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UN UNIVERSO PARA LA NAVIDAD Acción del Espíritu Santo
En Navidad nos deseamos de corazón que este tiempo festivo, en medio de
todo el ajetreo actual, nos otorgue un poco de reflexión y alegría. Que
este tiempo nos de la posibilidad de entrar en contacto más vivo y
personal con la bondad de nuestro Dios. Que estos días, con ánimos
renovados, nos decidamos seriamente a seguir adelante en este camino
maravilloso por el que Dios quiere que alcancemos la auténtica santidad.
Al iniciar este triduo de meditaciones en preparación a una Navidad,
pedimos a Dios que nos permita esta noche hacer un rato de oración, con
un dialogo franco y pausado ante Él, que está aquí presente en el
Sagrario.
A lo largo de estos días en los diversos medios de comunicación, t.v.,
radio, prensa así como revistas de todo género, aparecen reportajes que
pretenden hacer el recuento del año.
Hoy, hacemos un recuento total del Nacimiento del Hijo de Dios. No desde
la perspectiva que da un año o una centuria, ni el lapso de mil años.
Nos vamos mucho más allá. Al Principio de todos los principios.
Todos hemos observado en la quietud de una noche clara y oscura el
palpitar de millones de estrellas en el firmamento. Algunos, que se
consideran sesudos aventuran vida extraterrestre en los 10 mil millones
de estrellas de nuestra galaxia o en las otras 10 mil millones de
galaxias que dicen que existen. Y más de alguno asegura que vio a seres
extraños que quizá son marcianos. ¿Qué habrá querido hacer el Creador
con ese Universo plagado de luminarias fantásticas?
Al principio Dios quiso poner un Nacimiento y creó el universo para adornar la cuna.
Solo había nada. Creó de la nada una mota de polvo con enorme densidad
de materia y de energía. La levantó en la palma de su mano y la colocó
en el centro de un espacio vacío y oscuro. Después la miró, y toda la
luz creada se concentró en aquel puntito. Y dio la orden de su Ley
eterna: te dilatarás... y formarás galaxias, y estrellas, y planetas con
lunas y millones de luces que alumbrarán mi Nacimiento. Y producirás
agujeros negros, para desconcierto de astrónomos y matemáticos. Todo un
universo de materia brotará de tus entrañas para preparar la cuna de mi
Hijo.
Dios sabía que aquél instante, tan simple, lo llamarían los científicos big-bang con el paso de los siglos.
- Hizo el firmamento y lo llenó de estrellas. Hizo la luz, y luego el
sol, y encendió una lámpara blanca en la noche para que se viera bien la
cara de Jesús; no fuesen a equivocarse los ángeles y los pastores en la
Nochebuena.
- Hizo las montañas, tan auténticas que parecían de corcho, y las coronó de águilas y de nieve.
- Hizo mares y océanos como los de papel de plata, y grandes desiertos de arena dorada para los camellos de los Reyes Magos.
- Después llamó a una pequeña estrella (apenas con 6 millones de
hipermegavatios) y la llevó hasta la otra punta del universo. Allí, con
mucho cuidado, le dio un empujoncito con el dedo, con la fuerza justa
para que, miles de siglos más tarde, parpadeara para servir de guía a
unos aventureros y valientes Magos de Oriente.
Todo esto no fue muy difícil para el Creador.
- Con solo su mirada coloreó todas las especies de flores que había creado.
- Hizo crecer los árboles que al desperezarse, agitaron el aire y
formaron la brisa y los vendavales. (Aunque dicen que es el viento el
que mueve a los árboles, pero... esa es otra historia).
- Del viento nacieron las dunas y la música primera del campo.
Luego Dios hizo una pausa y pensó dónde poner su Nacimiento. Y decidió que en Belén de Judá.
- Imaginó las figuras: el buey, la mula, la lavandera, los pastores.
- Y, como no tenía prisa, les dio una estirpe: padres, abuelos, bisabuelos...
- Cientos de vidas para crear una vida; centenares de amores para
conseguir el gesto, el tono de voz, la mano extendida en la postura
exacta para el Nacimiento de Dios.
Pensó en su MADRE: toda la eternidad soñó con Ella.
- Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados de María como esbozos de esa flor que habría de brotar a su tiempo.
- Igual que un artista que persigue tenazmente la pincelada perfecta, Dios pintó miles de sonrisas en otros tantos labios.
- Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima que tendría su Madre.
- Hasta que una día, exactamente el planeado, nació la Virgen, su Hija
predilecta, su Esposa Inmaculada, la Obra de Dios, su Obra Maestra.
- Y la colocó en el Nacimiento, junto a la cuna, con Jesús, vivo retrato de Dios y de María.
Y vio Dios todo lo que había hecho. Y era muy bueno.
Y tanto le gustó, que decidió trasmitir en directo el nacimiento de su
Hijo a todos los diciembres de la historia, y a todos los hombres de
buena voluntad, y a todos los corazones que, por sus buenas
disposiciones, hacen un agradable sitio para el Nacimiento.
Y así inventó la Navidad. La veremos a todo color, si nos disponemos a preparamos para ello en las próximas horas.
La Navidad no es un simple aniversario, ni un recuerdo. Tampoco es un
sentimiento. Es el día en que Dios pone un Nacimiento en cada alma.
A nosotros sólo nos pide que le reservemos un rincón limpio; que nos
lavemos las orejas para oír el villancico de los ángeles en la
Nochebuena; que nos quitemos la roña acumulada.
Dios creó todo el Universo para engalanar el Nacimiento. La Sabiduría de
Dios, el Espíritu Santo instrumentó todo. Todo un universo para
preparar la cuna de su Hijo. Luz, lluvia, granizo, relámpago y trueno.
Música y silencio. Las selvas y los desiertos; los océanos y las
lagunas. Y en la plenitud de los tiempos nació el Unigénito.
Ahora, como cada diciembre, quiere nacer en tu corazón. Eso es la
Navidad. Lo demás es adorno. ¿Qué querrá hacer Dios en tu corazón? De
igual manera el Espíritu Santo quiere actuar en tu alma.
Si creó TODO el universo material para preparar su Nacimiento. Si el
bien espiritual es superior a todos los bienes materiales... pensemos el
universo que querrá poner en nuestra alma: luces, cantos, alegrías,
paz...
"Cada creyente ha de acoger la invitación de los ángeles que anuncian
incesantemente: « Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los
hombres que ama el Señor» (Lc 2, 14).” (Tertio Milenio).
“Cada navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con
Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra
alma.” (Es Cristo que pasa, n. 12).
He aquí que estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre
la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo. (Ap. III,
20)
La Iglesia quiere que tomemos conciencia de que el Señor está al llegar y
que nosotros debemos salir a recibirle. La iniciativa, una vez más, ha
partido de Dios: es Él el que se acerca a nosotros, no obstante la
infinita distancia que media entre Él y las criaturas, y no obstante
nuestras ofensas, olvidos, negativas, que durante nuestra vida nos ha
alejado Él. No quiere perdernos: por el contrario, insiste en estar con
nosotros.
No sólo está cerca, sino que llama y quiere que le abramos porque quiere
cenar con nosotros, quiere compartir con cada uno de sus hijos lo más
íntimo de nuestra vida; quiere estar en nuestra casa y ser nuestro
invitado.
Pero para llegar a esa intimidad con Cristo, debemos abrir la puerta y
dejarle entrar. ¿Qué significa esto? Que Él no se va a imponer, ni va a
violentar nuestra libertad, porque quiere servidores libres, que le
acepten voluntariamente. Quiere que nos demos cuenta de que Él es
nuestra felicidad y debe ser el amor de nuestros amores, y no puede
haber amores impuestos.
Responder a la llamada que Cristo nos hace nuevamente en esta Navidad,
abrir la puerta para que pase a nuestra casa, implica el que nosotros la
tengamos arreglada para poder recibirle: no vendrá si no somos sus
amigos, o sea, no vendrá si no nos arrepentimos de las ofensas que le
hayamos hecho y le pedimos perdón en la forma en que Él lo ha
establecido.
La manera eficaz de abrirle nuestra puerta es una buena confesión en la
que le demostremos que nos duelen las faltas que hemos cometido y le
digamos con corazón contrito que no queremos volver a ofenderle, ni en
mucho ni en poco.
Arreglar nuestra casa, es limpiarla de egoísmos y sensualidades, de
soberbia y de vanidades y de todo aquello que no va con el huésped que
pretendemos recibir. No podemos tratar a Cristo en una forma menos
delicada de como tratamos a otros huéspedes: a estos, cuando les
recibimos en nuestra casa, les evitamos todo lo que pueda molestarles.