¿ Alguien se ha parado a pensar que para transportar a su lugar de trabajo a una persona que pesa en promedio setenta y cinco kilos hace falta un coche que pesa en promedio mil quinientos kilos ?
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Autor: Eduard Punset
5 Diciembre 2010 - Ayer noche empecé a pensar en aquellas cosas que encajaban en el mundo del siglo pasado, pero que resultan insostenibles hoy día. Quería profundizar en el futuro; en las cosas que vienen o no tendrán más remedio que cambiar. El primer ejemplo que me vino a la cabeza fue el automóvil. ¿Alguien se ha parado a pensar que para transportar a su lugar de trabajo a una persona que pesa en promedio setenta y cinco kilos hace falta un coche que pesa en promedio mil quinientos kilos?
Es totalmente absurdo que para mover a un individuo que pesa setenta kilos se recurra a una maquinaria que pesa más de mil kilos. No hay más que contemplarlos por la mañana sufriendo, uno detrás de otro, pero cada uno en su coche, la congestión del tráfico.
La solución que hemos ideado para no sufrir demasiado el impacto negativo de esta gran contrariedad ha sido transformar el carromato en un segundo hogar, a costa de aumentar todavía más la disparidad de pesos entre la persona y el coche-hogar: le añadimos calefacción y aire acondicionado, aparatos de música y conexiones telefónicas, sistemas híbridos de carburante y energía eléctrica, una pequeña nevera y soporte para los vasos; todo lo que uno tiene y necesita en casa, salvo el gato y los niños.
Es obvio que seguimos con un sistema de transporte individual que era, supuestamente, razonable en plena revolución industrial –había pocas autopistas, pocos coches y ninguna escasez energética–, pero que resulta escandaloso e insoportable en el mundo de hoy –la gente pasa muchas horas encerrada en la prisión del coche, la mitad de ella con elevados índices de ansiedad que aumentan sus posibilidades de estrellarse–.
Pasó algo parecido hace diez mil años con la consolidación de los asentamientos agrícolas y la renuncia por parte de los humanos –descendientes de antecesores comunes con los chimpancés y bonobos– a la propiedad comunal y al sexo compartido.
El cambio en cuestión supuso su imposición mediante enormes dosis de violencia: no entró graciosamente la idea de que el huerto era de alguien y no de todos, la consiguiente jerarquía que entrañaba la administración y el mantenimiento de un simulacro anticipado de Estado; ni fue liviano, por supuesto, aceptar la pérdida total de poder de la mujer a favor del hombre. Ése es el sistema organizativo que ha durado unos diez mil años con el que todos hemos crecido.
La gran pregunta sin contestar –la del millón de dólares– consiste en saber si algunos de los cambios que estamos empezando a vislumbrar son una simple manifestación de que estamos dejando atrás los asentamientos agrarios que dieron lugar a la única civilización que conocimos: “Ese trozo es mío y aquél es tuyo y no se te ocurra infringir los lindes”; el poder lo define la cantidad de recursos de que uno dispone y no su inteligencia o capacidad de innovar; el Estado-Nación vela y sobra para que cada uno siga en su sitio; la institución familiar confiere a los individuos la patria potestad para educar y regir al colectivo, incluidos niños y mujeres; una religión sacrosanta para cada territorio.
¿Sería posible que la irrupción del suicidio como primera causa de muerte violenta denotara que demasiada gente no está feliz con aquel estado de cosas? ¿Será que estamos en una situación en la que se tambalea el Estado-Nación? ¿Será que estamos en plena desestructuración familiar que permite a la mujer campar a su suerte? ¿Será que el adelanto de la pubertad y la prolongación de la juventud permite a los jóvenes agruparse en su propia manada? ¿Será que asistimos a la triplicación de la esperanza de vida sin que sepamos todavía qué hacer con los mayores de 65 años?
Fuente: http://www.eduardpunset.es
Tags: Reflexión