¿Por qué no nos empeñamos en descubrir a Dios en todo, si en todo lo vamos a encontrar?
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Una
de las cosas que más nos deben importar en nuestra vida es que Dios sea
siempre en nosotros Alguien y actual, vamos a hablar así. Que siempre
sea de interés. Que nos preocupe siempre. Que nunca lo releguemos al
olvido. Que Dios lo llene todo: nuestra oración, nuestro trabajo,
nuestro amor, nuestro gozar, nuestras penas y nuestras preocupaciones.
Que en todo, absolutamente en todo, esté presente Dios, porque Dios es
para nosotros es interés sumo.
Se cuenta de un gran escritor católico que presentó un artículo
sobre Dios a una revista francesa para su publicación. Lo lee el
director, y dice visiblemente contrariado:
Hubiéramos preferido un artículo de actualidad.
O sea, que Dios era un ser algo pasado de moda, algo que había que
arrinconar, algo que ya no interesaba. Afortunadamente, nosotros somos
unas personas que decimos todo lo contrario:
¿Dios?... ¡Bienvenido sea su recuerdo! Que no se oscurezca nunca de la mente, ni se escape del corazón...
Esos que así se desinteresan de Dios no reflexionan sobre el mal que
se echan encima. Nada más abrir la magna carta de San Pablo a los
fieles de Roma, se encuentran con unas palabras que podrían hacerles
temblar, y que podemos expresar de este modo:
¿No se dan cuenta de que ni los mismos paganos van a tener excusa
en el tribunal de Dios? ¿Es que no ven a Dios en todas sus obras? ¿Tan
ciegos están? ¿No saben leer el nombre de Dios en las estrellas, ni
adivinarlo en una flor, ni encontrarlo en la sonrisa de una madre feliz,
ni descubrirlo en el propio corazón, ni percibirlo en el grito de la
conciencia?...
Al revés de esos que se cierran para no descubrir a Dios, vemos cómo
los pensadores más grandes han sido creyentes. Los sabios,
ordinariamente, son los primeros convencidos de que hay un Dios, y lo
respetan, lo veneran, y esperan en Él.
Y nosotros, con muchas o pocas luces en nuestra inteligencia, pero
con una fe inmensa recibida de Dios, cultivada por nosotros con esmero,
gozamos cuando oímos y leemos algo de Dios, porque así avanzamos en el
conocimiento de un Dios inmenso, incomprensible, pero que se esconde
entero en nuestro corazón.
A los niños de la catequesis les enseñábamos un canto muy de niños:
No hay reloj sin relojero, ni mundo sin Creador. Era un canto para
niños, pero lo interesante es que un gran filósofo tenía bastante con
este pensar de los niños, y se extasiaba ante un reloj precisamente,
mientras se iba diciendo durante mucho rato:
El relojero es anterior al reloj, esto es evidente. Sin un
relojero, no existiría el reloj. Y se decía a sí mismo entonces: Por lo
mismo, el que ha hecho el mundo es anterior al mundo. Entonces, Dios es
eterno.
Este sabio, de la obra del hombre, como es un reloj, ascendía con gran naturalidad a la obra de Dios y a Dios mismo.
Otro de los sabios más grandes, observador del firmamento, y el que
determinó la ley de la gravitación universal, se descubría reverente la
cabeza cuando oía el nombre de Dios.
La obra de Dios le hacía llegar al mismo Autor del Universo.
Un investigador moderno de la vida de los animales, y cuyos libros son una delicia, decía después de tanto estudio:
Yo no puedo decir que creo en Dios. Yo no puedo creer, porque yo veo a Dios.
Este observador de la Naturaleza, en los animalitos más pequeños
encontraba la existencia de Dios de tal modo que casi se le hacía
evidente.
Y es que toda la creación no es más que una moneda de oro en la que
Dios el Creador acuñó su imagen, para que lo reconozca cualquiera que
sepa leer y tenga ganas de interpretarla.
¿Ha pasado de moda esta manera de presentar la prueba de la fe? No;
ni mucho menos. Por desgracia, hay todavía ateos en el mundo, y conviene
ayudarles a abrir los ojos.
Pero no es esto precisamente lo que ahora nos interesa a nosotros.
Nosotros, creyentes, lamentamos otra cosa, como es el disfrutar de la
creación y no ayudarnos a tener a Dios mucho más presente en nuestra
vida.
Hoy no vivimos estables en un rincón de nuestra tierra, sin más
horizonte que unos kilómetros a nuestro alrededor. Hoy nos movemos
mucho. Cada día descubrimos nuevos rincones cargados de belleza. La
televisión nos ofrece programas estupendos sobre las maravillas del
mundo. ¿Somos capaces de elevarnos a Dios aprovechando todos esos
medios?
San Ignacio de Loyola acaba sus Ejercicios Espirituales con una magnífica meditación, llamada Contemplación para alcanzar amor.
Cuando se mira una planta, un gusanillo, el cielo tachonado de
estrellas, todas las criaturas y todos los acontecimientos, se debe
descubrir a Dios, para subir más hacia Él y crecer intensamente en su
amor.
Así lo entendió un gran discípulo de San Ignacio, astrónomo de fama mundial, que escribió para su lápida sepulcral:
De la visión del cielo es corto el camino para llegar a Dios.
Volvemos a lo del principio: ¿Queremos que Dios nos interese a lo
largo de todo el día? ¿Queremos que su luz se acreciente más en nuestra
mente y que su amor encienda cada vez más nuestro corazón?... ¿Por qué
no nos empeñamos en descubrirlo en todo, si en todo lo vamos a
encontrar?....