Treinta y tres personas enterradas en una masa compacta de piedra a 700 metros de profundidad, rescatadas a través de un agujero concebido y realizado mediante un espectacular esfuerzo técnico, es sentido también como un pequeño triunfo del hombre contra sus límites
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Enrique Valiente Noailles
Para LA
NACION
El rescate de los 33 mineros chilenos atrapados en una cueva
oscura, en las entrañas de la tierra, ha concitado toda la atención, la
solidaridad y la emoción mundiales. La historia tiene todos los ingredientes y
el montaje de un insuperable reality show, tiene toda la espectacularidad de un
guión de Hollywood, pero la razón por la que emociona colectivamente yace en un
lugar más profundo. En las situaciones límite de la experiencia humana, cuando
un hombre o un grupo de hombres es probado hasta sus extremos, lo que le toca
vivir ya no es sentido por el resto como un destino individual, sino como un
destino colectivo. La resistencia y el coraje ya no son percibidos como parte de
una odisea personal, sino como parte de una odisea de la especie. Porque un
hombre llevado a un extremo pone en juego al resto de la humanidad.
La
muerte de cualquier hombre nos disminuye, porque somos parte de la humanidad,
decía John Donne. El sentimiento inverso es lo que se juega en este caso. Y
aunque, estrictamente hablando, sería ilegítimo pensar que el heroísmo
individual o de algunos hombres engrandece a todos, en algún lugar secreto las
cosas se sienten de esa manera. Es lo que intuyó Neil Armstrong cuando habló de
su pequeño paso como hombre, que era en realidad un salto para la humanidad. Es
algo colectivo lo que está siendo rescatado cuando se rescata a uno solo de esos
hombres sometidos a la peor pesadilla imaginable, como es la de estar enterrados
vivos.
Treinta y tres personas enterradas en una masa compacta de piedra
a 700 metros de profundidad, rescatadas a través de un agujero concebido y
realizado mediante un espectacular esfuerzo técnico, es sentido también como un
pequeño triunfo del hombre contra sus límites. Porque éstos son desafíos que
empujan los límites de lo posible. Son desafíos que expanden los umbrales y nos
muestran lo que somos capaces de hacer cuando dirigimos toda nuestra voluntad
hacia algo y, sobre todo, cuando la gente coopera en conjunto. La salida de los
mineros a la luz habrá sido un triunfo del trabajo en equipo, en el que habrán
debido apoyarse mutuamente, y en el que habrán logrado alinear el interés de
cada uno con el interés del conjunto.
Habrán creado una familia bajo
tierra tan poderosa como la que los espera afuera. Y habremos presenciado un
nacimiento: 2000 periodistas y más de 200 medios de comunicación aguardan en esa
improvisada sala de parto en que se han convertido el desierto y la montaña. Los
33 hombres fueron alimentados en el vientre de la tierra por un cordón umbilical
venido desde la superficie. Hasta las imágenes que se veían de ellos eran
similares a las ecografías, en las que se adivinan lejanamente los rasgos de un
rostro y se siente la inminencia del paso hacia otra vida.
Conmueven
también las historias en que predominan la peripecia, el cambio extremo y súbito
de fortuna en poco tiempo. Todos nos sentimos expuestos y atraídos por los
golpes de dados de la existencia, en la cual las vidas pueden cambiar de un
segundo al otro, en una u otra dirección.
La emoción del año
Los
primeros días, cuando se derrumbó la mina sobre las cabezas de los mineros,
fueron dados por muertos. Pero aquel "Estamos bien en el refugio los 33" habrá
sido la emoción del año. Estaban muertos, y si todo sale bien, saldrán vivos.
Descendieron anónimos y saldrán célebres. De la oscuridad absoluta pasarán a
estar cegados por algo más, probablemente, que la luz del sol.
Pero
conmueve también otra cosa, tal vez más relevante que todo lo anterior. Y es que
por unas semanas, por un par de meses, las prioridades del hombre se invirtieron
y recuperaron su lugar.
Ya no eran un grupo de humildes mineros
trabajando para las grúas, para dar el máximo rédito a la mina, para encontrar
en condiciones de escasa seguridad una materia deseada que valía más que ellos.
De golpe todo adquirió un rostro distinto: las inmensas grúas, las orugas que
van y vienen, los inmensos recursos invertidos no trabajaban ya para sacar oro,
plata o cobre. Trabajaban para sacar a 33 personas del centro de la tierra, para
salvar las vidas de 33 hombres que se cuentan entre los más humildes del
planeta. Sin reparar en gastos, se invirtieron todos los recursos necesarios
para dotar de seguridad el rescate, y se abrieron varios caminos alternativos de
salvación, por si alguno fallaba.
Por un corto tiempo, los mineros
pasaron a ser pensados como fines en sí mismos. Y las cosas cayeron nuevamente
en su lugar.
Sucede como si las experiencias extremas fueran necesarias,
cada tanto, para que los seres humanos sean nuevamente percibidos dentro de una
escala total. Mientras estas líneas se escriben un minero era izado a la
superficie. Pero esto es lo otro que se habrá rescatado, junto con los mineros.
Lo sucedido es una muestra de lo que puede la voluntad cuando se propone
priorizar la vida ajena. Por poco que pensemos, todas las vidas tienen igual
valor, y millones de ellas se pierden por razones evitables en la superficie
misma de la tierra. ¿Habrá que percibir que son también situaciones extremas,
para poner todos los recursos y energías en su rescate?
Tal vez haya
prioridades enterradas también a 700 metros de profundidad que mandan cada
tanto, como en esta fecha, señales de estar vivas.
Fuente: www.lanacion.com
Tags: rescate mineros Chile