
En los últimos decenios, las estadísticas han conquistado
muchos ámbitos de nuestra vida al grado de medir no sólo lo que producimos,
vendemos y consumimos. Las parroquias y las diócesis, por ejemplo, hacen también
las cuentas de sus actividades pastorales. A un nivel más amplio, la Santa Sede
tiene desde 1967 una Oficina Central de Estadística cuya competencia es
almacenar y ordenar sistemáticamente los datos para editar el anuario pontificio
y el anuario estadístico de la Iglesia.
En estos últimos casos, las
estadísticas se estiman necesarias y útiles para el mejor conocimiento de las
condiciones de la Iglesia y para la formulación de planes y programas
pastorales. No obstante, en algunos ámbitos esa labor puede parecer innecesaria
o “poco evangélica”. “¿Cómo pedir resultados -podría objetarse- cuando la
Iglesia no es una institución humana y el apostolado no siempre cuantificable?
¿Qué criterios seguir para medir las diversas tareas apostólicas y cuál sería la
significación de esos resultados?”. Hay incluso quienes pueden llegar a pensar
que la labor pastoral no precisa de un orden sino que debe regirse
exclusivamente por la creatividad del momento.
En el Evangelio hay
diferentes pasajes donde queda manifestada una “mentalidad de resultados”. Así
por ejemplo en Mt 21, 33-43 donde el Señor habla a los ancianos y sumos
sacerdotes de quitar el Reino de Dios y dárselo a un pueblo que dé frutos (la
misma parábola está recogida en Mc 12, 1-9). Y en la parábola de los talentos
también queda reflejado este sentir (cf. Mt 25, 14-30). Ni qué decir de lo
sucedido a la higuera que no dio fruto (cf. Mt 21, 18-22).
Cuando
Jesucristo designa a 72 de sus discípulos, los envía de dos en dos a los lugares
a donde Él iría (cf. Lc, 10, 1). Ya el envío -el apostolado- presupone un orden,
un plan que va desde la conformación de las parejas hasta el lugar específico
donde realizar la misión y la misión misma. Es interesante notar cómo los
discípulos “rinden cuentas” al Maestro cuando vuelven (cf. Lc, 10, 17) y cómo el
Señor reconduce el informe humano a un plano sobrenatural (cf. Lc 10, 20): “No
os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres
estén escritos en los cielos”. La quimera de un apostolado fruto del ingenio del
momento o de la espontaneidad no parece ser la línea seguida.
Es
interesante notar también cómo la respuesta de los apóstoles en el pasaje
anterior es natural y solícita, no hay ningún sesgo de reticencia. Y esto lleva
a recordar esa máxima de “en el pedir está el dar”.
En ocasiones puede
sucedernos como a los discípulos: estamos felices porque los resultados del
trabajo apostólico son maravillosos y deseamos ser los primeros en exhibirlos y
hablar de ellos. Pero precisamente de aquí puede nacer justamente el sentimiento
contrario: cuando se descubre que los resultados que queremos o debemos dar no
existen (o no al nivel que desearíamos) nos podemos sentir incomprendidos y
juzgados cuando alguien nos pregunta por ellos.
Mirando hacia atrás, a
los años que pasamos en el colegio donde recibimos notas por los exámenes, todos
recordamos cuánto ayudaba el hecho de ser evaluados para ponernos realmente a
estudiar. Sin embargo, algunos compañeros sacaban excelentes notas casi sin
mover un dedo y otros, con gran esfuerzo, apenas lograron pasar de un curso a
otro. No es difícil reconocer, ciertamente, que las buenas notas no son una
garantía para el éxito duradero en la vida personal.
Por tanto, en las
buenas y en las malas no debemos olvidar que los números y las estadísticas son
tuertas. Nos muestran una parte de la realidad, pero no lo dicen todo. En este
sentido, cuando a los sacerdotes, religiosos y demás agentes de pastoral nos
toca entregar o recibir estadísticas, ayuda mucho distinguir varios niveles.
Resultados
Está claro que el apostolado nunca debe
identificarse como un culto al número. Pero es bueno tener presente que aunque
la Iglesia no es una institución humana, precisa de los procedimientos humanos
para poder conducirse mejor.
En la parábola de los talentos (cf. Mt 25,
14-30) el Señor ajusta cuentas con sus siervos. Y las cuentas son
específicamente humanas, numéricas, pecuniarias, como se puede leer en el
Evangelio.
Algo análogo sucede con el trabajo apostólico, circunscrito
en esta primera distinción al plano humano: se piden cuentas y éstas suelen ser
numéricas (bautizos, entradas al seminario, matrimonios, donativos para la
parroquia, etc.). Pero todos esos requerimientos, aunque pudieran parecer
fastidiosos, redundan en una ayuda pues regalan la oportunidad de la exigencia
en la misión y protegen de la mediocridad.
Por así decir, la exigencia
humana del número proporciona la ocasión para medirse con objetividad y, en un
plano institucional, permite no sólo contar sino también proyectar, mejorar,
programar y compartir los procedimientos exitosos (o prescindir de la
metodología deficiente). Así, la mentalidad de resultados puede llamarse también
sentido de eficacia.
Frutos
Sin embargo, el número en sí no
es el valor absoluto. Y no lo es porque, aunque lo cuantificable es una ayuda,
no es lo definitivo. En otras palabras: hay resultados que superan los números.
Los podemos llamar frutos y son de naturaleza espiritual.
En la
pedagogía de Dios puede entrar el no permitir ver de modo inmediato los frutos a
quien ayuda a sembrarlos. En este sentido, no se debe olvidar que lo humano es
humanamente medible pero la gracia no se puede medir porque en la medida de Dios
no entra el ser medido. Por tanto, si con el “resultado” estamos en el plano
humano, con los “frutos” damos un salto al plano sobrenatural.
Vienen a
cuento aquellas significativas palabras de Jesús recogidas en el Evangelio según
san Juan (4, 36): “El segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida
eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador”. De este
versículo se deduce fácilmente una re-proyección del trabajo pastoral: lo que
saldrá de él ya no será meramente el resultado del esfuerzo personal ni quedará
reducido a un valor terreno. El fruto es mucho más: es el signo de la bendición
de Dios, su actuación en las almas y, precisamente por eso, algo totalmente
distinto y trascendente. Distinto porque ya no es un hacer para reportar sino
una misión que nace y se lleva a cabo por amor, de un amor al que se le quiere
dar lo mejor y siempre más. Y trascendente porque tiende hacia Dios porque de Él
viene y a Él va.
Quien se detiene con pausa en los “frutos” comprende
algo más: las personas no pueden ser vistas como números para llenar
estadísticas, ellas mismas no son un medio para hacer apostolado. El fruto, al
ser un regalo de Dios, implica valerse de los resultados humanos, de lo
objetivamente factible, para ofrecer, fortalecer o confirmar en la amistad con
Cristo a los demás a partir de la propia experiencia de amistad con el Señor.
Por eso mismo el fruto es algo duradero, porque es de Dios. El fruto comienza
con el cambio de corazón que se busca en las personas. Un corazón lleno de
mansedumbre y humildad.
Se puede decir, por último, que los “frutos”
muchas veces no se dan nada más por las capacidades y aptitudes humanas que
ayudan tanto a conseguir resultados numéricos; aquí lo que suele hacer la
diferencia es la vida de gracia, la unión con Dios y el sacrificio personal.
El mérito
Una última consideración: el hecho de que las
cualidades naturales y la vida de gracia sean puestos al servicio de Dios, no
implica un automático resultado matemático en el que los dones llegan o son
dados en virtud del personal esfuerzo y empeño en uno u otro plano. Es decir:
trabajo humano y vida espiritual no convierten los resultados y frutos en un
mérito nuestro.
San Juan nos recuerda que el amor de Dios consiste “no
en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su
Hijo como propiciación por nuestros pecados" (cf. 1 Jn 4, 10; cf. 4, 19)”. Por
eso dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Frente a Dios no hay, en el
sentido de un derecho estricto, mérito por parte del hombre. Entre él y
nosotros, la desigualdad no tiene medida, porque nosotros lo hemos recibido todo
de él, nuestro Creador” (cf. n. 2007). Y más adelante puntualiza que “el mérito
del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios ha dispuesto
libremente asociar al hombre a la obra de su gracia. La acción paternal de Dios
es lo primero, en cuanto que él impulsa, y el libre obrar del hombre es lo
segundo en cuanto que éste colabora, de suerte que los méritos de las obras
buenas tengan que atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel en
segundo lugar. Por otra parte el mérito del hombre recae también en Dios, pues
sus buenas acciones proceden, en Cristo, de las gracias prevenientes y de los
auxilios del Espíritu Santo” (cf. n. 2008). Estamos pues en el nivel de la
gracia.
Así, lo que se logra no se define ni por los resultados ni por
los frutos y en el plano subjetivo debemos ser muy cuidadosos de asignarnos el
mérito de ambos. Esto se ve de manera evidente cuando Dios a veces saca frutos
estupendos a pesar de lo que nosotros hayamos hecho; a pesar de no haber puesto
ni lo humano ni lo sobrenatural en tal o cual acción.
La doctrina
católica sobre el “mérito” es un recuerdo constante que nos empuja a la
humildad, a no ensalzarnos por lo bueno ni a abatirnos por lo que, desde nuestra
perspectiva, a pesar del esfuerzo, no ha sido estadísticamente vistoso. Puede
haber mucho mérito detrás de actividades apostólicas en las que la participación
fue escasa. Y puede no haberlo en otras con una concurrencia humanamente
sorprendente. “El hombre no tiene, por sí mismo, mérito ante Dios sino como
consecuencia del libre designio divino de asociarlo a la obra de su gracia. El
mérito pertenece a la gracia de Dios en primer lugar, y a la colaboración del
hombre en segundo lugar. El mérito del hombre recae en Dios (cf. CIC n.
2025)”.
Recapitulando podemos decir que el apostolado, la misión,
aprovecha lo cuantificable pero no se limita a cuantificar. Y cuando se sublima
la real conveniencia del resultado al campo del fruto sobrenatural, se reconoce
también que todo don es mérito de Dios, quien actúa a través de sus
instrumentos.
Después de estas distinciones, quizá las estadísticas
pastorales que entregamos o recibimos no dejan de causarnos alegría o decepción,
pero sí estaremos en grado de poner todo en su perspectiva y mirarlas con paz y
confianza en Dios, recordando lo que dice San Pablo: “A mí lo que menos me
importa es ser juzgado [...] ¡Ni siquiera me juzgo a mí mismo! [...] Mi juez es
el Señor” (cf. 1 Cor 4,3-4).