Al perdonar ponemos la medida del perdón, pues con la medida que midamos se nos medirá.
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| Jesús perdona siempre |
Aldo Moro era amigo de Pablo VI. Cuando las Brigadas
Rojas secuestraron a Aldo, Pablo VI se ofreció como rehén
para que liberasen a su amigo; pero Aldo fue asesinado.
Las cuatro hijas de Aldo fueron a la cárcel en
las Navidades siguientes, a llevar unos regalos y perdonar a
los asesinos de su padre. Ante la pregunta de los
periodistas qué es lo que hacían con este gesto una
de ellas respondió: “lo hemos aprendido de Jesús”.
Jesús dio
la vida por todos, inclusive por sus enemigos. En él
tenían cabida todos los seres humanos, en especial los más
despreciados. El no vino a llamar a los justos, sino
a los pecadores y no pedía sacrificios, sino misericordia (Mt
9,13). Jesús practicaba y enseñaba a otros a practicar la
lección más difícil: pasar haciendo el bien y perdonar y
a Pedro le manda que perdone siempre (Mt 18,21). La
reconciliación perfecta la hizo Jesús, él es el único mediador
entre Dios y los seres humanos (1Tm 2,5). Él murió
por todos, para que ya no vivan para sí los
que viven, sino para aquel que murió y resucitó por
ellos, a quien no conoció pecado, le hizo pecado por
nosotros (2Co 5,14-21). Cristo nos ha reconciliado con Dios “por
medio de la cruz, destruyendo en sí mismo la enemistad…;
por él tenemos acceso al Padre en un mismo espíritu”
(Ef 2,14-18).
Jesús excusa y perdona a sus enemigos y
así se lo pide al Padre: “Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen” (Lc 23,34). Hasta ese punto llegó
el perdón de Jesús. Jesús no se dejó vencer por
el mal, sino que venció al mal con el bien
(Rm 12,21). Dice san Juan Crisóstomo: “En las guerras se
considera vencido al que cae. Pero entre nosotros la victoria
consiste en eso mismo. Nunca vencemos cuando nos portamos mal,
sino cuando soportamos el mal con paciencia. La victoria más
bella consiste en vencer con nuestra paciencia a los que
nos hacen daño”. Jesús no fue enviado por su Padre
como juez, sino como salvador (Jn 3,17); él nos revela
que Dios es un Padre que tiene su gozo en
perdonar (Lc 15) y cuya voluntad es que nada se
pierda (Mt 18,12).
Jesús no sólo anuncia este perdón, sino
que además lo ejerce y testimonia con sus obras que
dispone de este poder reservado a Dios (Mc 2, 5-11).
Jesús nos manda amar a los enemigos, hacer el bien
a los que nos odian, bendecir a los que nos
maldicen (Lc 6, 27-35). Al perdonar ponemos la medida del
perdón, pues con la medida que midamos se nos medirá
(Lc 6,36-38).
Jesús tenía entrañas de misericordia y sus seguidores, al
mismo tiempo que se sienten atraídos por él, tienen que
comprender que la misericordia “es la única realidad que puede
resumir e iluminar decisivamente todos los demás aspectos del mensaje
cristiano” (B. Bro). Cuando Jesús se relaciona con el ser
humano, especialmente con los necesitados y pecadores siente profundamente la
misericordia. Los evangelios nos hablan de distintos momentos en que
se le conmovieron las entrañas. Como ante el féretro del
joven muerto en Naím o ante los ciegos de Jericó.
La misma expresión es utilizada por él en el relato
de la parábola del buen samaritano y del hijo pródigo.
Jesús
sentía compasión cuando veía a las multitudes vejadas y abatidas,
como ovejas sin pastor (Mt 9,36); cuando veía a los
ciegos, a los paralíticos y a los sordomudos que de
todas partes acudían a él, (Mt 14,14); cuando se daba
cuenta de que las personas que le habían seguido durante
días estaban fatigadas y hambrientas (Mc 8,2). Hay parábolas en
las que habla del perdón. Un fariseo invitó a Jesús
a comer con él. Jesús entró en su casa y
se sentó a la mesa. Una mujer, que era pecadora
en la ciudad, cuando supo que estaba a la mesa
en casa del fariseo, llevó un vaso de alabastro lleno
de perfume y comenzó a bañarlos con lágrimas y a
limpiarlos con sus cabellos; le cubrió de besos los pies
y se los ungió con el perfume… Como esta mujer
amó mucho, se le perdonaron todos sus pecados (Lc 7,36-47).
La parábola del deudor inexorable inculca con fuerza esta verdad
(Mt 18,23-35), en la que insiste Cristo (Mt 6,4) y
que nos impide olvidar haciéndonosla repetir cada día en el
padrenuestro.
Jesús presenta la misericordia fraterna como una buena disposición
previa al perdón de Dios. Es necesario perdonar para que
también vuestro Padre celestial os perdone vuestras culpas (Mc 11,25).
El perdón fraterno aparece aquí como condición esencial previa para
obtener el perdón de Dios. Lucas va mucho más lejos,
parece dar por supuesto que cuando pedimos perdón al Señor
hemos perdonado previamente a todos. Así decimos al Padre que
perdone nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el
que nos ofende (Lc 11,4). Realmente somos nosotros los que
al perdonar ponemos la medida del perdón, pues con la
misma medida que midamos, se nos medirá (Lc 6,36-38). Y
hay que usar una buena medida para excusar los pecados
de cada día, esos que van carcomiendo toda clase de
amor. Éste muere, a menudo, por las continuas desatenciones, olvidos,
genio, egoísmo.
San Pablo presenta el perdón como una consecuencia del
perdón divino e invita a perdonar, (Col 3,13), a ser
benignos y misericordiosos (Ef 4,32) y a que la puesta
del sol no sorprenda en el enojo (Ef 4,26).
Pedro
pone como norma de conducta el no devolver mal por
mal ni insulto por insulto; antes, al contrario, manda bendecir
y amar siempre (1P 3,8-9).
La reconciliación depende de cada
persona, cada uno es libre para aceptarla o rehusarla (Mc
4,1-9); pero la reconciliación es, sobre todo, obra de
Dios, él es el que realiza su obra, ensalza a
los humildes y rebaja los soberbios (Lc 1,52-53). Quien perdona
deja las ofensas atrás, apunta hacia nuevos horizontes, soslaya lo
sucedido y propone una nueva relación al ofensor.
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