Adviento. María, nos invita a imitarla en un complaciente abandono a la palabra de Dios, que puede decirnos desde su obediencia, “Hagan lo que Él les diga"
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Domingo cuarto de Adviento
Virgilio, el gran poeta latino, pagano, que ha tenido una gran influencia en la literatura universal, dice que el “niño comienza a conocer a su madre por la sonrisa”,
anunciado proféticamente que la sonrisa de Dios es la sonrisa de María
después del pecado, una vez que ella aceptó convertirse en la Madre de
su Hijo Jesucristo, proporcionándole su Cuerpo precioso, un cuerpo
necesario para realizar en los hombres y para los hombres la redención y
la salvación de todo el genero humano.
Y hoy nos encontramos, ya en las inmediaciones de la Navidad,
dejando atrás a Isaías y a San Juan Bautista, con el personaje central
del Adviento, a María la Madre de Jesús, que nos dejará a las plantas
del mismísimo Hijo de Dios encarnado.
Por eso, hoy queremos asistir embelezados al encuentro de dos
mujeres pobres, gente del pueblo, las dos embarazadas, una de edad
avanzada y la otra apenas una jovencita que tuvieron un papel destacado
en la historia de la Salvación de nuestros pueblos.
Se trata de Isabel, la anciana, la que concibió en su seno
prodigiosamente, ya en su ancianidad y María, que apenas en su
adolescencia ofreció su cuerpo para que Dios realizara entre los hombres
el prodigio inaudito de enviar para estar entre los hombres y para
siempre a su mismísimo Hijo.
El encuentro no podía ser más agradable y simpático: “En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo en las montañas de Judea, y entrando, saludó a Isabel”.
Fue ese viaje, el primer recorrido eucarístico, la primera vez que
Cristo aún en el seno de su Madre, como el mejor tabernáculo, sagrario o
manifestador pudo acercarse a los hombres y llevarles la presencia, la
fuerza y la alegría del Espíritu Santo que lo había encarnado
precisamente en el seno de aquella mujer singular.
Esa presencia y ese abrazo, hicieron que Juan Bautista, santificado
en ese momento con la presencia del Espíritu Santo, saltara de gozo en
el seno de su propia madre, que no escatimó la alabanza y la ternura a
la mujercita que venía a atenderla en su propio parto:
“¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu
vientre... Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue
anunciado de parte del Señor!”.
Esas solas palabras, en las inmediaciones de la Navidad, nos
sugieren muchas preguntas que no podemos dejar de contestar, porque ahí
va implicada nuestra propia alegría, nuestra felicidad y en última
instancia, nuestra propia salvación: ¿En qué creyó María, y qué le fue
anunciado de parte del Señor?.
Podemos aventurar las respuestas diciendo que María le creyó al
Padre que con un profundo respeto, una entrañable ternura, se acerca a
la criatura, se abaja casi, para “pedirle”, hay que subrayarlo, para
pedirle que se dignara ser la madre del Salvador. No se le impone la
maternidad, no se la violenta, aunque se trate del Señor de Cielos y
Tierra, dueño de todo.
Eso es ya una primera lección para los machistas, para los hombres
que se creen superiores y con derecho a tratar a la mujer como su
esclava, como simple objeto de placer y como una máquina de hacer hijos y
criaturas muchas veces infelices.
María le creyó al Padre, y desde entonces se convierte en mujer
“eucarística” toda la vida, dedicada en cuerpo y alma a su Hijo que con
su Cuerpo logrará la santificación para todos los hombres.
La actitud de María, nos obliga entonces a imitarla en un
complaciente abandono a la palabra de Dios, que puede decirnos desde su
obediencia, “Hagan lo que él les diga”, no duden, pueden fiarse
de la palabra de mi Hijo que pudo cambiar el agua en vino y que puede
hacer del pan sencillo de los hombres nada menos que su propio Cuerpo y
su propia Sangre, haciéndose para todos los hombres “pan de vida”.
A María le fue anunciada la presencia del Hijo de Dios que sería
también hijo de María, a quien recibe amorosamente, anunciando a todos
los bautizados la necesidad de recibir así como ella recibió la carne
mortal, de Cristo, recibamos nosotros las especies sacramentales, las
especies de pan y de vino, el Cuerpo y la Sangre del Señor.
María acertó a decir a Dios que aceptaba el compromiso de dedicarse
totalmente a su Hijo con un famosísimo “Fíat”, hágase, realícese,
consúmese en mí todo lo que tu palabra quiera, para enseñarnos a decir
reverente y alegremente el “Amén” cada que recibimos presente con todo
su ser humano-divino a Cristo en las especies de pan y de vino.
Ese fíat de María hizo que pronto pudiera recibir en sus brazos y arropar con todo cariño a Jesús, el Salvador de los hombres:
"Y la mirada embelezada de María al contemplar el rostro de
Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el
inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión
eucarística?” (Juan Pablo II).
Ese fíat de María le bastó y la fortaleció internamente, para
prepararse a acompañar a su Hijo en todo momento, sin reparar en subir
hasta cerca de él en alto de la cruz, correspondiendo a lo que el
profeta le había anunciado:
“Y a ti una espada traspasará tu propia alma."
Pero si María tuvo que pasar por el Calvario y la cruz para
acompañar a su Hijo, tuvo también la dicha de estar entre los apóstoles
de su Hijo, acompañándoles en la oración y sosteniendo su esperanza en
la resurrección de su hijo.
El Papa Juan Pablo II, de quien estoy tomando todas estas ideas, de
su encíclica sobre la Eucaristía, la cual recomiendo encarecidamente que
lean todos mis cristianos catoliquísimos, nos hace asistir al momento
sublime cuando María pudo escuchar en labios de los apóstoles “éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros.
Aquel Cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos
sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la
Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su
seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que
había experimentado en primera persona al pie de la cruz”.
Todo esto ha sido necesario para que nosotros podamos pasar una
Navidad muy especial, acompañados de María, preparando no una cena ni
unos vinos ni unos regalos, ni siquiera unos abrazos, a menos que se
parezcan al abrazo de María a su prima Isabel, sino a preparar nuestros
corazones para abrazarnos a Cristo hecho Carne y Sangre en el Sacramento
Eucarístico, y recibirlo reverentemente como lo hizo María en la cuna
de Belén. Será así la mejor de las Navidades.
Sonriendo con María, recibamos al Hijo de Dios hecho carne.
A
Ti
Que
Eres
El Amo
Y Señor
De todos
Los hombres
Gracias por el
Don inapreciable
De tu Hijo amado
Hijo del Altísimo y
También el hijo de la
Siempre Virgen María
Te alabamos por tu amor
Y tu bondad por haber mandado
Al Hijo nacido para salvar al esclavo
Gracias porque nos has hecho vivir en
Parroquia, el nuevo Belén de Guanajuato
Gracias porque cada día nos lo das en
El Sacramento Eucarístico, fruto de tu
Amor y de la entrega hasta el sacrificio de
Tu Hijo Jesucristo. Gracias por mandarlo tan
Parecido a nosotros que siendo hermano puede
Salvarnos a todos y hacernos pasar por el camino
De la cruz y la pasión para llegar también nosotros
Al momento glorioso de la resurrección. Gracias por
Tu Hijo Nacido entre pajas y espinos, entre pañales y
Lágrimas, entre sollozos y sonrisas amorosas de la Madre
Y Maestra de todos los hombres. Recibe nuestra gratitud y
Nuestra alabanza. Permite que nos amemos de tal manera que
Podamos ser una sola familia en camino hacia ti, nuestro Dios y
nuestro Padre.
¡Felicitémonos¡
Y cantemos
Agradecidos al
Recién nacido
Rey inmortal de todos los siglos de los siglos. Amén.
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