este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
No importa la mente o la racionalidad. Sólo lo físico, jamás la
sensibilidad intelectual. El cuerpo “Danone”, concebido como escaparate,
ventana que incita a los espectadores a asomarse a él. El cuerpo como
único canon de belleza. El canon griego de la belleza, esculpido por el
propio Fidias. El cuerpo exhibido y codiciado, publicitado. Playas. Gimnasios. Concursos de míster X, Y y Z en las zonas turísticas: “Concursos de ganado”, los llama la periodista Carmen Rigalt.
Desfiles. Míster “camiseta mojada”. El culto a la cáscara vacía de
contenido. Toda ocasión es propicia para vestirle con insinuantes
ropajes, para desnudarle, no importa el escenario. Al fin, vivimos en
función del sexo, y éste necesita despertarse, ser estimulado al precio
que sea. Nada en función del pensar, conocer, imaginar. La intimidad no
existe. Sólo la piel.
Exhibir como único poder de la atracción física que despierta la carne
cuidada, preparada en la escuela de la vida. ¿Quién osaría crear otra
que gastara sus recursos y energías en la preparación moral,
intelectual? Ellos, ellas, y sus cuerpos; sólo carne, persiguiendo,
acosando con sus imágenes a los consumidores, da igual lo que
publiciten, de lo que hablen, nada cuenta fuera de la pintura que los
recubre, los ejercicios que los estimulan, los vestidos y trajes en que
habitan, las formas que insinúan o abiertamente exhiben desnudas. Los
cuerpos. Como muñecos casi inanimados. Peleles rotos, sin vida racional.
El espíritu ha volado lejos de ellos.
Y para ellos y sin él organizan sus vidas. Al fin, unas y otros no son
sino la continuidad sincrónica y repetitiva del mundo, todos incursos en
la forma que parece detener el tiempo, sin cuestionarse el hecho de que
un día han de envejecer. “Cuando se encuentran en el bar tomando
una copa, cuando entre sí frotan sus bocas, no pueden escuchar el latido
futuro de sus feos pellejos. Ante la inexistencia de la inmortalidad no
se plantean el absurdo de envejecer. Aceptan simplemente la realidad”, ha escrito Andrés Sorel.
Y todo el estruendo del poder, la malsana canción de los negocios, la
decadencia del mundo en que habitan y consumen sus vidas, desaparece
ante su única obsesión: posesionarse de un cuerpo, real o imaginado, el
cuerpo exhibido, deseado, tal vez soñado. Beben y casi nunca pierden la
compostura; es decir, que borrachos o cuerdos hablan y hablan de sus
reiteradas historias, incapaces de escapar a la vulgaridad que las
informa.
Lo importante es que no se piense, que no se reflexione: espectáculos de
masas, gentes vociferantes, conciencias sumisas a las que sólo se
permite aplaudir o corear idénticas palabras, en la política, en la
televisión, en el deporte. Convertir todo, cualquier actividad
profesional o lúdica, de la vida, en espectáculo, ficción, nunca
participación y, en medio, la belleza del cuerpo al que se rinde, aunque
esté hueco por dentro, pleitesía. La sonrisa erótica de Claudia Schiffer importa más que la calidad del coche que anuncia; o, sepa o no jugar al tenis, la Kournikova ganará más que cualquier otra deportista. Y así podríamos hablar, en la decadencia del cine, de actores como Antonio Banderas o Penélope Cruz...
Al fin, en la sociedad de la gesticulación, boca, senos, piernas,
melenas o muslos, de hombres o mujeres, es lo único que cuenta.
Ya hace muchos siglos escribió el romano Marco Aurelio: «Has nacido esclavo, no participes de la razón». ¿Y qué lejos nos quedan páginas como las del “Diario” del filósofo Soren Kierkegaard:
«Si un árabe, en el desierto, descubriese de pronto un manantial dentro
de su tienda, que le surtiera de agua en abundancia, se consideraría
muy afortunado; y lo mismo le ocurre a un hombre cuyo ser físico está
siempre vuelto hacia lo exterior, pensando que la felicidad mora fuera
de él, cuando finalmente entra en sí mismo y descubre que la fuente nace
dentro de él!».
¿Cómo no iba a llegar el momento en que la presentadora de telediarios,
entre noticia y noticia, se fuera despojando de la ropa? Ah, mujer,
¿dónde queda tu lucha emancipadora? Y tú, hombre, ¿en qué pozos de
profunda nada arrojaste tu desarrollado pensar? Cultivar el cuerpo
porque ya no se cree en la existencia, es decir, en el valor del
espíritu. Es el nihilismo absoluto, el hombre cosificado. Reducido a
cenizas de materia. A envoltorio desmadejado, globo deshinchado y caído.
La belleza sin sentimientos, el asesino sin motivos, el mito de Sísifo o la tragedia de Raskolnikov.
Seguro que vosotros, exhibidores, devoradores de cuerpos, nunca leísteis a Agustín de Hipona: «No salgas fuera, regresa a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad»