Autor: Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger
Limpia… y agradecida:

No la separes de la vida, y hallarás que no puedes vivir sin ella. Te hablo de la misa, de tu celebración de la fe, de tu comunión con Cristo y con los hermanos en la eucaristía y en la vida.
En la Escritura que hoy se proclama oirás nombres que no son el tuyo, pero sabrás que aquella palabra reveladora está hablando de ti y para ti. Oirás historias que son de otro tiempo y de otro lugar, pero en ellas reconocerás, contada con admirable precisión, tu experiencia de hoy, tu historia más íntima y personal.
“En aquellos días, Naamán el sirio bajó y se bañó siete veces en el Jordán… y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño”. Podrías recordar, mientras escuchas, tu entrada en las aguas bautismales, la efusión del Espíritu que entonces te santificó, la sobreabundancia de gracia que allí te penetró, la comunión admirable que, ungida, allí hiciste con Cristo sacerdote, profeta y rey. Pero no hará falta que recuerdes lo ya vivido, piensa en lo que ahora te dispones a vivir: en esta celebración, bajas a la corriente de agua viva que es Cristo Jesús, te acercas manchada a la pureza de Dios, te acercas pecadora a la santidad de Dios.
“Yendo Jesús camino de Jerusalén… vinieron a su encuentro diez leprosos… y a gritos le decían: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. Ellos no pueden acercarse a Jesús, pero, desde lejos y a gritos, la miseria se acercó a la misericordia, de modo que la misericordia remediase la miseria. Pero no recuerdes lo que aquellos leprosos vivieron, pues su historia se ha narrado sólo para que conozcas lo que tú estás viviendo. Hoy es tuyo el grito, Iglesia amada del Señor; hoy es tuya la miseria; hoy es tuya la esperanza; hoy es tuyo Jesús, el Maestro, su poder y su ternura; hoy es tuyo el asombro por la curación admirable, tuya la vuelta con gritos de alabanza en la misma boca que había conocido sólo los gritos del mísero, tuyo el agradecimiento porque eres amada y tienes el corazón en fiesta.
Eso es tu misa: sacramento en el que ‘te bañas’ y en el que tu carne queda limpia, no ya “como la de un niño”, sino como la de Cristo resucitado. Eso es tu misa: encuentro con tu Señor, comunión con él, curación en él, canto de agradecimiento por él.
Ahora haz tuyas y nuevas, por el asombro y el agradecimiento, las palabras del salmo: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”. Que la tierra entera conozca tu dicha, Iglesia de Cristo, que a todos se revele la justicia que a ti te alcanza, que todos entren en la sala de tu fiesta, que todos entren en secreto de tu belleza.