Por gracia de Dios, hace 2 años que todos los sábados podemos ir a visitar a los internos del Penal de San Rafael
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| ¿Sabías que el primero que entró al cielo fue un ladrón? |
Este suele ser un disparador de conversaciones muy útil cuando
uno tiene que pararse frente a un desconocido en un
Cárcel.
Por gracia de Dios, hace 2 años que todos los
sábados podemos ir a visitar a los internos del Penal
de San Rafael. No quise más que poner por escrito
algunas de las experiencias que se viven ahí. Ya en
una oportunidad anterior les conté de Simón, que dicho sea
de paso, se encuentra muy bien, dentro de lo que
las condiciones actuales le permiten. Lo que pretendo relatar no
tiene tantos “efectos especiales” como aquel caso, pero toda acción
de Dios en las almas es algo único, y en
lugares como un Penal todo tiene sabor a excepcional.
El penal
cuenta con aproximadamente 400 internos, a muchos de ellos ni
siquiera los llegue a conocer. Hay una minoría de mujeres,
pero escapan a los objetivos que se nos asignaran, las
hermanas se dedican a ellas.
Dado que el apostolado es los
días sábados y, como no hubo forma de cambiar las
condiciones en que nos permiten hacerlo (el acceso al penal
es bastante restringido, tenemos una franja horaria limitada y dependemos
mucho de la buena disposición del personal penitenciario y el
“clima” del día, es decir, de que tan inquietos hayan
estado los internos durante la semana), no queda mas remedio
que aprovechar el día al máximo.
A las 07:30 de la
mañana empieza la caminata hasta el penal que queda aproximadamente
a una hora y media caminado a buen ritmo, la
mayoría de las veces alguien nos levanta en la ruta,
pero la próxima no sería la primera vez ni la
última que habría que hacer todo el recorrido caminado.
Una vez
ahí, luego de saludar y conversar con los guardias, que
dicho sea de paso están tan necesitados como los internos
y a veces más, comienza propiamente el apostolado con los
reclusos.
Años anteriores hubo posibilidades de mayor trabajo, porque los horarios
y actividad la cárcel lo permitían… estos dos años, cambió
todo y muchas veces no era mucho lo que se
podía hacer, a veces solamente ir… pero esto, aunque parezca
mentira, ya significaba una gran diferencia.
Tengo vivo recuerdo de la
primera vez que me tocó entrar en uno de los
pabellones, estaba bastante inquieto de ver que habría atrás de
la reja, y esperaba como mínimo indiferencia o alguna hostilidad…
todo lo contrario. Lo que encontré fue una gran alegría
por vernos, invitaciones de mate, galletitas y mucha conversación. La
sotana predica sola.
El llegar a veces tan temprano, sobre todo
en invierno, tiene otra particularidad más. En esas oportunidades somos
nosotros los que los despertamos y terminamos desayunando pan y
mate con ellos. Con el tiempo entendí que para muchos
de ellos, el solo hecho de que un extraño ingrese
a su mundo, entre en sus celdas y comparta con
ellos un rato de tiempo dentro de la misma realidad
que ellos viven, es algo que rompe cualquier prejuicio. “¿Qué
piensa el mundo de nosotros Padre?” El mundo teme a
lo que no conoce, y la cárcel es algo completamente
desconocido. No faltó oportunidad de aprender códigos, jerga tumbera y
otro montón de cosas que gracias a Dios olvidé con
facilidad.
Nunca preguntamos que delito cometieron o porque están ahí, proponiéndonos
evitar el darles ocasión de hablar mal de los guardias
o cualquier otra persona, tratamos de inclinarlos a que no
culpen a nadie por la situación o contrariedades que viven
en el día a día… pero muchas veces lo único
que se puede hacer es escuchar, dejar que se desahoguen.
Es muy común la expresión… “Esto es la primera vez
que lo cuento”, “nunca me había animado a hablar de
esto”, “no tengo a nadie a quien contarle esto”… pero
indudablemente lo que más se escucha son las quejas contra
el sistema y la sociedad “acá no le importamos a
nadie”… o las comparaciones que demuestran que todos los otros
delitos que cometieron los otros internos son mucho más aberrantes
del que efectivamente cada uno de ellos cometió. Y por
supuesto nunca falta el clásico “Padre…, yo soy inocente”. Al
menos al principio es común empezar por ahí… pero lentamente
cuando van entrando en confianza se va descascarando la leyenda
y queda a la vista la historia real. No niego
que haya casos de ese tipo (inocentes) de hecho me
tocó ver uno de cerca que ahora quedó en libertad,
pero si bien puede que sean inocentes de ese delito
en particular… la realidad del pecado no escapa a ninguno
de nosotros.
Mons. Fulton Sheen cuenta que una vez le tocó
predicar un retiro para presos… y lo empezó más o
menos así… “Saben cual es la única diferencia entre Uds.
y yo” (silencio)… “que a ustedes los atraparon”… Lo que
ellos cometieron es un pecado que además es delito… pero
pecadores somos todos. Cuando llegan a ver el delito que
cometieron como un pecado y uno se pone a la
par de ellos como un pecador mas, es notable como
cambia la disposición al diálogo… Frente al crucifijo, a la
crucifixión de un verdadero inocente en lugar de cada uno
de nosotros… se comienza a derribar la victimización tan frecuente
entre ellos, o mejor dicho entre todos nosotros. La culpa
ya deja de ser de otro y lentamente se hace
lugar a un examen de conciencia.
El sistema penal, en
los términos en que se plantea actualmente, al menso en
este caso, ciertamente es nefasto, es incomprensible como alguien
pudo pensar que es posible educar a un hombre para
vivir en libertad privándolo de la responsabilidad de tomar decisiones
y de asumir obligaciones, hay alternativas previstas, que a veces
se efectivizan, pero no en la mayoría de los casos.
Parecería que una de las aspiraciones seria tener amontados a
un montón de individuos peligrosos, para que al menos no
molesten por un tiempo… pero que cuando se cumpla el
tiempo molesten el doble.
Muchos de ellos no encuentran el
sentido a nada de lo que viven ahí, pero recién
estando ahí empezaron a buscar un sentido a la vida.
Hay una pequeña minoría, que reza, va a Misa, se
confiesa y comulga con alguna frecuencia. Otros incluso hacen ayunos
y se juntan a leer las Escrituras… ahí es donde
se arman picas con los evangelistas. Un viejo capellán
nos decía una vez; “a veces se pelean por cada
idiotez que cuando discuten por algo como la palabra de
Dios y la verdad, es realmente para agradecer.”
También en las
cárceles el mal ejemplo de los católicos es lo que
aleja a otros del acercarse a la fe. Es muy
común escuchar “padre para que voy a ir a misa,
si ellos van y hacen después un montón de barbaridades”
(no con esas palabras sino con algunas mas “propias” de
un penal) a lo que no se puede decir más
que “imagínate que sería si ni siquiera fueran a misa”…
si bien esta es una respuesta que marca un lugar
común en la apologética cotidiana de cualquier parroquia, no deja
de ser una gran verdad. El solo hecho de salir
del pabellón por una hora y media, rezar el rosario
y participar de Misa… ya de por si, sensiblemente les
ayuda muchísimo… ese ratito de silencio apartados en parte del
encierro cotidiano, les ayuda a sobrellevar lo que queda de
ese día.
Otro hecho frecuente es el interrogatorio de los celadores,
“Y Uds. ¿a qué vienen?”. Realmente muchos de ellos no
llegan a comprender lo que hacemos, algunos (los menos), realmente
tienen vocación para el trabajo que hacen, pero la gran
mayoría trabaja allí únicamente por el sueldo y la estabilidad
del empleo público, muy pocos visten el uniforme por vocación.
La disolución familiar es moneda corriente, es un trabajo sumamente
desgastante para hacerlo solamente por dinero, por esto entre otras
cosas me animo a decir que necesitan también mucha contención
y ayuda espiritual. ¿A qué vamos? Venimos por esas almas
que no pudimos alcanzar a tiempo… Es común que les
hablemos del Hogar San Juan Bosco, como una forma de
evitar que los niños cuando adultos terminen en un lugar
así. “Pero Padre, si estos no tiene arreglo”. Y la
verdad que nadie tiene arreglo si Dios no lo arregla,
así que en el fondo tiene razón… pero algunos se
arreglan.
¿Entonces?
Con todas sus miserias, realmente hay internos que aprendieron
a transformar en oración el sufrimiento que padecen ahí, a
ver la misericordia de Dios en un castigo temporal y
no eterno, a ver el dolor y la soledad como
cruces, medios de purificación por la vida pasada… muchos de
ellos ofrecen sus padecimientos, “ofrecen el día” entre otras cosas,
por la perseverancia de las vocaciones sacerdotales y religiosas.
Otro punto
que realmente los impacta muchísimo es la vida contemplativa,
personas que voluntariamente se privan del mundo exterior para buscar
a Dios. El paralelo con la realidad que ellos viven
es lo suficientemente evidente como para dejarlos pensando. Tanto que
incluso comienzan a tener correspondencia con las hermanas del monasterio
y a pedir capellanas que recen por su conversión.
La contracara
de esto es la enorme superstición que tiene muchos de
ellos. Siempre pienso que la cárcel no es mas que
un botón de muestra, el mas radical si se quiere,
pero botón de muestra, de lo que ocurre en nuestra
sociedad a todo nivel. El demonio camina por los pasillos,
la tentación es permanente, el clima de perniciosidad moral
del mundo acá está potenciado entre otras cosas por el
ocio extremo, el sistema no ayuda y muchas veces los
internos no son más que un número en la planilla
de conducta. Ciertamente debe ser sumamente frustrante para los guardias
el ver que su trabajo no da el fruto que
el sistema propone como meta, la reinserción social. Es que
es sencillamente imposible reinsertar socialmente un miembro con gangrena, más
enfermo aún que antes, en una sociedad que de por
sí ya está infectada de lo mismo. Sólo la gracia
de Dios puede hacer la diferencia.
Frecuentemente he podido hacer la
pregunta: “¿hace cuánto que no te confesas?” y escuchar respuestas
que oscilan los 20 y 30 años. Creo que una
de las satisfacciones más grandes es después de algún tiempo,
verlos confesar toda una vida.
El trabajo del capellán es enorme,
esta solo para atender a todo eso y además tiene
las obligaciones de un vicario de parroquia. Es común que
no haga a tiempo para atenderlos a todos. Nosotros le
prestamos la ayuda que tenemos a nuestro alcance, pero hace
falta más, la mies es enorme… y ante un escenario
así se ve la urgente necesidad de trabajar por las
vocaciones sacerdotales. Están esperando al sacerdote para que los confiese.
Algunos de ellos incluso, con mayor o menor conciencia de
lo que implica, han preguntado si pueden llegar a ser
sacerdotes o al menos consagrarse al servicio de Dios al
salir de ahí.
Es permanente la demanda de rosarios, muchos de
ellos lo llevan como amuleto, pero nunca lo han rezado…
enseñarles a rezarlo y ayudarlos a crear el habito de
recurrir a el para buscar refugio en Nuestra Madre de
Lujan, es algo que todos ellos agradecen.
También hay lugar para
el ecumenismo, los evangélicos hacen un trabajo extraordinario en el
penal, muchos de ellos muy comprometidos van a realizar lo
que llaman “actos de culto” en el patio común… pero
en la oscuridad y abandono de los pabellones y celdas,
los que nos sentamos a su lado a leer las
Escrituras y a explicarlas parte por parte, sacando dudas, somos
nosotros.
Los comentarios de la biblia de Mons. Straubinger son
de mucha utilidad, pude hacerles llegar copia del Evangelio a
varios de ellos y quedaron fascinados. Lo que más los
atormenta es el no tener la certeza de haber sido
perdonados por Dios, ahí se ve la importancia de la
confesión y el poder de la gracia de Dios para
enterrar el pasado y recrear el alma, necesitan ser perdonados
para perdonarse a sí mismos.
Nos fue de mucha utilidad el
libro del P. Fuentes “El camino del perdón” de hecho
varios internos lo han hecho con cuaderno en mano, también
el de “Como rezar con las Escrituras”. Más de una
vez llevamos las impresiones fallidas o borradores de imprenta con
mucho fruto.
A lo largo de estos dos años, también nos
han tocado vivir situaciones desagradables, principalmente por comentarios fuera de
lugar o avivadas, cosas de adolescentes pero que viniendo de
un adulto de 40 años, indignan un poco. No hay
una formula o un manual de respuestas rápidas, que aparte,
si existiese, quedaría muy rápidamente desactualizado, tienen mucha inventiva. Reparamos
que lo mejor es tratar de nunca dejarlas pasar, vimos
que siempre fue mejor contestar, por supuesto cuidando las formas,
pero es que no se están burlando de uno, sino
de lo que uno representa, de la Iglesia y del
Sacerdocio, y del Sumo Sacerdote que es Jesucristo. Es muy
llamativo constatar que cuando uno “retruca”, desapasionadamente pero con la
virilidad y claridad necesaria, la relación tiende a cambiar notablemente
y se crea un espacio para el diálogo.
Párrafo aparte
merecen los «ex–comepizzas» o los «ex–avanzada» todos lo que formaron
parte de ellos recuerdan por el nombre a los seminaristas
que estuvieron con ellos y preguntan por sus destinos. El
capellán siempre dice que los identifica con facilidad porque son
los que se saben confesar y reconocen la culpa de
lo que hicieron desde el principio. Ahí se ve uno
de los frutos de ese apostolado, todos los chicos que
fueron alguna vez parte de estos dos grupos, cuando ven
una sotana automáticamente se acercan sabiendo que la persona que
la viste lo único que busca es su bien y
no va a pedirles nada a cambio… el hecho de
que asocien al sacerdote con alguien que busca su bien
es algo valiosísimo, indudablemente un fruto del sacrificio de los
viernes por la noche.
Después de la misa a eso de
las 20:30 comienza el regreso al seminario, a veces también
a pié.
Realmente todos los sábados es distinto entrar al
penal, es un edificio viejo, venido a menos, sin mantenimiento…
no hay una sola vez que no cueste llegar a
las celdas pero también no hay una sola vez que
no de lastima salir con la sensación de que realmente
la mies es enorme.
En Cristo y María.
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