¿El vaso medio lleno o medio vacío?
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La mente es demasiado poderosa como
para minimizar el efecto de nuestras ideas e intenciones sobre la realidad. De
cómo y por qué aquello que pensamos determina en gran parte lo que nos
sucede
En línea paralela con los escépticos, los trágicos, los eternos
derrotados y aun los nihilistas –aunque sin malgastar energías en el
enfrentamiento–, hay mucha gente en el mundo convencida de que todos podemos
pensar en positivo y que esto nos conducirá, inevitablemente, a una mejor
calidad de vida.
"El optimismo es aprendido –asegura Andrés López Pell,
psicólogo, director de la Fundación para la Salud y la Educación (Funsaled) y
autor de investigaciones sobre el tema–. Por lo tanto, se mejora a través de
distintos recursos, entre ellos, la psicoterapia. Se puede traer un bagaje
genético que marque una tendencia o la influencia de aspectos de crianza, pero
todo es modificable. El optimismo no es ingenuidad ni fantasía: es un conjunto
de expectativas respecto del futuro que nos permite interpretar verazmente la
realidad. Si la canoa se está hundiendo, se está hundiendo. El punto es no
llorar, sino intentar nadar (o aplicar otro recurso, que siempre existen) para
ponerse a salvo."
Hugo Hirsch, director del Centro Privado de
Psicoterapias (CPP), dice que ver el vaso medio lleno o medio vacío no es otra
cosa que un hábito, y que un hábito es algo que podemos cambiar. "Se puede
aprender a ver lo positivo de cada situación –dice Hirsch, un psicoterapeuta de
larga trayectoria–. Hay personas que lo logran más fácilmente que otras; existen
aquellos que lo hacen naturalmente, pero todos podemos entrenarlo por medio de
distintos métodos, por ejemplo, la autoconciencia y el autoconocimiento,
aprendiendo a identificar pensamientos negativos y cuestionándolos. Si tenemos
en claro la propensión hacia el pensamiento negativo, somos conscientes de la
dificultad para ver lo positivo. Es un buen inicio."
La búsqueda del
bienestar (o de la felicidad) es una meta que parece haber nacido con el ser
humano. Tema filosófico por excelencia –desde los griegos, primer escalón
reflexivo de la cultura occidental, distintas escuelas y corrientes sumaron
aportes sobre el tema–, su status científico fue sin embargo bastante relegado:
hasta podría decirse que ciertas disciplinas arrojaron la propensión humana al
bienestar o la felicidad a la estantería de los temas menores.
Beatriz
Vera Poseck, licenciada en psicología por la Universidad Complutense de Madrid,
escribe que durante muchos años la psicología se centró exclusivamente en el
estudio de la patología y las debilidades del ser humano, y que esta perspectiva
la convirtió en algo así como una "ciencia de la victimología", como si el
estudio de la "parte positiva" de la existencia humana no tuviera (casi)
sentido.
Sin embargo, cuando, en 1998, asumió como presidente de la
Asociación Americana de Psicología, el psicólogo estadounidense Martin E. P.
Seligman, nacido el 12 de agosto de 1942 en Albany, dio un contundente giro al
estado de las cosas. Nacía así la psicología positiva.
Un golpe de
timón
"Después de 25 años de estudiar la depresión, Seligman dijo basta
–explica Hugo Hirsch–. Entonces comenzó a preguntarse por qué había muchos que,
en lugar de deprimirse, eran o intentaban ser felices. Advirtió que desde fines
de la Segunda Guerra Mundial, o quizás antes, todas las disciplinas vinculadas
con la salud mental se habían ocupado únicamente de lo que andaba mal, de
recuperar lo roto, por decirlo de alguna manera, pero poco y nada se había
investigado para trabajar con lo bueno."
Hirsch plantea que la psicología
positiva se orienta al hallazgo empírico de aquellos elementos que contribuyen
al bienestar, la felicidad, la realización personal. "Por ejemplo –enumera–, las
características familiares que tienen aquellos hogares con niños más sanos, o
cómo incide el sentimiento de esperanza en el proceso de curación de las
enfermedades. No es una escuela, no hay un único modelo, lo que sí existe es una
búsqueda de investigaciones científicas que demuestren cómo es posible que
alguien desarrolle una virtud. Se parte de un supuesto: que podemos ser felices,
y se busca identificar factores que conduzcan a eso y producir material
científico con evidencia empírica que permita que cualquiera los utilice. Por
ejemplo, está demostrado científicamente que la actividad física regular mejora
el estado de ánimo. Es bien práctico; la información les sirve tanto al
profesional de la salud como al lego. Es una reacción al énfasis de más de 50
años de búsqueda de solución de la patología: más que identificar debilidades se
busca señalar fortalezas y trabajar sobre ellas. Y es más probable que se
consigan resultados trabajando sobre fortalezas que sobre
debilidades."
Todo ser humano (sí, cada una de las personas que habitan
este planeta) tiene un conjunto de fortalezas personales según Seligman:
curiosidad, amor por el conocimiento, pensamiento crítico, ingenio, perspectiva,
valentía, perseverancia, honestidad, vitalidad, amor (capacidad de amar y ser
amado), generosidad, distintos tipos de inteligencia, sentido de la justicia,
capacidad de liderazgo, don de perdonar, modestia, prudencia, autocontrol,
aptitud para apreciar la belleza, disposición para agradecer, optimismo, sentido
del humor, espiritualidad.
Y en tanto los tratamientos psicológicos
habitualmente se focalizan directamente sobre los problemas que aquejan a la
persona, Seligman postula que la psicoterapia positiva es una "estrategia de
amortiguación", en la que el diálogo con el terapeuta se centra en incrementar
las emociones positivas, las fortalezas, en lugar de las carencias. Accediendo a
la página web del instituto que dirige, es posible conocer este conjunto de
cualidades, además de (previa registración, totalmente gratuita) tomarse
autotest y trabajar sobre ellas (
http://www.authentichappiness.sas.upenn.edu/questionnaires.aspx" ).
"Pero
la psicología positiva se vincula también con el concepto de resiliencia –agrega
Hugo Hirsch–, que ha sido tomado de la física, y es la capacidad de los
materiales de regresar a su estado inicial aunque hayan sido completamente
alterados. Pero si lo utilizamos en psicología o en cualquier otra ciencia
humana, resiliencia quiere decir más que eso, y es, por ejemplo, la capacidad
que muestran las personas, por caso muchos niños, para atravesar circunstancias
por demás difíciles o trágicas y salir fortalecidos de eso. Todos estos años
aprendimos mucho sobre factores de riesgo. Sin embargo, olvidamos que un factor
de riesgo no es necesariamente una condena."
Pensar, un arma
poderosa
¿De qué se nutre un pensamiento? Según Andrés López
Pell, "lo que se cree de las cosas es muchas veces una idea infundada que se
adquirió a lo largo de la vida sin saber bien ni cuándo ni cómo, y que
probablemente nunca haya sido sometida a un análisis racional. Seligman afirma
que a menudo muchas de las creencias son prejuicios y, por lo tanto, sumamente
inútiles. La indicación es tomar distancia de las explicaciones pesimistas, al
menos hasta verificar su certeza".
El método propuesto por el creador de
la psicología positiva consiste en un diálogo interno con uno mismo que permite
discutir (sin intermediarios) acerca de la evidencia, las alternativas, las
implicaciones y la utilidad de la creencia pesimista que la persona presenta y
que habitualmente es un obstáculo para su propio bienestar. "Uno tiene que
actuar como un detective, buscando evidencias de esa creencia", ironiza López
Pell. "Aunque se obtengan pruebas que apoyen esa creencia –agrega el psicólogo–,
generalmente la realidad estará a favor de rebatirla porque las ideas pesimistas
tienen un punto débil: suelen exagerar algún aspecto de la realidad y los hechos
pueden poner de manifiesto esas distorsiones, generalmente asociadas a
explicaciones catastróficas. Los acontecimientos son siempre multideterminados,
y las personas pesimistas suelen aferrarse a las explicaciones más negativas;
por eso, la tarea consiste en desechar esa costumbre destructiva y habituarse a
generar pensamientos más realistas y lógicos."
Hirsch explica que lo
típico del pensamiento pesimista, según Seligman, es considerar: "Lo que me pasa
de malo es lo único que me pasa, abarca toda mi vida, va a durar para siempre y
yo soy responsable o culpable de eso".
¿Y cómo garantizar que la
influencia de los aspectos inconscientes no atenten contra la intención de
modificar nuestros patrones negativos de pensamiento? "Durante mucho tiempo
–explica Hugo Hirsch– se puso tanto énfasis en lo inconsciente que les hemos
restado demasiada importancia a los aspectos conscientes, que son los
voluntarios. Pensar en términos positivos nos dispone a que algo salga
razonablemente bien. Podemos ampliar nuestro margen de conciencia perfectamente.
La felicidad depende más de desarrollar ese margen y, con esa conciencia, hacer
algo. Porque de poco o nada sirve entender y entenderse sin autogestión: el
autoconocimiento sin autogestión no sirve para nada. Tengo que conocer mis
recursos, pero también saber cómo administrarlos."
Más sanos, más
longevos
Diversos estudios científicos demuestran que de la mano del
pensamiento positivo se suma mejor salud física y emocional. Andrés López Pell
explica que una investigación realizada entre pacientes de la institución que
dirige junto a Alexis Kasansew reveló que aquellos que habían incrementado su
nivel de optimismo sufrían menos somatizaciones: malestar estomacal,
taquicardia, náuseas, sensación de ahogo: "Toda la sintomatología que
corresponde al estilo somático –dice López Pell–. Estas personas suelen ser más
pesimistas, tienen peores expectativas sobre el futuro; responden al tipo de
gente que cuando se divorcia, por ejemplo, cree que estará solo para siempre y,
de ese modo, genera un círculo vicioso, una autoprofecía que posiblemente se
cumplirá".
Pensar en positivo también nos hace más longevos. Un estudio
de la Universidad de Yale, en Estados Unidos, encabezado por la doctora Becca
Levy y realizado durante varias décadas sobre más de 600 personas mayores de 50
años, demostró que aquellos con una disposición más positiva hacia el
envejecimiento vivían más tiempo (hasta un promedio de 7,5 años) y libres de
enfermedades típicamente asociadas a la vejez.
En este sentido, la
doctora Martina Casullo, directora del Departamento de Psicología de la
Universidad de Palermo, profesora emérita de la UBA e investigadora principal
del Conicet, dice que a menudo hacemos una asociación inmediata entre la vejez y
el deterioro, "cuando también puede ser sinónimo de sabiduría; ¿por qué no
mirarla también de esta manera?".
Casullo coordinó durante los dos
últimos años el 1º y el 2º Encuentro Iberoamericano de Psicología Positiva en
nuestra ciudad, organizado por la Universidad de Palermo, y que contó con la
asistencia de más de un centenar de especialistas de todo el continente.
"Seligman envió a un delegado, James Pawelski, que es hispanohablante, para que
asistiera a la reunión de este año–comenta la psicóloga, sin disimular su
entusiasmo– y el año pasado él mismo prologó la edición especial de la revista
Psicodebate, que edita la Universidad, dedicada completamente a artículos sobre
psicología positiva." (Psicodebate 7, revista de Psicología, Cultura y Sociedad
de la Universidad de Palermo, Buenos Aires, 2006).
La especialidad del
planteo no radica en lo "novedoso" de las ideas: el propio Martin Seligman dice
que la psicología positiva no descubre nada nuevo en realidad, nada muy
diferente de lo que el sentido común nos puede enseñar.
Temas
olvidados
Martina Casullo plantea que en este inicio del siglo
hay dos ejes que dominan el ambiente de la reflexión sobre la condición humana.
"Uno es el respeto al aporte de las neurociencias –dice la psicóloga– y otro, el
enfoque sociocultural. Hoy está demostrado que el medio ambiente no es sólo
estresor y negativo, sino que también puede influir positivamente en el
individuo. La psicología positiva de hace eco de este espíritu de época y
recupera temas que han sido olvidados a pesar de que tienen una importancia
central en el
bienestar de las personas: entre éstos, los valores, que
constituyen en buena parte el capital psíquico del sujeto y que lo ayudan a
buscar el bienestar a partir de sus posibilidades, de sus propios recursos. Si
se trabaja desde allí, es posible que las expectativas sean más reales para cada
uno de nosotros y enfrentemos menos frustraciones."
Casullo dice que un
tema al que la psicología positiva da especial énfasis es la capacidad de
perdonar. "Y no hablamos del perdón como sinónimo de reconciliación, o de anular
la demanda ante una ofensa o un delito. Es, en realidad, un trabajo de
autoperdón para lograr que la propia persona no se sienta culpable. El
desarrollo de la capacidad de perdonar debería integrar programas de promoción y
prevención de la salud, porque son muchas las personas que podrían beneficiarse
si tuvieran la posiblidad de hablar y reflexionar sobre el tema."
La
psicología positiva también enfoca su mirada hacia la influencia que tienen
aspectos tales como la religiosidad, la vida cultural, la gratitud, el sentido
del humor y la autoestima, o las estrategias puestas en marcha frente a los
duelos, en la calidad de vida de los colectivos sociales, y ocupa buena parte de
las investigaciones el estudio de cómo poblaciones de alto riesgo logran
enfrentar (y superar) las negativas condiciones de vida que les tocan, es decir,
la resiliencia.
Martina Casullo comenta que el enfoque de la psicología
positiva tiene especial aceptación entre sectores medios y bajos, "por la
necesidad concreta de sobrevivir en ambientes más adversos –reflexiona–. Por
ahora, para sectores más ligados a lo intelectual no se trata de un pensamiento
de primera línea… Se lo ve facilista o simplista, se lo asocia a la new age sin
tener en cuenta que se gestó y se está desarrollando en ámbitos académicos y
científicos, y tampoco se tiene en cuenta lo más importante: que contempla temas
esenciales de la vida, que recupera lo mejor de la psicología humanística y
existencial y de la psicología social".
El secreto radica, todo parece,
en desarrollar recursos que apunten a la prevención y que permitan que cada
persona enfrente mejor y más dotada con sus recursos, reconociéndolos, su propio
proyecto de vida.
"El balance de lo que se hizo durante el siglo XX es
negativo –dice Martina Casullo, ensayando una sonrisa que oscila entre el
realismo más cruel y la tímida esperanza–. No hacen falta ni más resentimientos
y ni más broncas. Tenemos que tener un propósito, y este enfoque puede ayudarnos
a ir tras él."
Por Gabriela Navarra
Fuente: www.lanacion.com