Por Diego López Luján, miembro del Ámbito María Corral de Santo Domingo
Las generaciones actuales estamos asistiendo a una época histórica
apasionante, donde entre otras cosas somos testigos de la configuración
de nuevas sociedades fruto del pluralismo étnico, cultural, religioso e
identidades nacionales. En la gestión de este panorama «multi-todo» se
pone en juego la dignidad, la libertad y la igualdad, derechos
fundamentales de todo ser humano. Por ello, en una cuestión tan compleja
y delicada como son las identidades de los grupos humanos, hemos de
hilar muy fino.
Hay autores de tinte universalista o globalizador, como G. Sartori
-entendiendo el término en un sentido amplio y no exclusivamente en una
acepción económica-, que piensan que los particularismos nacionales,
étnicos, religiosos,… pueden ser nocivos; porque consideran que en su
interior hay semillas de exaltación del propio grupo, de exclusión de
los otros; lo cual fácilmente puede conllevar discriminación,
intolerancia, xenofobia y racismo; elementos que, utilizados
malévolamente, son bases para la violencia integrista, ya sea religiosa o
política.
Estos autores concluyen, por un lado, que las identidades particulares
son perniciosas socialmente por estos peligros que entrañan; y, por
otro, piensan que toda identidad nacional, étnica, cultural y religiosa
ha de ser abandonada y sustituida por una «ciudadanía universal»
extensible a toda persona. Esta ciudadanía universal sería el producto
lógico de una evolución histórica: se ha ido pasando de ser siervo de un
señor feudal en la Edad Media a vasallo de un rey y a ciudadano de una
Nación-Estado en la época moderna; ésta última desembocaría en una
ciudadanía universal, basada en la universalidad de los Derechos
Humanos.
Es cierto lo que señalan estos autores: puede haber peligros en las
identidades grupales. Pero no por ello hemos de abandonarlas -de igual
modo que no dejamos de construir aviones y volar en ellos porque pueda
haber accidentes aéreos-, sino que hemos de seguir avanzando en nuevas
estructuras sociales que las salven.
Las identidades, étnicas, religiosas, culturales e ideológicas son
positivas, humanizadoras y funcionales: no se puede ser ciudadano del
mundo si no se es ciudadano de alguna parte. Pero, al mismo tiempo, las
identidades deben ser abiertas para sus miembros, que no excluyan a
éstos por sentirse también identificados e integrados a otro nivel con
otras identidades, es decir, tener «dobles» pertenencias, por ejemplo,
ser de cultura árabe y confesar la fe cristiana. Se ha de respetar la
libertad de los miembros de estos grupos para entrar y salir de ellos
con libertad. Además, estos grupos tampoco no han de estar cerrados en
sí mismos excluyendo a los otros grupos ya que este tipo de
comportamiento generalmente provoca desavenencias y muchas veces
conflictos de toda índole.
Cuando convertimos las identidades en un fetiche idolátrico al que
servimos como un dios y adoramos por sobre todas las cosas, corremos el
peligro que las identidades se conviertan en perversas, xenófobas,
integristas y violentas. Para evitar este riesgo estos grupos deben
basarse en la existencia, la cual aglutina todos los seres humanos por
el hecho de existir. Esto nos impedirá cerrarnos en nosotros mismos
cuando nos unamos según nuestras particularidades personales y grupales:
diversidad dentro de la unidad universal de la existencia.
Construir una ciudadanía universal sin tener en cuenta las diferencias
que cada grupo posee conlleva al menos tantos riesgos como aquellas
identidades particulares a las que nos referíamos al principio. Y
constituiría un ejercicio, no de igualdad sino de uniformidad, donde la
libertad quedaría mermada y constreñida, por no poder ser ni expresarse
según la propia «forma de ser». Una nueva ciudadanía universal ha de
«reconocer» las diferencias nacionales, étnicas, religiosas y
culturales, siempre y cuando estos grupos humanos diferenciados no
atenten o perjudiquen a los demás grupos humanos o personas. Todo ello
en virtud de la plena dignidad que todo ser humano posee por el mero
hecho de existir.
Columna de la Paz
Servicio de Prensa de la Carta de la Paz
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