Peregrino
entre los peregrinos, el Sucesor de Pedro ha llegado a Santiago. Ha
venido para ponerse a los pies del Apóstol –dijo nada más pisar el suelo
español– “y dejarse transformar por el testimonio de su fe”.
El abrazo al Apóstol le ha dado pie para explicar: “La Iglesia es ese
abrazo de Dios en el que los hombres aprenden también a abrazar a sus
hermanos, descubriendo en ellos la imagen y semejanza divina, que
constituye la verdad más profunda de su ser, y que es origen de la
genuina libertad”. Y la Iglesia somos los cristianos, llamados a “vivir
iluminados por la verdad de Cristo, confesando la fe con alegría,
coherencia y sencillez, en casa, en el trabajo y en el compromiso como
ciudadanos”.
Entonces –se preguntaba en la plaza del Obradoiro–, ¿cómo es posible que
en Europa se haya visto a Dios como antagonista del hombre y enemigo de
su libertad? ¿Cómo es posible que se le reduzca al “silencio público”,
que se pronuncie su nombre en vano o se le utilice para fines perversos?
Es necesario que el nombre de Dios resuene de nuevo en Europa, “en la
vida de cada día, en el silencio del trabajo, en el amor fraterno y en
las dificultades que los años traen consigo”. Y para lograrlo, hay que
fijarse en el significado de la cruz que aparece ante los peregrinos en
las “encrucijadas” de su caminar. La cruz nos habla de la necesaria
conexión entre la fe en Dios y la fraternidad entre las personas, que
son hijos de Dios.
Al llegar a Santiago había señalado que también la Iglesia es peregrina:
“La Iglesia lleva a cabo su propio camino interior, aquél que la
conduce a través de la fe, la esperanza y el amor, a hacerse
transparencia de Cristo para el mundo”. Ahora concluía su homilía
invitando a Europa “a ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y
a la fraternidad con otros continentes”.
En la Sagrada Familia de Barcelona, ha considerado Benedicto XVI cómo
Gaudí logró “superar la escisión entre conciencia humana y conciencia
cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida
eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza”. Y lo hizo “no
con palabras, sino con piedras, trazos, planos y cumbres”.
En efecto, y la belleza de ese templo es símbolo de la Iglesia como
familia de Dios y de la vida cristiana personal. Gaudí representó en esa
obra de arte lo que cada cristiano –y aun cada mujer y hombre– están
llamados a realizar: alabar a Dios y servir a los hombres “en el corazón
del mundo”, con la materia misma de sus vidas y de sus afanes, en los
sucesos normales de la existencia, a través del esfuerzo por atender a
las necesidades de los demás. Dar gloria a Dios con toda la vida es la
verdadera Vida del hombre. Proponía el Papa que la gran tarea de los
cristianos es –en su vida de cada día– “mostrar a todos que Dios es Dios
de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y
no de discordia”.
De este modo la belleza –reflejo de Dios y necesidad del hombre– puede
brotar del corazón humano capaz de reconocer a Dios, amarle y amar todo
lo que ha creado, colaborando en la construcción del mundo por medio de
la cultura y el trabajo. El templo es símbolo de todo eso, ha recordado
citando a Gaudí: “Un templo (es) la única cosa digna de representar el
sentir de un pueblo, ya que la religión es la cosa más elevada en el
hombre”.
Gaudí presenta a la Sagrada Familia de Nazaret como centro de toda
familia, “esperanza de la humanidad, en la que la vida encuentra
acogida, desde su concepción a su declive natural”. También la Iglesia
se sabe familia de Dios y semilla de fraternidad universal. La Iglesia
–como cada cristiano en ella y cada familia cristiana– debe ser, según
Benedicto XVI, “icono de la belleza divina, llama ardiente de caridad,
cauce para que el mundo crea en Aquel que Dios ha enviado”. Y el templo
de Dios lleva a mostrar que “todo hombre es un verdadero santuario de
Dios, que ha de ser tratado con sumo respeto y cariño, sobre todo cuando
se encuentra en necesidad” (visita a la obra benéfico-social “Nen
Deu”).
Así se entiende que durante su homilía en Barcelona dijera el Papa que
los cristianos deben ser “testimonios de santidad” en esta tierra. He
ahí, en otras palabras, “el gran servicio que la Iglesia puede y debe
prestar a la humanidad: ser icono de la belleza divina, llama ardiente
de caridad, cauce para que el mundo crea en Aquel que Dios ha enviado
(cf. Jn 6,29)”.
Etsuro Sotoo –el escultor japonés que trabaja en la Sagrada Familia y
que se convirtió al catolicismo en 1991– afirma: “Gaudí no sólo
construía el templo, sino que el templo le construía a él. Lo mismo he
experimentado yo en estos años”. Y añade que toda obra de arte necesita
completarse con la contemplación del que la capta.
El viaje de Benedicto XVI a España ha puesto de relieve que la fe
cristiana es un camino que lleva a descubrir la Belleza y manifestarla a
otros.
Ramiro Pellitero,
Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra
Publicado en www.religionconfidencial.com, 8-XI-2010
Tags: La fe, camino de belleza