Todos ellos, nos están invitando: ¡Venga! ¡A no desfallecer! Que no sabéis la dicha que es vivir con Dios aquí en su gloria...
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| ¡Claro que hablan los muertos! |
Pasaron ya la Solemnidad de Todos los Santos y la
conmemoración de los fieles difuntos. Pero durante el mes de
noviembre, seguimos rezando por ellos y recordándolos.
Resultaría curiosa una pregunta
como ésta: ¿Quién habla más alto, un vivo o un
muerto?... Habría motivo para reírse con gusto si la pregunta
se hiciera en serio. Porque sabemos de sobra que los
únicos que hablan son los vivos, pues los muertos están
bien callados en sus tumbas...
Un famoso dictador, refiriéndose a
los que deseaba fueran fusilados, decía con mucha seriedad: Los
muertos no hablan. Con ello quería expresar que, los que
le estorbaban, permanecían callados para siempre si recibían un tiro
en la nuca. Pero se equivocaba. Los muertos hablan, y
con tanta o más elocuencia que los vivos.
Como se
equivocaba también aquel niño, que fue después gran estadista y
mártir de su patria. El papá lo encuentra una vez
tumbado en tierra y apegado el oído al suelo.
-
Pero, ¿qué estás haciendo aquí, hijo mío?...
Y el
niño, muy serio y muy convencido:
- Papá, quiero escuchar
lo que dicen los muertos, pero no oigo ni una
palabra, y esto es muy triste.
Equivocación total, en uno como
en otro. Los muertos hablan, y hablan muy alto. Como
hablaba elocuentemente la sangre de Abel, según nos dice la
Biblia. Y el lenguaje que nos dirigen, si lo sabemos
escuchar, nos hace la vida seria, es cierto, pero también
estimulante, provechosa y feliz.
Si tomamos el periódico, si escuchamos
el noticiero de la radio o de la televisión, nos
encontramos, sin que nos falle nunca, con un muerto u
otro. Si abrimos un libro de Historia, nos leeremos listas
inacabables de personas que ya no están entre nosotros. Sin
embargo, todos nos siguen hablando, cada uno a su manera,
y del modo más convincente.
Podríamos analizar sus voces.
Nos
hablan con voz estimulante los héroes, los conquistadores, los libertadores...
Los hombres y las mujeres grandes, que decimos. Su sólo
nombre es un monumento al sacrificio, a la abnegación, a
la valentía...
Ante esos gigantes de la Patria, que nos
hablan con su silencio de muertos, ¿cómo puede el hombre
de hoy juzgar a los politiqueros ---que es algo muy
diferente de los políticos--, a los aprovechados, a los vividores
del pueblo?...
Todos éstos, no se atreverían ciertamente a compararse
con los padres de la Patria, que la hicieron grande
a base de su propio sacrificio.
Los unos vivían para la
Patria; los otros, ciudadanos sin escrúpulos, hacen que la Patria
viva solamente para ellos.
A éstos no los escucha nadie;
mientras que entendemos perfectamente el lenguaje de los primeros, y
nos decimos al escucharlos:
- ¡No, no ha de acabar
la raza de los grandes!...
Y, aunque su voz sea
realmente un desafino, nos hablan también los grandes criminales, los
tiranos más monstruosos, los hombres más perdidos. Porque, al ver
su final desastroso, nos ponen sobre aviso, y nos dicen,
si es que queremos entender su voz:
- ¡Cuidado! Que nosotros
perdimos la vida, y con la vida, a Dios. No
os perdáis vosotros también...
Nos hablan, finalmente, y mejor que nadie,
los Santos, los hombres y mujeres más grandes de la
Iglesia, de esta misma Iglesia a la cual nosotros pertenecemos.
Nos
hablan los mártires, que dieron su sangre por Cristo, y
nosotros sabemos responder: ¿Ellos lo dieron todo, y yo no
podré dar algo?...
Nos hablan los Papas, obispos y sacerdotes,
pastores eximios del Pueblo de Dios, y nosotros nos decimos:
¿Ellos han dado su vida entera por mí, por
la Iglesia, y yo no puedo hacer nada por mis
hermanos?...
Nos hablan misioneros ardorosos, religiosas tan entregadas, obreros heroicos, madres
de familia estupendas, jóvenes sanos y niños candorosos..., y nosotros
hacemos examen serio: ¿Ellos tan formidables, tan puros, tan trabajadores,
tan valientes, y yo debatiéndome siempre en la medianía?...
Todos ellos,
muertos ya, nos están invitando con voces clamorosas:
- ¡Venga!
¡A no desfallecer! Que no sabéis la dicha que es
vivir con Dios aquí en su gloria...
Cuando en la Iglesia
celebramos las fiestas de los Santos y escuchamos sus ejemplos
en la predicación, oímos voces celestiales. Todos ellos nos están
proclamando que murieron a la tierra pero que están vivos
en el Cielo. Nos aseguran que todo pasa también para
nosotros, pero que nos están esperando como compañeros de su
felicidad. Y esas voces no nos engañan. Las voces de
los muertos son las más sinceras.
Nosotros les hablamos ahora
a ellos, y les decimos:
- Muertos que hoy venís
en los periódicos y en los telediarios..., muertos de los
libros de Historia..., muertos todos que descansáis en los cementerios...,
¡qué alto que habláis y qué predicadores tan elocuentes
que sois todos!...
Todo este modo de hablar nuestro suena un
poco a teatro. Pero no es más que la escenificación
de algo que sentimos muy dentro. Es la voz del
alma inmortal. Es la exteriorización del anhelo más íntimo que
nos empuja a encontrarnos con Dios, con ese Dios en
cuyo seno ya están los hermanos que nos han precedido
en la fe....
Mussolini. - Dollfuss, Canciller de Austria, asesinado
por los nazis en 1934. - Hebr. 12, 24.
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