
La violencia y la inseguridad ha comenzado a ser un tema
recurrente en países en los que el problema del narcotráfico empieza a cobrar
víctimas inocentes y ajenas a este negocio; la paz encabeza la lista de muchas
de las peticiones dirigidas a Dios, incluso en algunas personas alejadas antes
de cualquier tipo de religiosidad.
Todos queremos la paz y la pregunta
fundamental es: ¿cuál es la vía para llegar a la paz?
«He venido a traer
fuego sobre la tierra y ¿qué quiero sino que arda?» (Lc 12,49). El entonces
cardenal Ratzinger, comentando esta cita del Evangelio, opinaba que es quizá una
de las sentencias más importantes pronunciadas por Jesucristo sobre la paz; en
ella Jesús nos está enseñando una gran verdad: «que la verdadera paz es
belicosa, que la verdad merece sufrimiento y también lucha. Que no puedo aceptar
la mentira para que haya sosiego» (J. Ratzinger, Dios y el mundo, Círculo de
Lectores, Barcelona 2005, p. 210)
Es común encontrar personas que piensan
que alcanzaremos la paz cuando organizamos una estructura de seguridad confiable
o establecemos un organismo de protección civil infranqueable, pero esto aún es
poco. Podríamos contar con todas estas cosas, pero todavía estaríamos viviendo
una paz de caricatura y postiza, que no ha llegado a la raíz del problema y al
corazón de cada hombre de nuestra sociedad.
Hay que dejar claro que
todos los medios que se pongan a nivel externo son necesarios y que se requiere
una organismo que garantice la seguridad de los ciudadanos. Estas soluciones
traerán seguramente estabilidad y quietud, pero no hay que ser ingenuos para
pensar que con esto se llega a la concordia auténtica entre los
hombres.
La paz verdadera no es fruto de estructuras políticas u
organismos internacionales. Nace en el alma de cada hombre y de allí se expande
hasta permeabilizar toda la sociedad. Es, por lo tanto, consecuencia de una
elección personal.
¿Elección de qué cosa? Elección de la verdad. La paz
genuina se logra con la aceptación de la verdad en la propia vida. Por esto
mismo es belicosa, porque aceptarla y vivir de acuerdo con la ella muchas veces
significa ir contra corriente y quedar mal ante los ojos de muchos.
No
hay que pensar ahora en los delincuentes como la única fuente del problema. Cada
uno debe entrar en sí mismo y preguntarse hasta qué punto ha pactado ya con la
mentira y vive en el engaño. Y este pactar con la mentira puede ir de las cosas
más simples como la famosa “mordida” al oficial de tránsito (que en otros
términos es la acción de dar el dinero de la multa al policía para su uso
personal) hasta una vivencia disfrazada o incluso traicionera de mi vocación
como esposo(a), padre/madre, profesional, religioso(a).
En un futuro
puede que los problemas de violencia y terrorismo desaparezcan, que cesen las
fechorías y más hombres decidan dejar las armas a un lado, pero aún así muchas
personas seguirán viviendo en la inseguridad, en la congoja y zozobra, ya que la
paz efectiva no está fuera, está dentro del corazón. Se la encuentra en la
medida en que se busca, se acepta, se vive y se defiende la verdad en la propia
vida, que no es otra cosa sino coherencia entre lo que se es y lo que se
profesa. Llegar a este nivel de paz requiere lucha, pues se trata de una
conquista personal de quien acepta vivir en la verdad.
El Papa Benedicto
XVI explica cómo aceptar la verdad es abrir la puerta para que entre Dios en
nuestro corazón. De lo contrario, «cuando el hombre pierde de vista a Dios
fracasa la paz y predomina la violencia, con atrocidades antes impensables, como
lo vemos hoy de manera sobradamente clara» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret,
Planeta Colombiana, Bogotá 2007, p.114).
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