Monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

OVIEDO, sábado, 4 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos las carta que ha escrito monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, y administrador apostólico de Huesca y de Jaca en el centenario del nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta.
Queridos
hermanos y amigos: paz y bien.
Era pequeñita en su estatura física, y
descomunal en su estatura espiritual y moral. Dios esperaba en los
arrabales más increíbles de Calcuta a esta albanesa, esos por los que
transitaba la muerte con todos sus rostros. La pobreza con sus nombres
más variopintos se hacía presente en los despojos humanos que mal morían
en el camino anónimo de un callejón cualquiera. Los niños sin padre,
sin madre, sin nadie. Los leprosos de todas las lepras. Los sidosos de
todos los sidas. Un horizonte terminal para tantos que sin saber por qué
no habían podido dar comienzo a su dignidad primera.
Asomada
a esta realidad, la Madre Teresa de Calcuta de pronto se sintió
llamada, o por mejor decir, sintió que la volvían a llamar. Dios no se
contradecía, sino que hacía una historia con esta su hija, en la que
poco a poco y de tantos modos, la fue preparando para la misión que Él
la proponía.
Estamos celebrando los cien años de su
nacimiento. Tuve la gracia inmensa de poderla conocer y hablar con ella,
en Madrid cuando comenzaron sus hermanas en Leganés, y en mis años de
estudios en Roma. Me quedaron dos anécdotas muy grabadas. La primera
cuando mi ordenación sacerdotal. Por mediación de un querido amigo, me
escribió una preciosa dedicatoria en inglés que conservo: "sé santo, Fr.
Jesús, porque quien te ha llamado es Santo". Nunca lo he olvidado, y
máximo cuando es el deseo orante de alguien que te invita a eso para lo
que has nacido, y eso que ella vive también.
La
segunda anécdota es una petición al Papa Juan Pablo II: "Santo Padre,
déme un rincón en el Vaticano, y yo se lo llenaré de pobres por amor a
Jesucristo". Y así fue. Soy testigo, cuando ella me recibió en Roma para
contarme con evangélico orgullo esa realidad. Su casa allí, en el
corazón del Vaticano, se llamó "Dono di Maria", don de María. Tienen
cobijo los transeúntes de la vida: pobres de solemnidad, desahuciados de
la sociedad, jóvenes confundidos, madres solteras, y hambrientos de
todo pan. La Madre Teresa y sus hermanas Misioneras de la Caridad, se
afanan como Marta y María a la vez, para acoger a tantos mendigos sin
dejar ni un momento su adoración al Señor y su plegaria a Santa María.
El
Papa Benedicto XVI ha escrito a las Misioneras de la Caridad con motivo
del centenario del nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta: «Confío en
el hecho de que este año será para la Iglesia y para el mundo una
ocasión de gratitud ferviente hacia Dios por el don inestimable que
Madre Teresa ha sido en el transcurso de su vida y que sigue siendo a
través de la obra amorosa e incansable que lleváis a cabo vosotras, sus
hijas espirituales. Para prepararos a este año, habéis buscado acercaros
aún más a la persona de Jesús, cuya sed de almas se extingue gracias a
vuestro ministerio por Él en los más pobres de entre los pobres. Que
este amor siga inspirándoos, Misioneras de la Caridad, para donaros
generosamente a Jesús, a quien veis y servís, o lo que es lo mismo, a
los pobres, a los marginados y a los abandonados».
La
Madre Teresa ha tenido un secreto: la Caridad con mayúsculas, esa que se
nutre en el Amor de Dios y que abraza a cada ser humano con un amor
sólo digno de ese nombre. El amor a todo hombre, y en cada tramo: desde
el no nacido hasta el anciano terminal, desde una princesa confusa hasta
el paria sin patria ni hogar, desde el creyente que sigue su fe hasta
el perdido que la busca a tientas. Que la Beata Teresa de Calcuta
interceda por nosotros y nos haga testigos del Amor de Dios en el amor a
los hermanos.
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