En el camino hacia Dios abundan las pruebas y caídas, pero en esta carrera el hombre no camina solo, Dios es su acompañante.
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| Jesucristo es el camino |
Un joven acudió una vez a un anciano y le
pidió que orara por él:
– “Me doy cuenta que estoy
cayendo continuamente en la impaciencia, ¿podría orar por mí para
que pueda ser más paciente?”.
El anciano accedió. Se arrodillaron, y
el hombre de Dios comenzó a orar:
– “Señor, mándale tribulaciones
a este joven esta mañana, envíale tribulaciones en la tarde…”
El
joven le interrumpió y le dijo:
- “¡No, no! ¡Tribulaciones no!
¡Paciencia!”.
-“Pero la tribulación produce paciencia –contestó el anciano–. Si quieres
tener
paciencia, tienes que tener tribulación”.
Cualquier caminante necesita echar mano
de la paciencia, pues el camino es largo, arduo y
costoso, expresaba san Juan de la cruz y en todo
camino se presentan dificultades y tribulaciones de todo tipo.
“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn
14,6). Jesús aparece el nuevo mediador de Dios (Mc 3,14)
y la definitiva revelación de Dios (Jn 17,
22). Jesús señala las condiciones de este camino para entrar
en el Reino (Mt 5,20). El caminar cristiano es una
carrera (1Co 9,24-27). Para caminar hay que poner lo ojos
en Jesús (Hb 12,1-2) y peregrinar (Hb 11,13-16), sin poseer
una ciudad permanente (Hb 13, 14) siendo huéspedes de este
mundo (1P 1,1). Él es camino de vida, de
bendición. Juan lo mostró al mundo como el camino por
donde tendría que ir la humanidad, camino recto; quien quiera
transitar por caminos de vida, tendrá que caminar con él
y por él.
El símbolo del “camino” nos evoca el seguimiento,
el proceso espiritual, nos habla de nuestra condición de peregrinos.
Somos extranjeros y peregrinos (1P 2,11), somos ciudadanos del cielo,
buscamos otra ciudad (Hb 11,9-10). Aquí estamos de paso, esta
tierra no es nuestra morada permanente.
El Señor resucitado nos
invita a abandonar Jerusalén y a volver a Galilea -donde
todo comenzó-, pues allí le veremos (Mc 16,7), nos invita
a salir y ponernos en camino. No es fácil responder
a esta llamada, ya que amamos la seguridad y estabilidad
que nos ofrecen las instituciones y todo tipo de seguridades
que nos hemos ganado. Tendemos a instalarnos en nuestras ideas,
en nuestros sentimientos, en nuestros trabajos, en nuestras seguridades. Jesús
también estuvo sometido a constantes tentaciones, que le invitaban a
escoger otro camino más fácil, pero las venció todas y
perseveró hasta el final. Nosotros también sufrimos el acoso de
las tentaciones para dejar el camino.
Jesús acompañó en todo
momento a sus discípulos. “No os dejo huérfanos, volveré a
visitaros” (Jn 14,18). Y acompañó a los enfermos y a
muchos sanó por su fe. "Hija, tu fe te
ha salvado. Vete en paz y sigue sana de tu
dolencia" (Mc 5, 33-34) Jesús acompañó a todos aquellos que
se encontraron con él. En este acompañamiento de la persona
Jesús va al fondo, lleva a la persona a nacer
de nuevo. “Te aseguro que, si uno no nace de
nuevo, no puede ver el reinado de Dios...Te aseguro que,
si uno no nace de agua y de Espíritu, no
puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 3-5).
Y nacieron de nuevo María Magdalena, Zaqueo, Pedro Ignacio
de Loyola, Agustín, Carlos de Foucauld....
La vida cristiana se
llama en los Hechos de los Apóstoles “el camino” (9,2;
18,25,24,22). En este camino hacia Dios abundan las pruebas y
caídas (1P 1, 7) las grandes privaciones (1Co 9, 24-26)
y el hacerse violencia (Mt 11, 12). Pero en
esta carrera el ser humano no camina solo, Dios
es su acompañante. El ser humano es un ser en
camino, eterno peregrino a la casa del Padre. En esta
marcha se encuentra con encrucijadas: caminos que conducen a la
vida y caminos que conducen a la muerte. Y se
presentan peligros, riesgos, dificultades de todo tipo. Para superarlos y
no ceder al cansancio ni al desaliento, es necesario tener
los ojos bien fijos en la meta y estar bien
motivados. El ser humano está en continua elección: escoger la
vida y seguir por el camino recto, estrecho y empinado,
o escoger lo fácil, el camino de muerte.
El seguir a
Jesús requiere el poner los ojos en él, en tener
sus mismos sentimientos y actitudes, en dar la vida. Y
en este camino se sube bajando, se entra saliendo, se
es espiritual, encarnándose y se gana la vida perdiéndola. Es
un camino totalmente imprevisible, en él abundan las pruebas y
caídas (1P 1,7) grandes privaciones (1Co 9, 24-26) y hay
que hacerse violencia (Mt 11,12). Pero en esta carrera
el ser humano no camina solo, Dios es su
compañero; por eso tenemos que tener confianza y saber que
él nos acompaña y que aunque caminemos por cañadas oscuras
nada debemos temer, porque él va con nosotros y su
vara y su cayado nos sosiegan (Sal 22).
Jesús nos invita
a seguirle, a caminar con él. La Biblia
habla de camino, sendero, vía
(Dt 30,15-16) y de la necesidad de escoger un
camino u otro, el de salvación o el de
perdición para la persona, de vida o de muerte (Dt
30,1-5). “Hay un camino que uno cree recto y
que va a parar a la muerte” (Pr 14,12). Jesús
nos ha dado a conocer al Padre. A Dios nadie
lo ha visto nunca. El Hijo Único de Dios, que
es Dios y está en el seno del Padre, nos
lo ha dado a conocer (Jn 1, 18). Quien lo
ve a él, ve al Padre (Jn 14, 9).
Él es el camino que nos lleva al Padre, la
única posibilidad que tiene el hombre de encontrar la plenitud
de la vida: “Yo soy el camino y la verdad
y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre, sino
por mí” (Jn 14, 6).
Para que Jesús pueda acompañarnos
necesitamos desearlo y permitirle que camine con nosotros. Y en
este caminar con él necesitamos confiar en él, perseverar y
tener paciencia; pues además de una confianza y fidelidad a
toda prueba se necesita perseverancia, pues en cualquier campo de
la vida no se adelanta nada sin constancia ya que
cualquier proyecto necesita tiempo y esfuerzo para echarlo adelante.
Hay
personas que parecen mariposas, saltando de médico en médico o
de compromiso en compromiso; así en la vida espiritual comienzan
un proyecto, con mucho calor, y a los pocos días
se enfrían y se desinflan, son amigas de actos heroicos,
pero a corto plazo, la vida diaria, el martirio de
cada día no tiene atractivo, no aguantan ese ritmo.
Paciencia necesitamos
cuando deseamos caminar; paciencia para entender y escuchar a Dios,
al otro y a uno mismo; paciencia porque el camino
es largo, complicado y lleva mucho tiempo. Sin embargo la
marcha lenta obtiene grandes resultados, “poco a poco se va
lejos”. La paciencia, como la paz y la felicidad, brotan
de uno mismo; por mucho que intenten los otros de
que perdamos los estribos, nadie nos arrebatará nuestra paz si
nuestra paciencia está bien arraigada. Los obstáculos, las dificultades, los
contratiempos desesperan a muchos; sin embargo, Dios nos ha dado
los medios con que soportar las cosas que nos sobreviene
sin dejarnos deprimir ni aplastar.
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