II. El problema del mal y la existencia de Dios
La liturgia romana celebra entre sus mártires a aquellos santos
inocentes asesinados por Herodes, quien se sintió engañado por los Reyes
Magos después que vieron al Niño Jesús, a quien él quería eliminar por
temor a encontrar un rival a su poder. El relato del evangelista Mateo
(2, 13 ss) es perentorio y escalofriante así como también las
representaciones que de él ha hecho el arte cristiano30 . El episodio es
ciertamente dramático, no sólo por la crueldad del tirano, sino también
por lo que respecta a nuestro problema: el ateo puede extraer de aquí
su prueba definitiva contra Dios pues mientras salva milagrosamente a su
Hijo y naturalmente puede prever la reacción del sanguinario tirano,
permite la carnicería de los inocentes y parece insensible al
desesperado llanto de las madres. Es conocida la tesis de A. Camus de
que basta el hecho de la muerte de un inocente para quitar toda
consistencia a las pruebas de la existencia de Dios.
No cabe duda de que el episodio evangélico, a causa de su
protagonista principal, que la Iglesia adora como Hijo de Dios y
Salvador de los hombres, es de lo más impresionante y capaz de poner en
crisis la conciencia humana -como de hecho ha sucedido en la antigüedad
cristiana y en tiempos modernos31 - la fe en un Dios sumamente bueno,
justo y omnipotente, ofreciendo un grave pretexto -un argumento
aparentemente perentorio, como indicaremos- contra la existencia de
Dios. El aspecto existencial de tan inhumana crueldad es particularmente
impresionante y los ateos no han desperdiciado la ocasión para atacar a
fondo la verdad del Cristianismo. Citaremos la objeción de un autor que
se ha dedicado a problemas científicos, pero que se interesó con mucha
pasión (¡tal vez demasiada!) en los problemas teológicos más arduos.
En uno de sus libros, que lleva el bizarro título de Teologia
ultima32 , Valerio Tonini propuso, sin pelos en la lengua y sobre todo
sin ningún escrúpulo o sentido teológico, una teoría. La tesis aparece
ya al comienzo del libro: «Al inicio de la historia de cada religión hay
un crimen. Este crimen es cometido en nombre del mismo Dios. También la
historia evangélica comienza con un increíble crimen. Evangelio de San
Mateo, II, 16: «Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los
magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de
Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que
había precisado por los magos». En medio de la muerte de los niños
inocentes, que aún no tenían dos años, muertos degollados por su causa,
inmolados al nacimiento de Cristo, El vive. Dios es por tanto culpable
no sólo de nuestro nacimiento en Adán sino que con su propio nacimiento
en la tierra añade un crimen de una malicia inaudita. ¡He aquí el Dios,
que degüella a inocentes para regalarnos su Hijo! El ángel del Señor se
apresuró a advertir a José, el padre del niño Jesús: «huye a Egipto
porque Herodes buscará al niño para hacerlo morir». En efecto, con su
fuga, José salva al Hijo de Dios y del Hombre; pero Herodes mató a todos
los otros niños de su territorio. ¿Bastará entonces la muerte en cruz
de este pretendido Salvador para redimir el delito cometido por el Padre
con la masacre de los Inocentes? María, mujer y madre, sin culpa de su
parte, ha llorado a cántaros a su Hijo crucificado. Muchas otras madres
habían llorado por su causa cuando él nació. Pero Dios, padre, no ha
llorado. Ninguno jamás lo ha visto llorar, a él, el sumo bien, la suma
bondad, la suma sabiduría. ¿Por qué ha inventado también este delito
sobre los inocentes, con el fin de que nazca su hijo? ¿Cuánto más espera
para redimirlo?» (p. 11).
El Autor se vale del episodio para dar su propia interpretación
acerca de la naturaleza e historia del Cristianismo que se esfuerza por
explicarla en consonancia con los ciclos percibidos por una historia
comparada de las religiones, con interpretaciones gnósticas y
pseudomísticas: «La crudelísima narración de la sangre de las víctimas
inocentes que Dios se inmola a sí mismo, «representa» una historia
profundamente clavada desde siempre en la memoria de los hombres. El
tema de una fiereza extrema domina las expresiones más arcaicas de la
religiosidad» (p. 19).
Seguir esta tesis y su desarrollo sería distractivo teniendo en
cuenta que pretendemos limitarnos a una reflexión crítica en el ámbito
estrictamente teológico. Nos permitimos observar y admitir que se trata
de un argumento bastante arduo para la sensibilidad del hombre moderno.
No es la crueldad en cuanto tal la que nos hace entrar en crisis porque
la crueldad ha bañado en sangre, muchas veces inocente, toda la
historia, antes y después de Cristo. Pero son las circunstancias
verdaderamente extrañas del evento: mientras Cristo, por una especial
intervención divina fue puesto a salvo, sus otros coetáneas fueron
abandonados indefensos a la ferocidad del tirano que, para poder
degollarlos en brazos de sus madres, los arrastró con engaños fuera de
sus casas. El hecho es patente, aunque parece que no impresionó a la
antigüedad cristiana, que estaba totalmente prendada de admiración por
la intervención tan singular de Dios por salvar la vida del divino
Infante. El problema fue afrontado directamente por San Juan
Crisóstomo33: en el capítulo II de la IX Homilía trata el problema con
tal claridad que me parece oportuno seguir paso a paso su análisis.
El Niño ha regresado de Egipto y Crisóstomo teje alabanzas a la
historia religiosa de este pueblo, especialmente durante los primeros
siglos del cristianismo con el desarrollo del monacato, cuando los
monjes se dedicaban durante el día al trabajo y durante la noche a la
oración. Entre ellos se destaca el bienaventurado y gran Antonio como se
ve en su Vida escrita34 y a quien Crisóstomo elogia principalmente por
haber visto de antemano la herejía arriana y haber preparado la batalla
para vencerla: «En ella (su vida) se encontrarán incluso gran cantidad
de profecías. Tal la que Antonio hizo sobre la herejía arriana y los
daños que de ella habían de seguirse. Dios se lo mostró todo y le puso
ante los ojos un bosquejo de lo por venir» (p. 158)35 . Luego viene el
elogio al hombre: «He aquí, entre tantas otras, una prueba de la verdad:
ninguna secta profana ha producido un hombre como éste». Finalmente el
mérito del libro: «No quiero yo contaros aquí su vida. Leedla vosotros
en el libro que os recomiendo y lo sabréis todo puntualmente y de ella
sacaréis las más altas lecciones de filosofía. Pero no os exhorto sólo a
leer el libro, sino también a imitar lo que allí está escrito» (p.
158).
La hospitalidad que Egipto le ofreció a Cristo fue recompensada
desde el primer momento por la gran actividad evangélica vivida durante
el Cristianismo preconstantiniano.
Vayamos ahora al tema central que es la matanza de los Inocentes.
El santo subraya de inmediato el comportamiento irracional de Herodes,
quien al darse cuenta de que los Magos se habían marchado sin pasar por
Jerusalén, en vez de reflexionar, se encolerizó pensando que se habían
querido burlar de él. Por eso ordena la cruel e inútil matanza de los
pequeños inocentes como arrebatado por un raptus de furia y celo al
mismo tiempo: «Como poseído del demonio de la ira y de la envidia, no
tiene cuenta de nada, se enfurece contra la naturaleza misma, y la rabia
que lo domina contra los magos, que lo han burlado, la desata contra
los niños, que no tienen culpa alguna, con lo que renueva en Palestina
la tragedia que en otro tiempo se desarrolló en Egipto» (p. 160). Aquí
se ve que San Juan Crisóstomo advierte con agudeza el problema y dirige
hacia él la atención: se trata de un problema muy discutido a su tiempo
porque había provocado serias dudas, bastante encendidas, contra la
justicia de Dios36.
¿Cómo podría quedar a salvo la justicia de Dios, si mientras
salvaba a Cristo, abandonaba a los pobres niños en manos de la crueldad
de Herodes? Esto es un problema para el mismo Crisóstomo quien estaba
convencido de tener que dar una respuesta aunque sea sumaria (breviter
disputantes). La primera respuesta es dialéctica y podría ser llamada a
simili: así como por la liberación milagrosa de Pedro de la prisión, el
Herodes de entonces (el primero ya había muerto) envió a muerte a los
soldados que eran inocentes de esa fuga, así también el primero y más
cruel Herodes dio muerte a los niños inocentes porque Jesús se le había
escapado de las manos. Pero esto, y el mismo Crisóstomo se pone la
objeción, no es una explicación o justificación sino un agravante a la
situación o sea al problema en cuestión. Entonces responde desde el
campo de la fe. No se pregunta, como tal vez lo hacemos nosotros, por
qué Dios, habiendo salvado al niño Jesús, abandonó a los inocentes a la
crueldad del primer Herodes, y habiendo liberado de la cárcel a Pedro
abandonó a los pobres soldados a la cruel represalia del segundo
Herodes. ¿A qué apunta San Juan Crisóstomo? Da una solución que él llama
«probable» y que consiste en atribuir la responsabilidad de los dos
crímenes -como es obvio por otra parte- a la crueldad de los dos reyes:
ellos tuvieron todas las oportunidades y posibilidades de considerar y
apreciar las causas extraordinarias de ambos eventos. No lo hicieron
porque estaban cegados por la pasión de poder, sobre todo el Herodes que
mató a los santos inocentes por vil crueldad. Quiero ser breve,
advierte Crisóstomo: « ¿Y qué tiene que ver -me diréis- lo uno con lo
otro? Porque esto no resuelve, sino que agrava el problema. -También yo
sé que no lo resuelve; pero lo junto todo porque a todo quiero dar la
misma solución. ¿Qué solución admiten estos casos? ¿Qué explicación
razonable podemos dar? La solución y explicación es que Cristo no tuvo
la culpa de la muerte de los inocentes; la culpa fue de la crueldad del
rey; como tampoco la tuvo Pedro de la ejecución de los soldados, sino la
insensatez del otro Herodes» (pp. 161-162). En el caso del Apóstol,
liberado por el Ángel, no había ningún motivo para tratar con rigor a la
guardia o para acusarla de negligencia porque todo estaba en orden y
Herodes podía constatar por sí mismo el milagro37 . De hecho todo había
sucedido de modo tal que no quedara comprometida la guardia, para poner
en evidencia la especial intervención de Dios y para mover al rey a la
reflexión.
Otro tanto, y más aún, se debe decir del primer Herodes que tenía
todas las garantías, en cuanto al nacimiento de Cristo, de que se
trataba de un evento totalmente extraordinario y que no era engañado por
los Magos, quienes, después de adorar al Niño, no volvieron a él que ya
había decidido matarlo: «¿Por qué te irritas, Herodes, al ser engañado
por los magos? ¿No caes en la cuenta de que aquel nacimiento fue divino?
¿No llamaste tú a los príncipes de los sacerdotes? ¿No reuniste tú a
los escribas? Todos estos que tú llamaste, ¿no se trajeron consigo a tu
tribunal al profeta que había predicho todo esto? ¿No ves cómo lo
antiguo consuena con lo moderno? ¿No oyes cómo una estrella se ha puesto
al servicio de todo esto? ¿No sentiste tú mismo respeto del fervor de
los magos y admiraste su franqueza? ¿No te estremeciste de la verdad del
profeta? ¿Cómo no comprendiste por lo pasado lo presente? ¿Cómo no
dedujiste a tus solas de todos estos hechos que lo sucedido no venía de
embuste de los magos, sino de un poder divino que todo lo dirigía a fin
conveniente? Mas si, en fin, fueron los magos los que te engañaron, ¿qué
tenían que ver con ello unos niños inocentes?» (pp. 162-163)38 .
Bien, replica el supuesto objetor: has demostrado que el primer
Herodes fue sanguinario de modo que ninguno lo puede excusar de su
inhumana crueldad en particular contra los pequeños inocentes. Pero ¿por
qué Dios permitió una injusticia tan cruel?
A este respecto, Crisóstomo enuncia una ley histórica general: que
cuando una desgracia golpea a muchos al mismo tiempo, no hay motivo para
que alguno se lamente en particular: «Qui laedant multos, qui laedatur
nullum esse»39. Y explica, a fin de eliminar posibles dudas que lo que
la Providencia permite lo hace para la remisión de nuestros pecados o
para darnos un premio («aut in peccatorum remissionem, aut in mercedis
retributionem»). De todos modos esto sienta bien para los pecadores que
deben expiar culpas pasadas, pero aquellos niños inocentes, ¿qué habían
hecho? Ellos recibieron -y es la solución final que da Crisóstomo- un
gran premio y no un castigo llegando «...rápidamente al puerto sin
tormentas». Y se trata de un premio mucho más grande que si hubiesen
vivido «...con mayor razón no hubiera dejado que éstos perecieran así,
de haber Dios previsto que habían de realizar grandes cosas en su vida»
(p. 165). Su explicación fue puesta en un contexto decididamente
teológico. Pero queda igualmente todo el dolor de la tragedia y no se
encuentra otra compensación o castigo, si así se puede hablar, más que
el horroroso fin que le tocó al cruel Herodes, según nos narra Flavio
Josefa 40.
Pero la tragedia de los pequeños inocentes queda en pie, concluimos
también nosotros. Ella fue causada por la crueldad de los hombres y
permitida por Dios, quien ha permitido que su propio Hijo muriese en la
Cruz no sólo por la malicia de los hombres sino abandonado por su mismo
Padre (Mt 27,46). La única respuesta, y la más profunda, permanece en el
terreno de la oeconomia salutis, como misterio escondido en Dios41 ,
según el cual toca a los justos y a los inocentes expiar las culpas de
los pecadores. Pero esto seguirá siendo un misterio, por la simple razón
que Tonini, Camus y quienes se mueven por su propio juicio,
expresamente no lo quieren aceptar.
Lo que sorprende en la apasionada defensa de San Juan Crisóstomo es
que mientras se acentúa la malicia de los dos Herodes, no se hace
referencia precisa a la malicia del pecado original del hombre que es la
verdadera raíz universal del mal físico y especialmente del mal moral
en toda la historia: una doctrina explícita en San Pablo, de quien
Crisóstomo ha sido su máximo admirador y comentador.
Este pesimismo teológico acerca del pecado y sus consecuencias será
puesto en evidencia por los sistemas agustinianos y especialmente por
el jansenismo y la Reforma, aunque ellos no atenten contra la creencia y
la fe en Dios. Esta creencia se irá disolviendo paulatinamente en el
pensamiento moderno: comenzando por el dualismo gnóstico de J. Böhme,
retomado por Schelling y finalmente resuelto en la dialéctica hegeliana
que eleva el negativo, o sea el pecado en el orden moral, a momento
constitutivo en el afirmarse de la realidad de la historia. Como
conclusión: ni sombra de escatología de naturaleza trascendente o sea de
juicio final de Dios para separar para siempre a los justos de los
pecadores (Mt. 25, 46) sino que el juicio es la misma historia en acto:
«La historia del mundo es el juicio del mundo»42.
Así, se pasa de la opresión sofocante del mal y del pecado propio
de la concepción luterana y jansenista a la autoliberación del mal en el
pensamiento moderno, o sea a una conciencia del bien y del mal dentro
de la cual el mal o es reconocido como originario (Kant) o se transforma
en el límite subjetivo que la razón no cesa de superar con el progreso
de la historia. Pero lamentablemente, como lo ha demostrado
Kierkegaard43 , la realidad de la existencia humana continua
desgarrándose entre el error y el dolor, al cual sólo le pone remedio el
Cristianismo.
Resumiendo:
1) Podemos repetir que el mal físico y moral existe, existía antes
de Cristo y existirá hasta el fin de los tiempos y esto primeramente por
la estructura finita de las cosas, pero sobre todo como consecuencia de
un desorden o rebelión original del hombre contra Dios, de una mancha
en el fondo del alma.
2) Pero el hombre, como sujeto espiritual, puede luchar dentro de
ciertos límites contra el mal y contra la misma muerte: puede aliviar el
mal de los demás y soportar el propio como una purificación. Esta forma
de transformar el mal en bien lo percibe la misma razón y la libertad
lo puede realizar, locual se hace más libre, al librarse de los egoísmos
que empañan el horizonte de su apertura infinita.
3) La existencia del mal, o sea de los dolores físicos y morales,
de las enfermedades y de las traiciones, de las injusticias y de los
abusos de todo tipo... en medio de los cuales vive la sociedad
-cualquiera que sea su grado de desarrollo, pero mayormente en aquellas
formas más evolucionadas y sin excluir la sociedad religiosa que está
constituida por hombres inmersos en la misma historia...- es un dato en
efecto inevitable. Pero por eso mismo, mientras constituye una
dificultad para el teísmo en su significado más ingenuo, cuadra
perfectamente con la religión y la grandeza y misericordia de un Dios
padre y juez de los hombres que ha dado a los hombres, además del ser,
su don más alto que es la libertad y el amor.
4) Por eso podemos concluir: no existe y no puede existir
demostración alguna contra la existencia de Dios y de una vida futura.
En cambio existen, y los hombres lo han captado desde el inicio, pruebas
y signos de su amistad y providencia para con los hombres. Entre las
cuales debemos mencionar a ésta que es ardua aunque llena de
consolación: Dios, como buen médico, sabe extraer para nosotros bienes
aún de los mismos males, y puede darnos la vida por medio de la muerte,
cosa que ningún médico jamás podrá hacer.
Las soluciones dialécticas del pensamiento moderno son
sencillamente desesperadas y totalmente ambiguas: si la libertad no
puede elevarse por encima de la antítesis del bien y del mal y luchar
por consolidar el primero y disminuir el segundo, la vida humana queda
abandonada -incluso después de Cristo y contando con la fe en Dios- al
capricho de la fatalidad y no hay ningún fundamento para distinguir el
bien del mal. Cada uno de ellos es príncipe y principio absoluto en su
propio reino, al punto que el hombre no llega a reconocerlos porque vive
mezclado entre millones de hombres que se refugian en sentimientos de
fe y se confunden entre las olas del tiempo que los arrastran al foso de
la muerte.
Ciertamente que el mal, la existencia del mal físico y moral, no
prueba la existencia de Dios: por el contrario y a su modo es una prueba
de la libertad, aunque defectuosa, del hombre. Pero ha sido mucho más
defectuosa y mucho más dañosa (para nosotros) la libertad de los Ángeles
rebeldes, de Lucifer (llamado «Satanás» el tentador, espíritu
hermosísimo (tal vez el más hermoso según algunas insinuaciones de la
Biblia y la opinión de algunos Santos Padres y escritores
eclesiásticos...), porque Lucifer tentó al primer hombre y porque bajo
sus órdenes los demás demonios han tentado y continúan tentando a los
hombres al mal, a todas las formas del mal según la lista de los siete
vicios capitales.
Pero la existencia del mal, de los diablos y de todas las bestias y
dragones del Apocalipsis... no constituye ni pueden constituir un
argumento, menos aún decisivo, contra la existencia de Dios, Primer
Principio Creador, bueno y providente. El mal, que inunda la vida y la
historia, puede constituir una dificultad para quien lleva hasta el
extremo la abstracción del Sumo bien metafísico para luego querer
entenderlo de un modo psicológico; este es el terreno donde aparecen las
recriminaciones provenientes de la pereza y la infidelidad del hombre.
Pero una vez que se admite que el hombre fue creado libre -y esta
doctrina fue robada por el pensamiento moderno (sobre todo Fichte,
Schelling, Hegel) con intención de distorsionar el sentido de Dios y
preparar su negación- se debe admitir que puede elevarse y aceptar la
gracia que le ofrece Cristo, transformando el mal en bien y las
tentaciones de pecado en ocasión de virtud y de santidad, con la
protección de la Majestad divina y de los ángeles y bajo el ejemplo de
los mártires y santos.
Así, la existencia terrible, escalofriante y casi desesperanzadora
del mal no es una acusación contra Dios, sino una condena del Príncipe
del mal. Y más aún cuando se trata de determinados pecados externos, de
extrema malicia, como los que van desde la difusión de las herejías a la
ferocidad de las torturas de los inocentes en los lager nazis y
marxistas (que jamás debemos olvidar)... pasando por la vileza de
ministros y prelados cristianos o católicos que han tenido miedo -como
en Italia- de combatir y hacer combatir abiertamente (como manda el
Evangelio) contra la aprobación de la infame ley del divorcio (1974) y
de aquella incomparablemente más infame del aborto (1976)44 . Y, ya que
estamos hablando de la Italia de la dopoguerra, debemos afirmar que esta
ley, incluso por los términos ambiguos y laxistas en los que fue
redactada, viola todo derecho humano y divino, es el atentado más vil y
violento cometido contra los más inocentes y los más indefensos, y es un
delito para el cual no existe pena humana proporcionada45 . Se debe
observar que incluso dentro del partido -si bien la mayoría votó en
contra (¿pero no fueron las ausencias y las traiciones de la DC las que
posibilitaron la diferencia necesaria para la aprobación de la ley?)-
las reacciones fueron mínimas. Los de la prensa católica se limitaron a
los lamentos de costumbre: ninguna reacción o demostración de pública
protesta, ningún pedido de testimonio cristiano del Referendum. Luego,
como ya se sabe, siguió la captura y el cruel asesinato de Aldo Moro el 6
de mayo de 1978 y la conmoción de toda Italia, la laica y la
eclesiástica (como correspondía), y su recuerdo cada aniversario. Pero
de todos los niños inocentes, asesinados a millares por médicos que
Hipócrates había declarado que sólo debían salvar, de ellos ninguno
habla y ninguno jamás hablará.
¿Hay algo que nosotros, espectadores doloridos e impotentes ante
tanta infamia, obra de políticos, podemos hacer? Y es una infamia
cualificada, una mancha que todos los perfumes de Arabia no podrán
limpiar, cuando se piensa que el Presidente Leone, que no tuvo el valor
cristiano de renunciar al cargo antes que firmar la tremendamente inicua
ley46 , poco después renunció por cuestiones de interés personal. Pero
no sólo el enorme y poderoso aparato eclesiástico no hizo nada excepto
lamentarse como de costumbre, sino que los así llamados «grupos de
disenso» por una parte y los grupos de acción, de base, de oración, aún
aquellos verbalmente más combatientes de «Comunión y Liberación», todos
quedaron en sus casas, sin sombra de una protesta eficaz, sin ningún
grito de amor o de dolor por aquel dolor o por la injusticia universal
que ciertamente hubiera sacudido un poco las conciencias. ¿Acaso no es
esto para Italia (llamada) católica un hecho mucho más grave, después de
dos mil años de Cristianismo, que la masacre realizada por un rey
sanguinario contra alguna decena de niños inocentes? Herodes y sus
soldados no eran cristianos, y no habían subido al poder portando un
escudo cruzado, como Andreotti y sus compañeros firmantes, diputados y
senadores ausentes al momento de votar bloqueando el infame voto... ¿Y
por qué entonces esta vez el Ing. Tonini, que se escandalizó tanto por
el episodio evangélico hasta agarrárselas contra Dios, no escribió (a
nosotros no nos consta) ni siquiera una cartita de protesta contra esta
infamia cometida por la sociedad italiana?
El ateísmo no tiene palabras para aliviar el dolor, para sacudir a
quien comete injusticias... porque no admite nada más que lo finito,
porque niega el horizonte nuevo del amor y de la justicia infinita,
porque rechaza la paternidad de Dios, la redención del Hijo y la
santificación de amor del Espíritu Santo. El ateísmo marxista no tiene
nada para oponer a la ley guerra de todos contra todos, que es la ley de
la historia (también contemporánea), no tiene nada para oponer salvo la
retórica del materialismo dialéctico y del materialismo histórico, o
sea la ley del dominio de la fuerza, que es la lucha de clases, lo cual
no es otra cosa que sancionar el dominio del mal, la legitimidad del
odio y de la venganza y por lo tanto la ley del materialista Hobbes del
bellum omnium contra omnium. Y ahora los pueblos libres, también Italia,
condenan con protestas y sanciones la opresión en Polonia de parte de
una minoría comunista gobernante sobre la asociación que agrupa la
mayoría de los trabajadores (Solidarnosc), y la presión soviética sobre
las pobres y empobrecidas naciones satélites; ¿pero qué es esta opresión
en comparación con el aborto admitido en casi todas estas naciones?
Nadie más que Dios puede brindarnos su ayuda ante el mal -que
trabaja desde el principio y trabajará siempre en la vida del hombre
sobre la tierra-, y nos la ha dado abundantemente con la Encarnación.
Nos presta siempre su ayuda y nos asiste siempre con su gracia para que
podamos seguir el ejemplo de Cristo nuestro modelo: así, asumir el dolor
de la vida y la misma muerte, se convierte en un acto de amor a Dios.
El problema del mal entonces puede encontrar una respuesta sólo en Dios,
admitiendo la existencia de un Dios que ha creado libre al hombre,
quien ha abusado de su libertad para pecar, para rebelarse contra Él.
Pero Dios, por su infinita misericordia, le ha ofrecido en Jesucristo la
posibilidad de salvarse del pecado con la gracia y de vencer la muerte
con la resurrección de la vida eterna.