jueves, 23 de septiembre de 2010

 

II. El problema del mal y la existencia de Dios
 
La liturgia romana celebra entre sus mártires a aquellos santos inocentes asesinados por Herodes, quien se sintió engañado por los Reyes Magos después que vieron al Niño Jesús, a quien él quería eliminar por temor a encontrar un rival a su poder. El relato del evangelista Mateo (2, 13 ss) es perentorio y escalofriante así como también las representaciones que de él ha hecho el arte cristiano30 . El episodio es ciertamente dramático, no sólo por la crueldad del tirano, sino también por lo que respecta a nuestro problema: el ateo puede extraer de aquí su prueba definitiva contra Dios pues mientras salva milagrosamente a su Hijo y naturalmente puede prever la reacción del sanguinario tirano, permite la carnicería de los inocentes y parece insensible al desesperado llanto de las madres. Es conocida la tesis de A. Camus de que basta el hecho de la muerte de un inocente para quitar toda consistencia a las pruebas de la existencia de Dios.
 
No cabe duda de que el episodio evangélico, a causa de su protagonista principal, que la Iglesia adora como Hijo de Dios y Salvador de los hombres, es de lo más impresionante y capaz de poner en crisis la conciencia humana -como de hecho ha sucedido en la antigüedad cristiana y en tiempos modernos31 - la fe en un Dios sumamente bueno, justo y omnipotente, ofreciendo un grave pretexto -un argumento aparentemente perentorio, como indicaremos- contra la existencia de Dios. El aspecto existencial de tan inhumana crueldad es particularmente impresionante y los ateos no han desperdiciado la ocasión para atacar a fondo la verdad del Cristianismo. Citaremos la objeción de un autor que se ha dedicado a problemas científicos, pero que se interesó con mucha pasión (¡tal vez demasiada!) en los problemas teológicos más arduos.
 
En uno de sus libros, que lleva el bizarro título de Teologia ultima32 , Valerio Tonini propuso, sin pelos en la lengua y sobre todo sin ningún escrúpulo o sentido teológico, una teoría. La tesis aparece ya al comienzo del libro: «Al inicio de la historia de cada religión hay un crimen. Este crimen es cometido en nombre del mismo Dios. También la historia evangélica comienza con un increíble crimen. Evangelio de San Mateo, II, 16: «Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos». En medio de la muerte de los niños inocentes, que aún no tenían dos años, muertos degollados por su causa, inmolados al nacimiento de Cristo, El vive. Dios es por tanto culpable no sólo de nuestro nacimiento en Adán sino que con su propio nacimiento en la tierra añade un crimen de una malicia inaudita. ¡He aquí el Dios, que degüella a inocentes para regalarnos su Hijo! El ángel del Señor se apresuró a advertir a José, el padre del niño Jesús: «huye a Egipto porque Herodes buscará al niño para hacerlo morir». En efecto, con su fuga, José salva al Hijo de Dios y del Hombre; pero Herodes mató a todos los otros niños de su territorio. ¿Bastará entonces la muerte en cruz de este pretendido Salvador para redimir el delito cometido por el Padre con la masacre de los Inocentes? María, mujer y madre, sin culpa de su parte, ha llorado a cántaros a su Hijo crucificado. Muchas otras madres habían llorado por su causa cuando él nació. Pero Dios, padre, no ha llorado. Ninguno jamás lo ha visto llorar, a él, el sumo bien, la suma bondad, la suma sabiduría. ¿Por qué ha inventado también este delito sobre los inocentes, con el fin de que nazca su hijo? ¿Cuánto más espera para redimirlo?» (p. 11).
 
El Autor se vale del episodio para dar su propia interpretación acerca de la naturaleza e historia del Cristianismo que se esfuerza por explicarla en consonancia con los ciclos percibidos por una historia comparada de las religiones, con interpretaciones gnósticas y pseudomísticas: «La crudelísima narración de la sangre de las víctimas inocentes que Dios se inmola a sí mismo, «representa» una historia profundamente clavada desde siempre en la memoria de los hombres. El tema de una fiereza extrema domina las expresiones más arcaicas de la religiosidad» (p. 19).
 
Seguir esta tesis y su desarrollo sería distractivo teniendo en cuenta que pretendemos limitarnos a una reflexión crítica en el ámbito estrictamente teológico. Nos permitimos observar y admitir que se trata de un argumento bastante arduo para la sensibilidad del hombre moderno. No es la crueldad en cuanto tal la que nos hace entrar en crisis porque la crueldad ha bañado en sangre, muchas veces inocente, toda la historia, antes y después de Cristo. Pero son las circunstancias verdaderamente extrañas del evento: mientras Cristo, por una especial intervención divina fue puesto a salvo, sus otros coetáneas fueron abandonados indefensos a la ferocidad del tirano que, para poder degollarlos en brazos de sus madres, los arrastró con engaños fuera de sus casas. El hecho es patente, aunque parece que no impresionó a la antigüedad cristiana, que estaba totalmente prendada de admiración por la intervención tan singular de Dios por salvar la vida del divino Infante. El problema fue afrontado directamente por San Juan Crisóstomo33: en el capítulo II de la IX Homilía trata el problema con tal claridad que me parece oportuno seguir paso a paso su análisis.
 
El Niño ha regresado de Egipto y Crisóstomo teje alabanzas a la historia religiosa de este pueblo, especialmente durante los primeros siglos del cristianismo con el desarrollo del monacato, cuando los monjes se dedicaban durante el día al trabajo y durante la noche a la oración. Entre ellos se destaca el bienaventurado y gran Antonio como se ve en su Vida escrita34 y a quien Crisóstomo elogia principalmente por haber visto de antemano la herejía arriana y haber preparado la batalla para vencerla: «En ella (su vida) se encontrarán incluso gran cantidad de profecías. Tal la que Antonio hizo sobre la herejía arriana y los daños que de ella habían de seguirse. Dios se lo mostró todo y le puso ante los ojos un bosquejo de lo por venir» (p. 158)35 . Luego viene el elogio al hombre: «He aquí, entre tantas otras, una prueba de la verdad: ninguna secta profana ha producido un hombre como éste». Finalmente el mérito del libro: «No quiero yo contaros aquí su vida. Leedla vosotros en el libro que os recomiendo y lo sabréis todo puntualmente y de ella sacaréis las más altas lecciones de filosofía. Pero no os exhorto sólo a leer el libro, sino también a imitar lo que allí está escrito» (p. 158).
 
La hospitalidad que Egipto le ofreció a Cristo fue recompensada desde el primer momento por la gran actividad evangélica vivida durante el Cristianismo preconstantiniano.
 
Vayamos ahora al tema central que es la matanza de los Inocentes. El santo subraya de inmediato el comportamiento irracional de Herodes, quien al darse cuenta de que los Magos se habían marchado sin pasar por Jerusalén, en vez de reflexionar, se encolerizó pensando que se habían querido burlar de él. Por eso ordena la cruel e inútil matanza de los pequeños inocentes como arrebatado por un raptus de furia y celo al mismo tiempo: «Como poseído del demonio de la ira y de la envidia, no tiene cuenta de nada, se enfurece contra la naturaleza misma, y la rabia que lo domina contra los magos, que lo han burlado, la desata contra los niños, que no tienen culpa alguna, con lo que renueva en Palestina la tragedia que en otro tiempo se desarrolló en Egipto» (p. 160). Aquí se ve que San Juan Crisóstomo advierte con agudeza el problema y dirige hacia él la atención: se trata de un problema muy discutido a su tiempo porque había provocado serias dudas, bastante encendidas, contra la justicia de Dios36.
 
¿Cómo podría quedar a salvo la justicia de Dios, si mientras salvaba a Cristo, abandonaba a los pobres niños en manos de la crueldad de Herodes? Esto es un problema para el mismo Crisóstomo quien estaba convencido de tener que dar una respuesta aunque sea sumaria (breviter disputantes). La primera respuesta es dialéctica y podría ser llamada a simili: así como por la liberación milagrosa de Pedro de la prisión, el Herodes de entonces (el primero ya había muerto) envió a muerte a los soldados que eran inocentes de esa fuga, así también el primero y más cruel Herodes dio muerte a los niños inocentes porque Jesús se le había escapado de las manos. Pero esto, y el mismo Crisóstomo se pone la objeción, no es una explicación o justificación sino un agravante a la situación o sea al problema en cuestión. Entonces responde desde el campo de la fe. No se pregunta, como tal vez lo hacemos nosotros, por qué Dios, habiendo salvado al niño Jesús, abandonó a los inocentes a la crueldad del primer Herodes, y habiendo liberado de la cárcel a Pedro abandonó a los pobres soldados a la cruel represalia del segundo Herodes. ¿A qué apunta San Juan Crisóstomo? Da una solución que él llama «probable» y que consiste en atribuir la responsabilidad de los dos crímenes -como es obvio por otra parte- a la crueldad de los dos reyes: ellos tuvieron todas las oportunidades y posibilidades de considerar y apreciar las causas extraordinarias de ambos eventos. No lo hicieron porque estaban cegados por la pasión de poder, sobre todo el Herodes que mató a los santos inocentes por vil crueldad. Quiero ser breve, advierte Crisóstomo: « ¿Y qué tiene que ver -me diréis- lo uno con lo otro? Porque esto no resuelve, sino que agrava el problema. -También yo sé que no lo resuelve; pero lo junto todo porque a todo quiero dar la misma solución. ¿Qué solución admiten estos casos? ¿Qué explicación razonable podemos dar? La solución y explicación es que Cristo no tuvo la culpa de la muerte de los inocentes; la culpa fue de la crueldad del rey; como tampoco la tuvo Pedro de la ejecución de los soldados, sino la insensatez del otro Herodes» (pp. 161-162). En el caso del Apóstol, liberado por el Ángel, no había ningún motivo para tratar con rigor a la guardia o para acusarla de negligencia porque todo estaba en orden y Herodes podía constatar por sí mismo el milagro37 . De hecho todo había sucedido de modo tal que no quedara comprometida la guardia, para poner en evidencia la especial intervención de Dios y para mover al rey a la reflexión.
 
Otro tanto, y más aún, se debe decir del primer Herodes que tenía todas las garantías, en cuanto al nacimiento de Cristo, de que se trataba de un evento totalmente extraordinario y que no era engañado por los Magos, quienes, después de adorar al Niño, no volvieron a él que ya había decidido matarlo: «¿Por qué te irritas, Herodes, al ser engañado por los magos? ¿No caes en la cuenta de que aquel nacimiento fue divino? ¿No llamaste tú a los príncipes de los sacerdotes? ¿No reuniste tú a los escribas? Todos estos que tú llamaste, ¿no se trajeron consigo a tu tribunal al profeta que había predicho todo esto? ¿No ves cómo lo antiguo consuena con lo moderno? ¿No oyes cómo una estrella se ha puesto al servicio de todo esto? ¿No sentiste tú mismo respeto del fervor de los magos y admiraste su franqueza? ¿No te estremeciste de la verdad del profeta? ¿Cómo no comprendiste por lo pasado lo presente? ¿Cómo no dedujiste a tus solas de todos estos hechos que lo sucedido no venía de embuste de los magos, sino de un poder divino que todo lo dirigía a fin conveniente? Mas si, en fin, fueron los magos los que te engañaron, ¿qué tenían que ver con ello unos niños inocentes?» (pp. 162-163)38 .
 
Bien, replica el supuesto objetor: has demostrado que el primer Herodes fue sanguinario de modo que ninguno lo puede excusar de su inhumana crueldad en particular contra los pequeños inocentes. Pero ¿por qué Dios permitió una injusticia tan cruel?
 
A este respecto, Crisóstomo enuncia una ley histórica general: que cuando una desgracia golpea a muchos al mismo tiempo, no hay motivo para que alguno se lamente en particular: «Qui laedant multos, qui laedatur nullum esse»39. Y explica, a fin de eliminar posibles dudas que lo que la Providencia permite lo hace para la remisión de nuestros pecados o para darnos un premio («aut in peccatorum remissionem, aut in mercedis retributionem»). De todos modos esto sienta bien para los pecadores que deben expiar culpas pasadas, pero aquellos niños inocentes, ¿qué habían hecho? Ellos recibieron -y es la solución final que da Crisóstomo- un gran premio y no un castigo llegando «...rápidamente al puerto sin tormentas». Y se trata de un premio mucho más grande que si hubiesen vivido «...con mayor razón no hubiera dejado que éstos perecieran así, de haber Dios previsto que habían de realizar grandes cosas en su vida» (p. 165). Su explicación fue puesta en un contexto decididamente teológico. Pero queda igualmente todo el dolor de la tragedia y no se encuentra otra compensación o castigo, si así se puede hablar, más que el horroroso fin que le tocó al cruel Herodes, según nos narra Flavio Josefa 40.
 
Pero la tragedia de los pequeños inocentes queda en pie, concluimos también nosotros. Ella fue causada por la crueldad de los hombres y permitida por Dios, quien ha permitido que su propio Hijo muriese en la Cruz no sólo por la malicia de los hombres sino abandonado por su mismo Padre (Mt 27,46). La única respuesta, y la más profunda, permanece en el terreno de la oeconomia salutis, como misterio escondido en Dios41 , según el cual toca a los justos y a los inocentes expiar las culpas de los pecadores. Pero esto seguirá siendo un misterio, por la simple razón que Tonini, Camus y quienes se mueven por su propio juicio, expresamente no lo quieren aceptar.
 
Lo que sorprende en la apasionada defensa de San Juan Crisóstomo es que mientras se acentúa la malicia de los dos Herodes, no se hace referencia precisa a la malicia del pecado original del hombre que es la verdadera raíz universal del mal físico y especialmente del mal moral en toda la historia: una doctrina explícita en San Pablo, de quien Crisóstomo ha sido su máximo admirador y comentador.
 
Este pesimismo teológico acerca del pecado y sus consecuencias será puesto en evidencia por los sistemas agustinianos y especialmente por el jansenismo y la Reforma, aunque ellos no atenten contra la creencia y la fe en Dios. Esta creencia se irá disolviendo paulatinamente en el pensamiento moderno: comenzando por el dualismo gnóstico de J. Böhme, retomado por Schelling y finalmente resuelto en la dialéctica hegeliana que eleva el negativo, o sea el pecado en el orden moral, a momento constitutivo en el afirmarse de la realidad de la historia. Como conclusión: ni sombra de escatología de naturaleza trascendente o sea de juicio final de Dios para separar para siempre a los justos de los pecadores (Mt. 25, 46) sino que el juicio es la misma historia en acto: «La historia del mundo es el juicio del mundo»42.
 
Así, se pasa de la opresión sofocante del mal y del pecado propio de la concepción luterana y jansenista a la autoliberación del mal en el pensamiento moderno, o sea a una conciencia del bien y del mal dentro de la cual el mal o es reconocido como originario (Kant) o se transforma en el límite subjetivo que la razón no cesa de superar con el progreso de la historia. Pero lamentablemente, como lo ha demostrado Kierkegaard43 , la realidad de la existencia humana continua desgarrándose entre el error y el dolor, al cual sólo le pone remedio el Cristianismo.
 
Resumiendo:
 
1) Podemos repetir que el mal físico y moral existe, existía antes de Cristo y existirá hasta el fin de los tiempos y esto primeramente por la estructura finita de las cosas, pero sobre todo como consecuencia de un desorden o rebelión original del hombre contra Dios, de una mancha en el fondo del alma.
 
2) Pero el hombre, como sujeto espiritual, puede luchar dentro de ciertos límites contra el mal y contra la misma muerte: puede aliviar el mal de los demás y soportar el propio como una purificación. Esta forma de transformar el mal en bien lo percibe la misma razón y la libertad lo puede realizar, locual se hace más libre, al librarse de los egoísmos que empañan el horizonte de su apertura infinita.
 
3) La existencia del mal, o sea de los dolores físicos y morales, de las enfermedades y de las traiciones, de las injusticias y de los abusos de todo tipo... en medio de los cuales vive la sociedad -cualquiera que sea su grado de desarrollo, pero mayormente en aquellas formas más evolucionadas y sin excluir la sociedad religiosa que está constituida por hombres inmersos en la misma historia...- es un dato en efecto inevitable. Pero por eso mismo, mientras constituye una dificultad para el teísmo en su significado más ingenuo, cuadra perfectamente con la religión y la grandeza y misericordia de un Dios padre y juez de los hombres que ha dado a los hombres, además del ser, su don más alto que es la libertad y el amor.
 
4) Por eso podemos concluir: no existe y no puede existir demostración alguna contra la existencia de Dios y de una vida futura. En cambio existen, y los hombres lo han captado desde el inicio, pruebas y signos de su amistad y providencia para con los hombres. Entre las cuales debemos mencionar a ésta que es ardua aunque llena de consolación: Dios, como buen médico, sabe extraer para nosotros bienes aún de los mismos males, y puede darnos la vida por medio de la muerte, cosa que ningún médico jamás podrá hacer.
 
Las soluciones dialécticas del pensamiento moderno son sencillamente desesperadas y totalmente ambiguas: si la libertad no puede elevarse por encima de la antítesis del bien y del mal y luchar por consolidar el primero y disminuir el segundo, la vida humana queda abandonada -incluso después de Cristo y contando con la fe en Dios- al capricho de la fatalidad y no hay ningún fundamento para distinguir el bien del mal. Cada uno de ellos es príncipe y principio absoluto en su propio reino, al punto que el hombre no llega a reconocerlos porque vive mezclado entre millones de hombres que se refugian en sentimientos de fe y se confunden entre las olas del tiempo que los arrastran al foso de la muerte.
 
Ciertamente que el mal, la existencia del mal físico y moral, no prueba la existencia de Dios: por el contrario y a su modo es una prueba de la libertad, aunque defectuosa, del hombre. Pero ha sido mucho más defectuosa y mucho más dañosa (para nosotros) la libertad de los Ángeles rebeldes, de Lucifer (llamado «Satanás» el tentador, espíritu hermosísimo (tal vez el más hermoso según algunas insinuaciones de la Biblia y la opinión de algunos Santos Padres y escritores eclesiásticos...), porque Lucifer tentó al primer hombre y porque bajo sus órdenes los demás demonios han tentado y continúan tentando a los hombres al mal, a todas las formas del mal según la lista de los siete vicios capitales.
 
Pero la existencia del mal, de los diablos y de todas las bestias y dragones del Apocalipsis... no constituye ni pueden constituir un argumento, menos aún decisivo, contra la existencia de Dios, Primer Principio Creador, bueno y providente. El mal, que inunda la vida y la historia, puede constituir una dificultad para quien lleva hasta el extremo la abstracción del Sumo bien metafísico para luego querer entenderlo de un modo psicológico; este es el terreno donde aparecen las recriminaciones provenientes de la pereza y la infidelidad del hombre.
 
Pero una vez que se admite que el hombre fue creado libre -y esta doctrina fue robada por el pensamiento moderno (sobre todo Fichte, Schelling, Hegel) con intención de distorsionar el sentido de Dios y preparar su negación- se debe admitir que puede elevarse y aceptar la gracia que le ofrece Cristo, transformando el mal en bien y las tentaciones de pecado en ocasión de virtud y de santidad, con la protección de la Majestad divina y de los ángeles y bajo el ejemplo de los mártires y santos.
 
Así, la existencia terrible, escalofriante y casi desesperanzadora del mal no es una acusación contra Dios, sino una condena del Príncipe del mal. Y más aún cuando se trata de determinados pecados externos, de extrema malicia, como los que van desde la difusión de las herejías a la ferocidad de las torturas de los inocentes en los lager nazis y marxistas (que jamás debemos olvidar)... pasando por la vileza de ministros y prelados cristianos o católicos que han tenido miedo -como en Italia- de combatir y hacer combatir abiertamente (como manda el Evangelio) contra la aprobación de la infame ley del divorcio (1974) y de aquella incomparablemente más infame del aborto (1976)44 . Y, ya que estamos hablando de la Italia de la dopoguerra, debemos afirmar que esta ley, incluso por los términos ambiguos y laxistas en los que fue redactada, viola todo derecho humano y divino, es el atentado más vil y violento cometido contra los más inocentes y los más indefensos, y es un delito para el cual no existe pena humana proporcionada45 . Se debe observar que incluso dentro del partido -si bien la mayoría votó en contra (¿pero no fueron las ausencias y las traiciones de la DC las que posibilitaron la diferencia necesaria para la aprobación de la ley?)- las reacciones fueron mínimas. Los de la prensa católica se limitaron a los lamentos de costumbre: ninguna reacción o demostración de pública protesta, ningún pedido de testimonio cristiano del Referendum. Luego, como ya se sabe, siguió la captura y el cruel asesinato de Aldo Moro el 6 de mayo de 1978 y la conmoción de toda Italia, la laica y la eclesiástica (como correspondía), y su recuerdo cada aniversario. Pero de todos los niños inocentes, asesinados a millares por médicos que Hipócrates había declarado que sólo debían salvar, de ellos ninguno habla y ninguno jamás hablará.
 
¿Hay algo que nosotros, espectadores doloridos e impotentes ante tanta infamia, obra de políticos, podemos hacer? Y es una infamia cualificada, una mancha que todos los perfumes de Arabia no podrán limpiar, cuando se piensa que el Presidente Leone, que no tuvo el valor cristiano de renunciar al cargo antes que firmar la tremendamente inicua ley46 , poco después renunció por cuestiones de interés personal. Pero no sólo el enorme y poderoso aparato eclesiástico no hizo nada excepto lamentarse como de costumbre, sino que los así llamados «grupos de disenso» por una parte y los grupos de acción, de base, de oración, aún aquellos verbalmente más combatientes de «Comunión y Liberación», todos quedaron en sus casas, sin sombra de una protesta eficaz, sin ningún grito de amor o de dolor por aquel dolor o por la injusticia universal que ciertamente hubiera sacudido un poco las conciencias. ¿Acaso no es esto para Italia (llamada) católica un hecho mucho más grave, después de dos mil años de Cristianismo, que la masacre realizada por un rey sanguinario contra alguna decena de niños inocentes? Herodes y sus soldados no eran cristianos, y no habían subido al poder portando un escudo cruzado, como Andreotti y sus compañeros firmantes, diputados y senadores ausentes al momento de votar bloqueando el infame voto... ¿Y por qué entonces esta vez el Ing. Tonini, que se escandalizó tanto por el episodio evangélico hasta agarrárselas contra Dios, no escribió (a nosotros no nos consta) ni siquiera una cartita de protesta contra esta infamia cometida por la sociedad italiana?
 
El ateísmo no tiene palabras para aliviar el dolor, para sacudir a quien comete injusticias... porque no admite nada más que lo finito, porque niega el horizonte nuevo del amor y de la justicia infinita, porque rechaza la paternidad de Dios, la redención del Hijo y la santificación de amor del Espíritu Santo. El ateísmo marxista no tiene nada para oponer a la ley guerra de todos contra todos, que es la ley de la historia (también contemporánea), no tiene nada para oponer salvo la retórica del materialismo dialéctico y del materialismo histórico, o sea la ley del dominio de la fuerza, que es la lucha de clases, lo cual no es otra cosa que sancionar el dominio del mal, la legitimidad del odio y de la venganza y por lo tanto la ley del materialista Hobbes del bellum omnium contra omnium. Y ahora los pueblos libres, también Italia, condenan con protestas y sanciones la opresión en Polonia de parte de una minoría comunista gobernante sobre la asociación que agrupa la mayoría de los trabajadores (Solidarnosc), y la presión soviética sobre las pobres y empobrecidas naciones satélites; ¿pero qué es esta opresión en comparación con el aborto admitido en casi todas estas naciones?
 
Nadie más que Dios puede brindarnos su ayuda ante el mal -que trabaja desde el principio y trabajará siempre en la vida del hombre sobre la tierra-, y nos la ha dado abundantemente con la Encarnación. Nos presta siempre su ayuda y nos asiste siempre con su gracia para que podamos seguir el ejemplo de Cristo nuestro modelo: así, asumir el dolor de la vida y la misma muerte, se convierte en un acto de amor a Dios. El problema del mal entonces puede encontrar una respuesta sólo en Dios, admitiendo la existencia de un Dios que ha creado libre al hombre, quien ha abusado de su libertad para pecar, para rebelarse contra Él. Pero Dios, por su infinita misericordia, le ha ofrecido en Jesucristo la posibilidad de salvarse del pecado con la gracia y de vencer la muerte con la resurrección de la vida eterna.

Tags: Dios y el misterio del, mal II

Publicado por alfre1240 @ 17:00
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