I. Narra
San Mateo en el Evangelio de la Misa (1) que Jesús se retiró con sus
discípulos a tierras de gentiles, en la región de Tiro y de Sidón. Allí
se le acercó una mujer que, a grandes gritos, imploraba: “¡Señor, Hijo
de David, apiádate de mí! Mi hija es cruelmente atormentada por el
demonio.” Jesús la oyó y no contestó nada. Comenta San Agustín que no le
hacía caso precisamente porque sabía lo que ele tenía reservado: no
callaba para negarle el beneficio, sino para que lo mereciera ella con
su perseverancia humilde (2).
La mujer debió de insistir largo rato, de tal manera que los
discípulos, cansados de tanto empeño, dijeron al Maestro: Atiéndela y
que se vaya, pues viene gritando detrás de nosotros. El Señor le explicó
entonces que Él había venido a predicar en primer lugar a los judíos.
Pero la mujer, a pesar de esta negativa, se acercó y se postró ante
Jesús, diciendo: “¡Señor, ayúdame!”
Ante la perseverante insistencia de la mujer cananea, el Señor le
repitió las mismas razones con una imagen que ella comprendió enseguida:
“No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.”
Le dice de nuevo que ha sido enviado primero a los hijos de Israel y que
no debe preferir a los paganos. El gesto amable y acogedor de Jesús, el
tono de sus palabras, quitarían completamente cualquier tono hiriente a
la expresión. Las palabras de Jesús llenaron aún más de confianza a la
mujer, quien, con gran humildad, dijo “Es verdad, Señor, pero también
los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus amos.”
Reconoció la verdad de su situación, “Confesó que eran señores suyos
aquellos a quienes Él había llamado hijos.”(3) El mismo San Agustín
señala que aquella mujer “fue transformada por la humildad y mereció
sentarse a la mesa con los hijos (4). Conquistó el corazón de Dios,
recibió el don que pretendía y una gran alabanza de del Maestro: “¡Oh
mujer, grande es tu fe! Hágase como tú quieres. Y quedó sanada su hija
en aquel instante.” Seria seguramente más tarde una de las primeras
mujeres gentiles que abrazaron la fe, y siempre conservaría en su
corazón el agradecimiento y el amor al Señor.
Nosotros, que nos encontramos lejos de la fe y de la humildad de esta
mujer, le pedimos con fervor al maestro: ”Buen Jesús: si he de ser
apóstol, es preciso que me hagas muy humilde.
El sol envuelve de luz cuanto toca: Señor, lléname de tu caridad,
endiósame: que yo me identifique con tu Voluntad adorable, para
convertirme en el instrumento que deseas... Dame tu locura de
humillación: la que te llevó a nacer pobre, al trabajo sin brillo, a la
infamia de morir cosido con hierros a un leño, al anonadamiento del
Sagrario.
-Que me conozca: que me conozca que te conozca. Así jamás perderé de
vista mi nada”(5). Solo así podré seguirte como Tú quieres y como yo
quiero: con una fe grande, con un amor hondo, sin condición alguna.
II. Se cuenta en la vida de San Antonio Abad que Dios
le hizo ver el mundo sembrado de los lazos que el demonio tenía
preparados para hacer caer a los hombres. El santo, después de esta
visión, quedó lleno de espanto, y preguntó: “Señor, ¿Quién podrá escapar
de tantos lazos?”. Y oyó una voz que le contestaba: “antonio, el que
sea humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria, mientras
los soberbios van cayendo en todas las trampas que el demonio les
tiende; mas a las personas humildes el demonio no se atreve a
atacarlas.”
Nosotros, sí queremos servir al Señor, hemos de desear y pedirle con
insistencia la virtud de la humildad. Nos ayudará a desearla de verdad
el tener siempre presente que el pecado capital opuesto, la soberbia, es
lo más contrario a la vocación que hemos recibido del Señor, lo que más
daño hace a la vida familiar, a la amistad, lo que más se opone a la
verdadera felicidad... Es el principal apoyo con que cuenta el demonio
en nuestra alma para intentar destruir la obra que el Espíritu Santo
trata incesantemente de edificar.
Con todo, la virtud de la humildad no consiste sólo en rechazar los
movimientos de la soberbia, del egoísmo y del orgullo. De hecho, ni
Jesús ni su Santísima Madre experimentaron movimiento alguno de soberbia
y, sin embargo, tuvieron la virtud de la humildad en grado sumo. La
palabra humildad tiene su origen en la latina humus, tierra; humilde, en
su etimología, significa inclinado hacia la tierra; la virtud de la
humildad consiste en inclinarse delante de Dios y de todo lo que hay de
Dios en las criaturas (6). En la práctica, nos lleva a reconocer nuestra
inferioridad, nuestra pequeñez e indigencia ante Dios. Los santos
sienten una alegría muy grande en anonadarse delante de Dios y en
reconocer que sólo Él es grande, y que en comparación con la suya, todas
las grandezas humanas están vacías y no son sino mentira.
La humildad se fundamenta en la verdad (7), sobre todo en esta gran
verdad: es infinita la distancia entre la criatura y el Creador. Por
eso, frecuentemente hemos de detenernos para tratar de persuadirnos de
que todo lo bueno que hay en nosotros es de Dios, todo el bien que
hacemos ha sido sugerido e impulsado por Él, y nos ha dado la gracia
para llevarlo a cabo. No decimos ni una sola jaculatoria si no es por el
impulso y la gracia del Espíritu Santo(8); lo nuestro es la
deficiencia, el pecado, los egoísmos. “Estas miserias son inferiores a
la misma nada, porque son un desorden y reducen a nuestra alma a un
estado de abyección verdaderamente deplorable” (9). L gracia, por el
contrario, hace que los mismos ángeles se asombren al contemplar un alma
resplandeciente por este don divino.
La mujer cananea no se sintió humillada ante la comparación de Jesús,
señalándole la diferencia entre los judíos y los paganos; era humilde y
sabía su lugar frene al pueblo elegido; porque fue humilde, no tuvo
inconveniente en perseverar a pesar de haber sido aparentemente
rechazada, en postrarse ante Jesús... Por su humildad, su audacia y su
perseverancia tuvo una gracia tan grande. Nada tiene que ver la humildad
con la timidez, la pusilanimidad o con una vida mediocre y sin
aspiraciones. La humildad descubre que todo lo bueno que existe en
nosotros, tanto en el orden de la naturaleza como en el orden de la
gracia, pertenece a dios, porque de su plenitud hemos recibido todos
(10); y tanto don nos mueve al agradecimiento.
III. “A la pregunta ‘¿cómo he de llegar a la humildad?’
corresponde la contestación inmediata: “Por la gracia de Dios” (...).
Solamente la gracia de dios puede darnos la visión clara de nuestra
propia condición y la conciencia de su grandeza que origina la humildad”
(11). Por eso hemos de desearla y pedirla incesantemente, convencidos
de que con esta virtud amaremos a dios y seremos capaces de grandes
empresas a pesar de nuestras flaquezas...
Junto a la petición, hemos de aceptar las humillaciones, normalmente
pequeñas, que surgen cada día por motivos tan diversos: en la
realización del propio trabajo, en la convivencia con los demás, al
notar las flaquezas, al ver las equivocaciones que cometemos, grandes y
pequeñas. De Santo Tomás de Aquino se cuenta que un día fue corregido
por una supuesta falta de gramática mientras leía; la corrigió según lo
indicaban. Luego, sus compañeros le preguntaron por qué la había
corregido si él mismo sabía que era correcto el texto tal como lo había
leído. Y el Santo contestó: “Vale más delante de Dios una falta de
gramática, que otra de obediencia y de humildad”. Andamos el camino de
la humildad cuando aceptamos las humillaciones, pequeñas y grandes, y
cuando aceptamos los propios defectos procurando luchar con ellos.
Quien es humilde no necesita demasiadas alabanzas y elogios en su tarea,
porque su esperanza está puesta en el Señor; y Él es, de modo real y
verdadero, la fuente d e todos sus bienes y su felicidad: es Él quien da
sentido a todo lo que hace. “Una de las razones por las que los hombres
son tan propensos a alabarse, a sobreestimar su propio valor y sus
propios poderes, a resentirse de cualquier cosa que tienda a rebajarlos
en su propia estima o en la de otros, es porque no ven más esperanza
para su felicidad que ellos mismo. Por esto son a menudo tan
susceptibles, tan resentidos cuando son criticados, tan molestos para
quien les contradice, tan insistentes en salirse con la suya, tan ávidos
de ser conocidos, tan ansiosos de alabanza, tan determinados a gobernar
su medio ambiente. Se afianzan en sí mismos como el náufrago e sujeta a
una paja. Y la vida prosigue, y cada vez están más lejos de la
felicidad...” (12).
Quien lucha por ser humilde no busca ni elogios ni alabanzas; y si
llegan procura enderezarlos a la gloria de Dios, Autor de todo bien. La
humildad se manifiesta no tanto en el desprecio como en el olvido de sí
mismo, reconociendo con alegría que no tenemos nada que no hayamos
recibido, y nos lleva a sentiremos hijos pequeños de Dios que encuentran
toda la firmeza en la mano fuerte de su Padre.
Aprendemos a ser humildes meditando la Pasión de Nuestro Señor,
considerando su grandeza ante tanta humillación, el dejarse hacer “como
cordero llevado al matadero”, según había sido profetizado (13), su
humildad en la Sagrada Eucaristía, donde espera que vayamos a verle y
hablarle, dispuesto a ser recibido por quien se acerque al Banquete que
cada día preparar para nosotros, su paciencia ante tantas ofensas...
Aprenderemos a caminar por este sendero si nos fijamos en María, la
Esclava del Señor, la que no tuvo otro deseo que el de hacer la voluntad
de dios. también acudimos a San José, que empleó su vida en servir a
Jesús y a María, llevando a cabo la tarea que Dios le había encomendado.
1. Mt 15, 21-28
2. Cfr. San Agustín, Sermón 154 A,4
3. Idem. Sermòn 50 A, 2-4
4 Ibídem
5 J. Escrivá de Balaguer, Surco n. 273
6 Cfr. R Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, vol. II, p. 670
7 Santa Teresa, Las Moradas, VI, 10
8 cfr. I Cor 12,3
9 R. Garrigou Lagrange, o. c., vol. II p. 674
10 Cfr 1 Cor 1,4
11. E. Boylan, El amor supremo, Vol. II p. 81
12. Ibìdem, p. 82
13 Is 53, 7
Esta meditación pertenece a la colección "Hablar con Dios" de
Francisco Fernández-Carvajal, tomo IV, Miércoles de la 18ª Semana del
Tiempo Ordinario, Ediciones Palabra
La colección puede adquirirse en
www.edicionespalabra.es o en www.beityala.com
Tags: El valor de la humildad