Es pan que se ofrece en el altar y se transforma en un verdadero alimento en las manos de cada sacerdote.
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El domingo, día del Señor, pude saborear y hasta tocar la grandeza
de la Eucaristía. Claro, era más que un descubrimiento, era la
presencia de Dios que se revela a pesar de ese estar tan cerca había
estado celebrando sin haber caído en la cuenta. Perdonen, era
automatismo, repetición, simple celebración. Ese valor eucarístico me
cayó con tal fuerza que me hizo despertar y valorar. Era un Jesús, lleno
de la luz de aquella cena con sus discípulos, que me estaba gritando:
“Este es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre”
En ese momento, “Consagración” se abrió el postigo de la verdad en
la presencia real de Cristo que se ofrece por todos, sin excepción. Era
Él mismo y Único Jesús que tomaba el pan en sus manos y al tomarlo, no
solamente se ofrecía, sino que se consagraba al mundo para ser alimento
y sustento. Es una acción por todos donde nadie, sin excepción, queda
fuera. Jesús se da todo porque lo tiene todo. El ama y al amar puede
donarse, regalarse y darse para siempre.
En este momento, tan sublime, cuando las manos sacerdotales trazaban
la cruz y ofrecían al mundo las ofrendas bañadas por las palabras de
consagración, brotaba quizás saltaba la gracia de la presencia amorosa y
silenciosa de Dios para la salvación de la humanidad. Se contempla un
Dios que se ofrece sin tener en cuenta nuestra debilidad y lejanía.
Es la toma de conciencia la que me hace abrir o caer en la cuenta de
la conciencia clara y fervorosa de la presencia augusta de Jesús en la
Hostia Consagrada. Es algo que va creciendo, jamás disminuyendo. Es
como si Dios en medio de la tragedia de la cruz se abraza más a ella
para no soltarla y dejarse vencer por la tentación del abandono. La
respuesta es cada día mayor y más fuerte, aunque esto suponga mucho
sacrificio, incluso la propia muerte.
Se motiva la propia vida a esa pertenencia al Señor que ya no puede
retroceder, sino aceptar, vivirla y darla a conocer. Ya no es simple
pan que se ofrece por la mano del campesino o del vino sacrificio del
mejor viñero, es la Iglesia, que como enviada, ofrece y hace posible
para que se pueda contemplar la presencia de Jesús con toda su
presencia, su amor y el poder de sanar a todo el que lo acepte como el
Salvador y Señor de la historia.
Se nos impone con finura de tallador que a cortes delicados hace
aparecer la verdad y la mejor figura. Es un acontecimiento milagroso que
despierta, golpea y quita el sueño para que no se nos olvide que es
Dios y no otro. Su presencia nos deja sin aliento, pero no mudos porque
en palabras humanas se actualiza la presencia y el amor de los amores.
Es pues el sacerdote quien, debidamente ordenado, pronuncia aquellas
palabras dichas por Jesús en la Cena con sus discípulos y al hacerlo,
como regalo de amor, Jesús se ofrece y se da para bien de todos. Cada
sacerdote se hace instrumento ofrecido por Dios para entregar lo que Él
había prometido. Es hacerse, cada sacerdote, manos, ojos, presencia de
Dios para alimentar y bendecir a la humanidad.
Ese pan que se ofrece en el altar se transforma en un verdadero
alimento que en las manos de cada sacerdote se comparte y se entrega
como sacramento de amor y sustento. Es la fuerza de la vida propia de
Dios que penetra y hace mover la vida del sacerdote para que se
convierta en dador de todo ese bien para la vida de la humanidad.
En cada sacerdote está la presencia de un Dios en la libertad de la
aceptación y el compromiso a la llamada. Ya lo importante no es el
puesto, la bolsa, la comida o la persecución, es y debe ser, la
respuesta en el servicio desinteresado para llegar a todos. Por eso al
vivir este acontecimiento “tan grande” los demás, se inspiran y viven,
en su compañía, con la grandeza del amor que dentro de un altar que
alimenta y da vida.
La experiencia del acontecimiento eucarístico despierta, al estilo
los caminantes de Emaús, para caer en la cuenta que Jesús se revela y
explica su verdadero amor. Caen las escamas de los ojos; los tapones de
los oídos; la parálisis de las extremidades y el silencio del
testimonio para lanzarse a la vivencia del Dios del pan y el sustento.
Es un Dios que en la Sagrada Comunión se da y punto. Es un pan que es
capaz de partirse para que alcance a todos. Todo porque ese compartir
es la señal más hermosa y expresiva de todo cristiano. Ese partirse
define a Dios.
Darse, entonces, es el acto más sublime y real que Jesús realiza
permitiendo la mezcla de la pobreza de quien necesita y de la riqueza
de quien se ofrece sin poder detenerse, pues esa es la esencia
“natural” de Dios para con nosotros. Por eso comulgar es tan necesario y
tanto para nosotros que ninguno puede negarse.
Por eso cuando alguien se da por enterado y lo vive ya no puede
negarse, todo lo contrario, se une más porque lo hace parte de su
camino. Todo caminante necesita de pan y sin ese pan no puede
subsistir.
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