Anunciar a Cristo es uno de los compromisos más urgentes que tenemos como bautizados

Que los enemigos de la religión católica obstaculicen, marginen o censuren
artículos o programas católicos resulta comprensible aunque injusto. En
ocasiones el odio a la Iglesia llega a extremos de intolerancia que ni siquiera
Voltaire aceptaría.
Pero que haya entre los mismos católicos quienes, por
una mal entendida prudencia, tengan miedo de enseñar su fe, e impidan a sus
mismos hermanos en la fe la publicación o difusión de la doctrina católica, es
algo que causa pena y confusión.
Es cierto que hay que ser prudentes como
serpientes y sencillos como palomas (cf. Mt 10,16). Es cierto también que
escribir un artículo “muy católico” puede asustar a algunos lectores, provocar
reacciones de rechazo, incluso cerrar puertas de comunicación que hasta ahora
permanecían abiertas. Es cierto que hay que ir poco a poco, pues presentar la
propia fe de modo inadecuado provoca en algunos actitudes de rechazo en vez de
ayudar a las personas a un sereno encuentro con Cristo.
Si lo anterior es
verdad, también lo es que hay que subir a las terrazas y predicar las enseñanzas
de Cristo con valor y confianza, pues no se enciende la luz para esconderla,
sino para que brille e ilumine (cf. Mt 5,14-16).
El Maestro pidió a sus
discípulos (también a nosotros) que anunciásemos la Buena Noticia, el Evangelio,
a todo el mundo (cf. Mc 16,15). No podemos guardarlo escondido por miedo a
quienes hostigan sin cesar el gran don de la salvación.
Es Cristo mismo
el que nos invita, nos lanza, nos acompaña. Es Cristo el que desea reunir a
todos los hombres para que haya un solo rebaño y un solo pastor (cf. Jn
10,14-16). Es Cristo el que desea que nadie se pierda, que todos puedan llegar a
la gran fiesta de los cielos (cf. Mt 18,14).
Por eso anunciar a Cristo,
en todos los areópagos, en la prensa o en internet, en la televisión o en la
radio, en las conversaciones de cada día o en el trabajo, es uno de los
compromisos más urgentes que tenemos como bautizados.
Cada católico puede
apropiarse, en la medida de sus posibilidades, las palabras que el Papa Pablo VI
dijo en Manila el 29 de noviembre de 1970:
“Yo soy Apóstol y Testigo.
Cuanto más lejana está la meta, cuanto más difícil es el mandato, con tanta
mayor vehemencia nos apremia el amor. Debo predicar su nombre: Jesucristo es el
Mesías, el Hijo de Dios Vivo; Él es quien nos ha revelado al Dios Invisible, Él
es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en Él. Él es también el
Maestro y Redentor de los hombres; Él nació, murió y resucitó por
nosotros”.
¿Por qué esa urgencia de predicar a Cristo? Benedicto XVI
quiso dar una respuesta en su viaje a Fátima, Portugal (13 de mayo de
2010):
“Verdaderamente, los tiempos en que vivimos exigen una nueva
fuerza misionera en los cristianos, llamados a formar un laicado maduro,
identificado con la Iglesia, solidario con la compleja transformación del mundo.
Se necesitan auténticos testigos de Jesucristo, especialmente en aquellos
ambientes humanos donde el silencio de la fe es más amplio y profundo: entre los
políticos, intelectuales, profesionales de los medios de comunicación, que
profesan y promueven una propuesta monocultural, desdeñando la dimensión
religiosa y contemplativa de la vida. En dichos ámbitos, hay muchos creyentes
que se avergüenzan y dan una mano al secularismo, que levanta barreras a la
inspiración cristiana”.
Más allá de cualquier censura, venga de los
enemigos de Dios o de los mismos creyentes que tienen miedo a las críticas del
mundo, podemos hacer nuestro el empuje misionero de san Pablo: “Predicar el
Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me
incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1Co 9,16-17).
Sí:
tenemos que predicar el Evangelio con urgencia, por amor a Cristo y por amor a
tantos hombres que lo necesitan y lo esperan en un mundo cada día más hambriento
de esperanza y de misericordia.
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