Tener fe es elegir entre dos modos de ver la vida

He perdido la fe
«Recuerdo -me contaba en confianza un
antiguo compañero mío- aquellas devociones de mi niñez y mi primera
adolescencia, y la verdad es que siento haber perdido la fe. Pero así ha sido.
Cuando mi pensamiento vuelve, con nostalgia, a aquellos recuerdos, aún
adivino que había en ellos algo grande y valioso. Me sentía a gusto entonces, en
esa inocencia, pero ahora pienso que todo aquello era demasiado místico, que la
realidad no es así.
Mi afición a la filosofía y aquellas ávidas lecturas
de juventud deshicieron enseguida, como un terrón de azúcar en el café, aquel
clima religioso de la niñez. La imprecisión y vaguedad de mi fe infantil se
convirtió con los años en una demoledora duda intelectual. Yo quisiera creer,
pero ahora no me parece serio creer. La razón me lo estorba.»
En muchas
ocasiones, como sucede en esta, una persona avanza con los años en su
preparación profesional, en su formación cultural, en su madurez afectiva e
intelectual..., pero, sin embargo, su conocimiento de la fe se queda estancado
en unos conceptos elementales aprendidos en la niñez.
Y a ese desfase
hay que añadir, en algunos casos, el triste hecho de que esa formación religiosa
quizá fue impartida por personas de conducta poco coherente.
Cuando todo
esto sucede, la fe va dejando de informar la vida, y se va rechazando poco a
poco, de una manera insensible. Y esas personas acaban por decir que Dios no les
interesa, que no tiene sitio en su vida, o que para ellos es poco importante.
Este proceso, lamentablemente corriente, demuestra la fragilidad de la
fe en personas que se educaron asumiendo unas simples prácticas religiosas sin
preocuparse por alcanzar un conocimiento real y profundo de la fe. La vida
espiritual no puede reducirse a una actividad sentimental ajena a lo
racional.
El creyente debe buscar en su vida espiritual una fuente de luz
que facilite una vida intelectual rigurosa.
¿Y cuando
aparecen las dudas?
Es natural que a veces se presenten dudas.
Pero eso no es perder la fe, pues se puede conservar la fe mientras se
profundiza en la resolución de esas dudas. Es más, en muchos casos la duda abre
la puerta a la reflexión y a la profundización, para así alcanzar una fe más
madura: en ese sentido puede incluso resultar positiva.
Es preciso buscar
respuesta a las dudas, a esas aparentes contradicciones, aunque no siempre se
llegue a comprender todo enseguida. Así lo explicaba Joseph Ratzinger: La fe
no elimina las preguntas; es más, un creyente que no se hiciera preguntas
acabaría encorsetándose.
Por otra parte, aunque sea cierto que el
creyente puede sentirse amenazado por la duda, hay que recordar que tampoco el
no creyente vive en una existencia cerrada a la duda. Incluso aquel que se
comporte como un ateo total, que ha logrado acallar casi por completo la llamada
de lo sobrenatural, siempre sentirá la misteriosa inseguridad de si su ateísmo
será un engaño.
El creyente puede sentirse amenazado por la
incredulidad, pero quien pretenda eludir esa incertidumbre de la fe, caerá en la
incertidumbre de la incredulidad, que no puede negar de manera definitiva que la
fe sea verdadera. Al ateo y al agnóstico siempre les acuciará la duda de si la
fe no será real. Nadie puede sustraerse a ese dilema humano. Sólo al rechazar la
fe se da uno cuenta de que es irrechazable.
«Es inevitable -ha escrito
Rosario Bofill- que a veces tengamos que caminar entre nieblas.
En
cierta manera, la fe es la capacidad de soportar la duda.
Y de vez en
cuando, una persona, una reflexión, o una lectura nos hacen atisbar un poco de
ese misterio por el que uno ha optado. Cada creyente sabe que alguna vez ha
tenido evidencias de la existencia de Dios, pequeñas pruebas que quizá vistas
por otro, fuera de su contexto, le harían sonreír displicente...
Y a lo
largo de los siglos la mayoría de los hombres han experimentado esa necesidad de
Dios. ¿Es esto una prueba de que existe? Pienso que sí, invocado de distinta
forma en las distintas religiones y en los distintos siglos.
Si me
repugna creer que el mundo está abocado al absurdo, debo creer que más allá de
la muerte hay algo, que tendremos otra vida distinta a la de ahora. Hay una
razón de justicia que me parece imperiosa: ¿cómo Dios no va a dar a los pobres,
a los desheredados, a los que viven en la miseria, a los que sufren tanto en
esta vida, su parte de felicidad? Ha de haber algo que restablezca el orden y dé
a los que aquí no han tenido nada, la plenitud. Y que los que aquí han amado no
vean acabado su amor.
Siento una voz íntima, un grito interior que me
hace creer que es imposible un mundo sin Dios, un mundo del absurdo. Porque un
mundo sin Dios me parece un absurdo total. ¿A qué esa sed interior, esa
angustia, ese deseo de vida del hombre? Ese amasijo de sentimientos,
inteligencia, deseos, nostalgia, que somos las mujeres y los hombres, cada uno a
su manera, ¿qué sentido tienen perdidos en el cosmos sin un Dios que al fin dé
respuesta a tanto deseo, tanto vacío, tanto anhelo?
He tenido que madurar
mi educación religiosa de la infancia y la juventud, pero recibí unos principios
básicos a los que he sido fiel. Hay gente que cuando se hace adulta rechaza lo
que le enseñaron y cómo le educaron. Sin duda al hacerse adulto uno tiene que
reflexionar sobre su fe y madurar, pero creo que es una suerte haber vivido
rodeada de gente que ha vivido a fondo su fe, y también haberse encontrado con
personas críticas, buenos creyentes, que son los que más me han ayudado. La fe
es como una herencia que no quisiera echar por la borda y a la que en lo más
hondo de mí estoy muy agradecida».
A veces lo que plantea dudas no es la
fe, sino la práctica de la fe: lo difícil no es creer, sino vivir lo que se
cree. Todo el mundo siente esa tensión en su interior. Todo hombre se siente
atraído por extremos diferentes, y experimenta el tirón de lo que sabe que va
contra sus convicciones. Pero eso no significa una rotura.
De vez en
cuando pueden surgir dudas sobre la propia capacidad de vivir la fe. Se nos
puede hacer un poco más cuesta arriba. Es preciso entonces seguir esforzándose
por mejorar, con la confianza de que precisamente gracias a esa fe, iremos
recibiendo más luz y más fortaleza, profundizaremos más en esa fe y la viviremos
mejor. La fe ayuda a vivir esa coherencia de vida, sin que esas tensiones tengan
por qué producir frustración o ruptura.
Pero muchos, en esa cuesta
arriba, abandonan la práctica religiosa. Suele suceder cuando se ve la práctica
religiosa como un fin y no como un medio. Por eso es importante levantar la
vista por encima del acontecer diario para atisbar la meta a la que nos
dirigimos. Ser buen cristiano puede a veces resultar costoso, pero merece la
pena. Además, esos momentos de cuesta arriba siempre brindan al hombre una
oportunidad de dar lo mejor de sí mismo. Son la piedra de toque que identifica
la calidad del edificio que estamos construyendo con nuestra vida.
“El
ser humano -escribe Javier Echevarría- posee una capacidad de infinito que sólo
el Infinito, Dios mismo, puede saciar. Hay en nosotros un fondo que nada ni
nadie, excepto Dios, logra llenar; y, en consecuencia, existe -incluso en las
más grandes amistades y en los más grandes amores- una cierta experiencia de
límite, de soledad no superada. En ocasiones, esa experiencia engendra miedo,
repliegue sobre sí mismo para conservar un reducto de intimidad en el que nadie
entre; en otras, impulsa hacia adelante, a buscar algo más. De este modo se
encauza una inquietud del espíritu que sólo en Dios puede encontrar finalmente
reposo”.
¿Está anticuada la Iglesia?
A ojos
de muchos, la Iglesia aparece como algo anticuado, cuyos métodos se han ido
anquilosando. Son muchos, en efecto, los que tienen esa extraña imagen. Pienso
que si conocieran la fe y la realidad de la Iglesia con mayor profundidad,
comprobarían que en la Iglesia sopla un aire fresco de novedad y de ideales
grandes. Verían que brinda una espléndida posibilidad de transformar la propia
vida.
Por eso es importante que los cristianos promuevan, por decirlo
así, una cierta curiosidad por lo que significa realmente ser cristiano, y que
fomenten el interés por contemplar la riqueza que la fe contiene, su variedad,
su capacidad de resolver los problemas del hombre de hoy. Para descubrirlo hay
que acercarse un poco, pues la fe se entiende mucho mejor cuando uno se pone en
camino.
Algunos ven la fe como una simple coraza que el hombre se fabrica
para sentirse mejor consigo mismo. La religión da respuesta a muchas preguntas y
miedos que el hombre lleva consigo, y le ayuda a superarlos. En ese sentido, es
cierto que ayuda a sentirse mejor con uno mismo. Pero aunque tenga esos efectos
psicoterapéuticos, la fe no es eso, es mucho más.
En todas las épocas de
la humanidad ha existido la tendencia del hombre hacia lo eterno, hacia Dios. Y
de la misma manera que el hombre se siente mejor cuando lleva bien sus
relaciones humanas, es lógico que sienta lo mismo, y con más intensidad, cuando
lleva bien su relación con Dios.
Vivir sin
fe
Parece bastante más fácil no creer que creer. Puede parecer
más sencillo, o más cómodo, en el sentido de que quien no cree no se liga a
nada. En ese sentido es fácil. Pero vivir sin fe no es tan fácil. La vida sin fe
es complicada generalmente, porque el hombre no puede vivir sin puntos de
referencia. No tenemos más que recordar la filosofía de Sartre, Camus, o de
otros muchos, para comprobarlo enseguida.
La carga que conlleva la falta
de fe es mucho más pesada. Tener fe es, en cierta manera, una opción. Elegir
entre dos modos de ver la vida. Ambos modos -vivir con fe o sin ella- se
presentan como dos posibilidades coherentes. Sin embargo, pienso que la razón y
la observación de la naturaleza y del hombre llevan indefectiblemente hacia la
fe. De todas formas, al final hay siempre una decisión de la voluntad. Una
decisión perfectamente compatible con que después uno pueda sentir a veces el
atractivo de la otra opción.
La vida con fe es más esperanzada, más
optimista, más alegre.
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