El atentado contra las Torres Gemelas, inédito en la historia del mundo, alertó sobre la crueldad y el fanatismo terroristas
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Hace nueve años, el 11 de septiembre de 2001, el terrorismo golpeó al mundo con un episodio de crueldad infinita y magnitud desconocida. Ese día, como consecuencia del atentado contra las Torres Gemelas, en Nueva York, murieron cuatro mil personas inocentes en menos de dos horas. Entre ellas había ciudadanos de 62 países distintos, lo cual constituye todo un símbolo.
Apareció así, en los hechos, una nueva dimensión del horror. Por ello, de inmediato el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas definió lo sucedido como una verdadera amenaza para la paz y seguridad del mundo, y elaboró un sistema normativo que debe ser respetado por todos los países miembros.
Hoy nadie puede sentirse completamente a salvo de la violencia terrorista. Todos sabemos que somos vulnerables, en cualquier rincón del mundo, ante la peligrosidad del extremismo islámico, que no retrocede ante nada asesinando o lastimando a civiles inocentes en nombre de sus ideas. Pero no hay cuestiones ni tensiones o circunstancias étnicas, religiosas, políticas, culturales, económicas o de ninguna clase que puedan legitimar ese horror.
Entonces, el terrorismo es una forma de violencia que apunta inescrupulosamente contra civiles inocentes, con el propósito de intimidar a la sociedad toda. No obstante, sabemos que no debemos responder a la provocación dejando de lado nuestros propios valores. Porque ésa y no otra es la lucha por defender la civilización. De allí que se deba priorizar el respeto por el Estado de Derecho; desterrar la intolerancia; defender los derechos humanos y las libertades esenciales; privilegiar la democracia, y no perder nunca de vista la importancia de poder seguir viviendo en sociedades abiertas. Esto supone dar respuestas humanas a conductas inhumanas.
Cabe destacar que a veces no se le confiere a las normas centrales del derecho humanitario internacional la trascendencia real que ellas tienen. La permanente ignorancia, en nuestro propio medio y por parte de nuestros tribunales, de las disposiciones esenciales de las Convenciones de Ginebra de 1949, que no sólo son expresión obligatoria de la costumbre internacional, sino que, además, son derecho interno desde 1957, es una muestra de injusticia que debe corregirse.
Lo antedicho supone el compromiso inquebrantable del Estado de defender a sus ciudadanos mediante la prevención y la reacción frente a las actividades de las organizaciones terroristas de cualquier tipo. Particularmente, respecto de un peligro que cada vez acecha más de cerca a nuestras sociedades: el hecho de que armas de destrucción masiva puedan llegar a las manos de los terroristas, quienes seguramente no vacilarían en utilizarlas en su fanatismo.
Esto supone, entonces, la necesidad de colaborar con los esfuerzos de la comunidad internacional organizada en su lucha por prevenir y reprimir los atentados terroristas, y no caer en la condescendencia respecto del terrorismo, sus agentes y organizaciones, cualquiera sean las razones que invoquen. Porque lo sucedido el 11 de septiembre de 2001 no puede caer en el olvido.
Fuente: LA NACION