
Juan Pablo II dijo bellamente: «La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del
cielo que se abre sobre la tierra... Es un rayo de gloria de la Jerusalén
celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre
nuestro camino». (Carta Encíclica Ecclesia de Eucaristía, sobre la Eucaristía en
su relación con la Iglesia, 19)
Debemos hacer una reflexión sobre lo que
es el mundo fascinante y sobrenatural propio de los sacramentos. Y lo quiero
hacer por medio de una comparación.
a. El mundo visible, sensible
En primer lugar nos encontramos en
el mundo visible, sensible. Es este mundo que vemos, creado por Dios, y en él
vivimos sumergidos en miles de formas distintas, agradables a los ojos con
colores distintos sin número, cientos de perfumes deleitables al olfato, sonidos
variadísimos que recrean el oído, tersuras de las más variadas que percibe el
tacto deleitándose, multiformes comidas y bebidas que sacian el gusto.
Es
el mundo de la creación visible: Multitud de seres bellos pueblan la tierra, el
mar y el aire.
Debemos hacer rápida y brevemente una suerte de
descripción, como para captar más la belleza de ese mundo visible.
Tenemos árboles con su variedad de formas de colores, unos se yerguen
altos hacia el cielo, otros son bajos y achaparrados, y también observar la
variedad de colores que tienen ¡La variedad de hojas verdes (que se puede
apreciar aquí)!, con maderas de distinta fuerza, vetas, dureza, tersuras, formas
y perfumes: el roble, el cedro, el pino, el álamo, los plátanos, los eucaliptos,
las araucarias, el algarrobo, el jingo biloba (árbol de China), el quebracho,
los abedules, las sequoias, las magnolias, el laurel... Y los árboles frutales
en su inmensa variedad, de formas, colores, gustos (que pareciera sirven a los
enólogos para clasificar todos los gustos conocidos)... Los arbustos
ornamentales: las glicinas, la flor china, el farolito japonés, la Santa
Rita...; las madreselvas, los jazmines del país, las hiedras, las retamas,
helechos... Las demás flores orgullosas de sus olores y de sus colores: la rosa,
reina de las flores, el jazmín, los claveles, siemprevivas, gladiolos, narcisos,
orquídeas, azucenas, hortensias, calas, etc. Los granos: trigo, maíz, cebada,
centeno... Las verduras... ¡Cuántos vegetales son curativos o se les da usos
gastronómicos! Los distintos tipos de animales: vacuno, porcino, caprino, ovino,
equino... El ganado selvático... Las aves de corral... El mundo viscoso de las
sierpes... (si van alguna vez a un serpentario verán que no hay dos víboras
iguales: más grandes, más chicas, unas de un color, otras de otro...).
Si
miramos al aire veremos multitud de pájaros de variadas formas, colores, así la
tijereta, el jilguero, los canarios, los zorzales, los horneros, benteveos... y
vemos que unos tienen copete, otros no; unos tienen pico grande, otros
pequeño...; o la diferente forma de cantar, como el zorzal, la calandria, o de
volar, los gorriones; o de hacer sus nidos, como los de urraca u hornero, o como
los que hacen las catas; o ponen huevos de distinto tamaño y color, así el de la
urraca es redondo y con pintas, pero otros son ovalados o más pequeños,
diferentes formas de empollar, de criar sus pichones...
Así en los
insectos encontramos las variopintas mariposas, las abejas laboriosas, las
molestas moscas y los mosquitos, los San Antonio apacibles...
Vemos en
el cielo las nubes -agua en estado gaseoso- cambiantes de color y forma, eternas
peregrinas que llevan en sus odres la lluvia para fecundar los campos y que son
las que dinámicamente convierten en distinto un mismo paisaje salido de la
paleta del Divino Pintor, y cambiante no sólo de día en día, sino de minuto en
minuto. A veces esas mansas nubes nos ensordecen con sus truenos y deslumbran
con sus rayos y relámpagos. Las montañas con «su blanco poncho de nieves» -agua
en estado sólido-, grandes y bellos tanques de agua destilada que, según las
variables meteorológicas, se van derritiendo de a poco, formando ríos y lagos,
que luego de regar la tierra van a dar en el mar. Allí vemos el sol, la luna,
las estrellas de distintas magnitudes, los planetas, las galaxias, las
nebulosas, los quasar, los agujeros negros...
Y los ríos, lagos y mares
-agua en estado líquido-, ¡cuán poblados de seres vivos, variadísimos! Peces de
todo tipo, forma, color, gusto, costumbre... los moluscos (entre ellos los
mariscos), grandes animales: ballenas, focas, lobos marinos, tiburones (con más
de 340 especies conocidas y demás de la familia como los pez espada y las
carpas...), delfines, cocodrilos, hipopótamos...
Debemos incluir aquí
las obras de las manos del hombre... arte... Todo lo que el hombre hace... Las
manifestaciones culturales en el baile, ballet... ciencia... la técnica... así
los autos, aviones, barcos, submarinos, naves espaciales... los medios de
comunicación... las industrias de todo tipo...
Y el hombre puede hacerlo
porque Dios le dio el poder, la capacidad....
¡Es la belleza del mundo
visible! ¡El cielo canta la gloria de Dios! (Sl 18,2).
b. El mundo
invisible, no-sensible
Pero hay otro mundo, que ya no es visible. Es
el mundo invisible. No sé si recordarán aquello del Principito: «Lo esencial es
invisible a los ojos» (1), que de alguna manera ya lo había dicho san Pablo
cuando dice: no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las
invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son
eternas (2Cor 4,18). El mundo invisible es bello, y podemos decir ¡infinitamente
bello!, porque a él pertenece Dios que es infinito y es espíritu infinito. Es el
mundo de Dios increado, el mundo de las tres divinas personas. Pero también hay
criaturas creadas espirituales: los ángeles y las almas humanas con su
inteligencia y voluntad racionales. Y lo que nuestra alma produce, y que no
siempre sale al exterior: sus pensamientos, su querer, cosas realmente
extraordinarias.
c. El mundo visible-invisible
Y ese
mundo sacramental del todo especial, que es creado por Dios, y que toma algo del
mundo visible, pero que también tiene mucho del mundo invisible. Toma algo del
mundo visible, como nuestro Señor, que quiso ser bautizado con las aguas del río
Jordán. ¿Qué es lo visible? El agua, que es un signo sensible. El mundo
sacramental tiene leyes propias, consistencia propia, un obrar propio y sentido
propio. Ese signo sensible cuando se une a la palabra que determina el porqué de
esa agua, hace el sacramento. Como dicen hermosamente San Agustín y Santo Tomás:
«La palabra se une al elemento (la materia) y se hace el sacramento» (2) . La
materia indeterminada, por ejemplo, agua. ¡Cuánta agua hay!, pero por ella sola
no hay bautismo, porque si no hay palabra, no hay determinación, y por eso no
hay bautismo. Pero si hay agua y hay determinación, o sea, la palabra «yo te
bautizo», ahí si hay sacramento. «Se une la palabra al elemento y se hace el
sacramento». Ese signo sensible produce lo que significa, que es la
característica propia del sacramento cristiano. No es un mero signo, como cuando
uno va por la ruta y una flecha hacia la izquierda indica que hay una curva
hacia la izquierda. No es eficaz, porque si uno no mueve el volante sigue de
largo. El mundo sobrenatural es un mundo del todo particular, porque lo que
significa, eso produce. Y por eso el agua significa limpieza, en el bautismo
lava el alma de los pecados. Y significa fecundidad. Fíjense, donde hay algo
verde, es porque hay agua o porque hay una acequia. Si no hay acequia, el árbol
muere, como sucedió con este árbol seco del patio: No le llegaba el agua, y se
secó.
Produce lo que significa. Tenemos la Eucaristía. Pan y vino:
materia del sacrificio. La palabra se une al elemento: «Esto es mi cuerpo ...
Ésta es mi sangre». Ese pan y ese vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre
del Señor. Porque pertenecen al mundo sacramental, que produce eficazmente lo
que significa. Por un lado tenemos la Sangre, por otro el Cuerpo. Sangre por un
lado, Cuerpo por otro: Sacrificio. Produce lo que significa: perpetúa el
sacrificio de Cristo en la Cruz. En el cual la Sangre se separó del Cuerpo. Y
así con todos los demás sacramentos. Por eso es que debemos nosotros valorar lo
que es el mundo sacramental, superior a este mundo físico. Parecido, porque
tiene elementos en común, elementos sensibles, pero que lo supera infinitamente
porque produce lo que significa y obra efectos invisibles.
Y no caigamos
nosotros en esa falsa dialéctica que ya viene de la época del pontificado de
Pablo VI, y que él refuta en la «Evangelii nuntiandi», porque hay algunos ahora
que, siguiendo la tendencia protestante dicen: «lo que importa es la palabra, no
los sacramentos». Sí, importa la Palabra, que también es un sacramento en
sentido amplio, porque uno escucha una cosa y en la mente se forma un concepto
que es invisible. Pero es que la palabra tiene que llevar de suyo al sacramento,
como dice el Papa en la «Evangelii nuntiandi»: «Sin embargo, nunca se insistirá
bastante en el hecho de que la evangelización no se agota con la predicación y
la enseñanza de una doctrina. Porque aquella debe conducir a la vida: a la vida
natural a la que da un sentido nuevo gracias a las perspectivas evangélicas que
le abre; a la vida sobrenatural, que no es una negación sino purificación y
elevación de la vida natural. Esta vida sobrenatural encuentra su expresión viva
en los siete sacramentos y en la admirable fecundidad de gracia y santidad que
contienen.
La evangelización despliega de este modo toda su riqueza
cuando realiza la unión más íntima, o mejor, una intercomunicación jamás
interrumpida, entre la Palabra y los sacramentos. En un cierto sentido es un
equívoco oponer, como se hace a veces, la evangelización a la
sacramentalización.
Porque es seguro que si los sacramentos se
administraran sin darles un sólido apoyo de catequesis sacramental y de
catequesis global, se acabaría por quitarles gran parte de su eficacia. La
finalidad de la evangelización es precisamente la de educar en la fe de tal
manera que conduzca a cada cristiano a vivir -y no a recibir de modo pasivo o
apático- los sacramentos como verdaderos sacramentos de la fe» (3).
Toda
la actividad de la Iglesia tiende como hacia una cumbre hacia la Eucaristía, y
brota de la Eucaristía como de una fuente, como dice el Concilio Vaticano II, en
varios lugares.
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