sábado, 16 de octubre de 2010

Quise ser como ellos: sabios, enteros, humildes, de pocas pero precisas palabras

 

  

Los vi. Tan sabios, tan serenos, tan humildes. Gente de madera y de piedra.

Y sin embargo, tan capaces de emoción. Tan capaces de silencio y de aceptación. Una aceptación que no es entrega: en la peor oscuridad, ellos aceptaron la mala suerte. Y lo hicieron con sentido práctico: era inútil discutir con la piedra que las tapaba la salida. No iban a ganar discusión alguna. Pero no se entregaron.

E hicieron lo que pudieron: comieron poco. Muy poco, para vivir, en esa noche inacabable, con la ilusión de que todavía quedaba algo. Que no se les había terminado. Tan sabios en eso: en dejar que una esperanza los mantuviera vivos aunque ella, en sí misma, no pesara más que los 100 gramos de una latita de atún.

Los vi salir, uno a uno, en esa cápsula que más que cápsula es un cohete (¡Pero. claro! ¡Si la diseñó la NASA!). Los vi ganarse el corazón del mundo. Y lo confieso: tuve algo de envidia.

Quise ser como ellos: sabios, enteros, humildes, de pocas pero precisas palabras. Y maldije la mala suerte de una vida que no me ofrece la chance de ser un héroe. Se lo comento a Usted ahora porque, en una de ésas, le pasó lo mismo.

Ese pensamiento oscurito, que dice 'qué alegría' porque salieron y. 'qué pena' que yo no soy como ellos. O, peor aún, 'qué envidia'. Y sí, qué manera de añorar eso que tiene el otro. Aunque lo que tenga el otro sea una caverna oscura. En la que él -y nadie más que él- supo encontrar la luz.

Al rato andaba yo en otras cosas. Y un amigo, hablando de bueyes perdidos, me comentó una frase que le había impresionado. 'La santidad no es cosa de gente extraordinaria; no es cosa de gente con alas en la espalda ni de personas con una aureola dorada en la cabeza.

La santidad es terrenal, más terrenal que el barro. Es cosa de todos los día', dijo. Y me resonó la frase. Y me acordé de la caverna de los mineros, de la envidia por no tener la chance que ellos tuvieron de probar lo mucho que valen. Y de la mala suerte de esta vida monótona que no me deja ser un héroe.

'Esta es mi caverna', dije. Mi caverna es rara: no queda a 700 metros de profundidad sino en un piso once con ventanas a un bosque precioso. No estoy aislado sino que tengo teléfono y tengo internet. Y estoy solo: no tengo a mil millones de personas mirándome por televisión. Pero eso son detalles.

Esta es mi caverna, la que me regala la posibilidad de vivir una vida con sentido, con valores, con coherencia.

Y mi 'súper ocasión' no es más que ésta, la de todos los días, del supermercado a la oficina. La puerta para valer algo en esta vida. Como valen esos hombres a los que, tampoco, nunca se les regaló nada.

Y, sin embargo, son más, mucho más que los días de polvo, madera y piedra con los que cosieron el tejido de su vida.

Por Adriana Serrano

 

 

 




Tags: Mineros chilenos

Publicado por saavedragoffins102 @ 15:13
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios