (en este ejemplo una parte miedosa)
trasciende a ese aspecto particular y se va extendiendo a otros aspectos propios
que también pueda rechazar. Es decir, el rechazo asistencial se va
convirtiendo en una matriz básica que impregna al resto de las relaciones
interiores. En la medida que esa calidad de rechazo se consolida,
se extiende también a las personas del mundo externo. De modo
que si tengo conflictos con mis padres o mi pareja o mis hermanos, etc. no es
imprescindible que entre en los detalles particulares de cada vínculo para
resolver los conflictos que allí experimento. Los conflictos en esas
relaciones se van resolviendo también en la medida en que la matriz básica
rechazador-rechazado deja de ser destructiva y se convierte en asistencial.
Cuando esto ocurre, el sufrimiento auto creado disminuye hasta
su cesación, tanto en la relación consigo mismo como con los demás.
Esta
tarea puede realizarse sin conocer los datos históricos detallados del
consultante: Cómo fue su relación con sus padres, cómo fue su infancia, la
relación con sus hermanos, etc.
Todo el pasado está presente en la relación
rechazador-rechazado interior tal como se presenta en el ahora y los componentes
conflictivos del pasado se resuelven en el presente de esa relación.
Contexto histórico
Fritz Perls, creador
de la Psicoterapia Gestáltica , ya había llamado la atención sobre la
importancia de la autorregulación organísmica como factor substancial en la
recuperación de la salud, concepto que fue compartido por todas las psicologías
humanistas, al punto tal que esta noción se convirtió en uno de sus rasgos
distintivos.
Lo que hace la Autoasistencia Psicológica es profundizar en
este concepto, es decir, penetrar en la trama íntima de las relaciones entre los
protagonistas de la autorregulación, identificar al autorrechazo como una fuerza
fundamental de la misma y centrar su investigación en él, con todo el universo
nuevo que se abre al ingresar en ese espacio.
Por todo lo expuesto queda
claro que la Autoasistencia se inscribe dentro de las psicologías humanistas, y
en la medida en que explora también la dimensión trascendente de la experiencia
humana comparte las inquietudes específicas de la Psicología Transpersonal.
Autoasistencia y Nanopsicología
El
término “nano” se utiliza como prefijo para nombrar el campo de una actividad
cuando opera con tamaños inferiores a la millonésima parte de un milímetro, es
decir en escala atómica. Con el progreso tecnológico han ido surgiendo las
nanociencias, las nanocomputadoras, etc.
Es evidente que hay un claro avance
hacia lo más pequeño y su presencia es cada vez mayor en la industria y en
cibernética. La manifestación más conspicua de este movimiento en medicina es la
exploración génica. ¿Y qué es un gen? El programa de instrucciones que
regula el funcionamiento de cada órgano.
Es interesante observar
que en un espacio muy pequeño se encuentra el conjunto de instrucciones que
posibilita el funcionamiento de vastos sistemas.
Su valor clínico es
enorme pues en una enfermedad podemos ingresar en el gen y, corrigiéndolo,
lograremos reparar desde su raíz misma a la enfermedad en cuestión. Este es un
salto formidable en el modo de actuar sobre aquello que se desea conocer y
transformar.
En ese sentido la Autoasistencia Psicológica , que propone la
exploración y resolución sistemática de la relación rechazador-rechazado
interior, es también una Nanopsicología.
Este término aún no existe y lo
estoy acuñando como una metáfora dado que, como todos sabemos, en psicología no
son relevantes las variables de longitud como el micrón o el nanómetro.
Lo que procuro destacar con este término son las enormes
posibilidades que se abren en el trabajo psicológico explorando las matrices que
se hallan en el universo de lo muy pequeño.
En la relación
rechazador-rechazado interior están, efectivamente, las matrices básicas, “los
genes”, tanto de la producción como de la resolución de los conflictos en cada
uno de nosotros.
Considero que es muy auspicioso para el campo
psicológico comprobar que es posible, a partir de la transformación de ese foco
“nanométrico” del conflicto, reparar el universo “macro” de las relaciones
personales.
Norberto Levy | Fuente: www.autoasistencia.com.ar