Por monseñor Carlos Osoro

VALENCIA, sábado, 11 diciembre 2010 (ZENIT.org).- Publicamos la carta que ha enviado el arzobispo de Valencia, monseñor Carlos Osoro, con el título "La misión de transfigurar el mundo".
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Cuando
estamos en plena celebración del Adviento, cuando acabamos de escuchar
este domingo pasado cómo Juan Bautista nos decía, "convertíos, porque
está cerca el Reino de Dios", hagamos la misión de transfigurar el
mundo. Cuando la Palabra del Señor nos invitaba a una "metanoia", a un
cambio de mentalidad, de orientación, a una transfiguración de nuestra
vida, descubrimos que la invitación era a cambiar nuestra manera de
pensar, a abrirnos a la posibilidad de que nuestras ideas, convicciones y
seguridades, que a veces no coinciden con las de Dios, se vayan
transfigurando. ¡Qué fondo de belleza aparece en el horizonte de nuestra
existencia, al ver con suma claridad que nuestra misión de cristianos
es la de transfigurar el mundo! Y el fondo es de tal belleza porque
descubrimos que la tarea del cristiano no es revolucionar el mundo, sino
transfigurarlo tomando la fuerza de Jesucristo que nos convoca a la
mesa de su Palabra y de la Eucaristía, para gustar el don de su
presencia, formarnos en su escucha y vivir cada vez más conscientemente
unidos a Él, Maestro y Señor.
Si cuando nos referimos a la
Transfiguración del Señor, hablamos del cambio de aspecto de Jesús en
presencia de sus tres discípulos predilectos, cuando nos referimos a la
transfiguración del mundo, tendremos que tener presente el cambio que
este mundo experimenta con la presencia en él de los cristianos, con la
"metanaoia" producida en sus vidas fruto del encuentro con Jesucristo.
¡Qué belleza tiene un texto de la Carta a Diogneto para explicar esta
misión de transfigurar el mundo! Describe a los cristianos así: "lo que
el alma es en el cuerpo, los cristianos son al mundo" (Carta a Diogneto,
6). ¡Qué fuerza y qué belleza tiene la descripción que hace de los
cristianos en el mundo!: "los cristianos no se distinguen del resto de
la humanidad por su país, su lenguaje o sus costumbres. Tampoco porque
vivan en ciudades exclusivas, hablen un dialecto peculiar o practiquen
un excéntrico estilo de vida... Antes bien, viven en Grecia o en
ciudades bárbaras, cada uno en el lugar que decide o le corresponde, y
siguen las costumbres locales en el vestir y el comer y en cualquier
otro aspecto de vida, demostrando al tiempo un inusual carácter de su
propia ciudadanía. Viven en las mismas tierras pero siempre como
extraños; participan en todo como ciudadanos, permaneciendo en todo como
extranjeros. Todo país extranjero es su patria, y su descendencia, pero
no exponen a sus vástagos. Comparten sus comidas pero no sus esposas.
Ellos están en la carne pero no viven de acuerdo a la carne. Viven en la
tierra pero son ciudadanos del cielo. Obedecen las leyes establecidas,
pero en su vida privada transcienden las leyes" (Carta a Diogneto, 5,
1-10).
Asumamos la misión de transfigurar este mundo que, desde
la óptica cristiana, es tanto lugar de acción de Dios en la historia,
como antesala de nuestro verdadero hogar que es la ciudad del Dios vivo,
como nos dice la carta a los Hebreos (cf. Heb 12, 22). Transfigura el
mundo quien sabe hacer con todas las consecuencias la confesión
cristológica básica de la Iglesia, "Jesucristo es el Señor" (Flp 2, 11),
que es quien le da el único fundamento para la esperanza cristiana.
Porque una cosa es el optimismo y otra la esperanza cristiana, dado que
ésta está construida sobre la transformadora convicción de que Jesús es
Señor. ¿Dónde los cristianos obtienen el valor para comprometerse con el
mundo hasta llegar a su transfiguración? Nos lo ha dicho Hans Urs von
Baltasar cuando encuentra el origen de lo que llama "la valentía para
proseguir por el sendero de la historia" en la convicción de que el
Verbo se hará carne y habitará entre nosotros, lleno de gracia y de
verdad. Solamente el cristiano tiene la valentía de afirmar el presente
porque Dios lo ha afirmado. Él se hizo hombre como nosotros. Él vivió
nuestra alienación y murió en nuestro valle de lágrimas. Él nos enseñó
la plenitud de la gracia y la verdad aquí y ahora.
Hay que
transfigurar este mundo y para ello la Iglesia no tiene una agenda, pero
esto no quiere decir que no tenga nada que decir al mundo. Entre otras
cosas, le quiere decir que le dé espacio legal, social y psicológico
para su ministerio de la palabra, del sacramento y de la caridad. El
mundo debe de dejar a la Iglesia ser la Iglesia, es decir, una realidad
en la naturaleza de un sacramento, un signo e instrumento de la comunión
con Dios en la unidad de todos los hombres. En el fondo y en la forma,
la Iglesia requiere del mundo que le permita ser ella misma. Por otra
parte, también el mundo debe de considerar la posibilidad de su
redención. Sabemos que el mundo no siempre acepta agradecidamente el
mensaje de la Iglesia, que le está recordando que podría necesitar
redención y que esa redención que necesita ha sido realizada por Cristo y
en Cristo. La proclamación de esta verdad y la invitación a considerar
esta posibilidad en nuestro mundo occidental encuentra, no tanto un
rechazo directo, sino una especie de indiferencia social. Pero esto
mismo es un riesgo tremendo, pues un mundo que renuncia a su posibilidad
de redención se abandona a un vacío tal que ni siquiera puede asegurar
el fundamento cultural en el que construir y mantener la sociedad civil y
democrática.
Tenemos la misión de transfigurar el mundo.
Aprovechemos un signo de nuestro tiempo: el anhelo de vida eterna, de
permanencia, de infinitud que el ser humano necesita, sólo puede
provenir de Dios. Por tanto, Dios es de primera necesidad para resistir
las tribulaciones de este tiempo. Fijemos nuestra atención en algo muy
importante que se da en nuestro mundo y entre todos los hombres: una
necesidad de sanación que nos da la posibilidad de explicar de nuevo lo
que significa salvación. Si Dios está ausente, la existencia humana
enferma y no puede subsistir. El ser humano necesita hoy, más que nunca,
respuestas que él mismo no puede darse. Por eso, nuestro tiempo lo es
de Adviento. Sigue siendo necesario decir con Juan Bautista,
"convertíos", pues hay necesidad de un cambio que nunca se producirá sin
un cambio interior, sin una conversión interior. Este cambio supone que
coloquemos a Dios nuevamente en primer término. Y esto no se consigue
con palabras, se logra "haciendo ver" con nuestras propias vidas.
Hagamos esta propuesta a todos los hombres de nuestro tiempo sin
complejos: arriesguemos nuestras vidas a presentar, a través de ellas,
el rostro bello del Dios que se nos ha revelado en Jesucristo Nuestro
Señor.
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