Toda
la Iglesia cantará la alegría que el nacimiento de la Madre de Dios
trae para nosotros. La liturgia de la santa misa es prueba latente de
esa felicidad.
Hace 14 siglos, san Juan Damasceno pronunció una homilía sobre el
nacimiento de la Virgen que explica muy bien el sentido de esta fiesta:
“¡Oh feliz pareja, Joaquín y Ana, a ustedes está obligada toda la
creación! Por medio de ustedes, en efecto, la creación ofreció al
Creador el mejor de todos los dones, o sea, aquella augusta Madre, la
única que fue digna del Creador. ¡Oh felices entrañas de Joaquín, de las
que provino una descendencia absolutamente sin mancha! ¡Oh seno
glorioso de Ana, en el que poco a poco fue creciendo y desarrollándose
una niña completamente pura, y, después que estuvo formada, fue dada a
luz! Hoy emprende su ruta la que es puerta divina de la virginidad. De
Ella y por medio de Ella, Dios, que está por encima de todo cuanto
existe, se hace presente en el mundo corporalmente. Sirviéndose de Ella,
Dios descendió sin experimentar ninguna mutación, o mejor dicho, por su
benévola condescendencia apareció en la Tierra y convivió con los
hombres”
La Natividad de la Virgen nos recuerda, sobre todo, que Dios nos ha
elegido para una labor concreta desde toda la eternidad. Todos los seres
humanos tienen una vocación muy particular, pero es necesario
descubrirla.
Para conocer ese llamado personalísimo que Dios hace a cada uno, a cada
una, es indispensable fortalecer la vida interior. Como María, nosotros
debemos ser concientes de que Dios quiere de nosotros algo en
particular. Y, también según el ejemplo de la Virgen, debemos trabajar
para descubrir ese algo desde muy jóvenes.
San Juan Damasceno recalca que es por medio de Ella, que Dios se
encarna, que, sirviéndose de Ella, Dios desciende a la Tierra. En
efecto, María es instrumento divino para concretar la llegada del
Salvador. Pues nosotros también somos instrumentos de Dios, con una
finalidad específica.
Por
eso, la felicidad humana no está completa si no conocemos para qué
estamos vivos. En el trabajo, en la familia, en la vida religiosa, como
laicos, como sacerdotes… todos estamos obligados a responder a ese
llamado, que puede escucharse con mucha claridad o barruntarse poco a
poco, sin importar la edad o condición personal.
Jóvenes, adultos y viejos, hombres y mujeres, deben estar atentos para
conocer el querer de Dios. Ahí, en su vida, el Señor les pide algo, en
el trabajo de todos los días, sea cual fuere.
Pero sin la oración ni la fuerza de los sacramentos, será más difícil
descubrir la vocación. Los cristianos del siglo XXI tenemos el deber de
descubrir ese llamado.
Y no se trata sólo de vocación al celibato. La llamada universal a la
santidad es para todos: “Dios quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento de la verdad”.
La Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora es momento idóneo para
revisar si estamos poniendo los medios necesarios para atender al
llamado de la vocación, si de verdad estamos haciendo la voluntad de
Dios.
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