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| Benedicto XVI con los jóvenes |
Con el comienzo del año en que Madrid será la
sede de la Jornada Mundial de la Juventud, retomo la
lectura de algunas de las palabras que Benedicto XVI ha
dirigido a los jóvenes a lo largo del pasado año,
y me detengo en la siguiente afirmación:
«Hay problemas concretos que
dificultan contemplar el futuro con serenidad y optimismo; pero también
existen falsos valores y modelos ilusorios que se os proponen
y que prometen llenar la vida, cuando en cambio la
vacían.» Benedicto XVI en el Encuentro con los jóvenes en
la Catedral de Sulmona, Italia.
Tras leer nuevamente estas palabras
del Papa, inicio mis cavilaciones acerca de estos modelos ilusorios
que propone "la sociedad", esa entidad superpuesta sobre el común
de los mortales a modo de cielo plomizo, infranqueable, cuyos
avances parecen descender en forma de densa niebla sobre nuestra
vida, tratando de amoldarla a ciertos patrones que, ineludiblemente, debamos
asumir para seguir formando parte de la misma, para seguir
avanzando con ella, y no quedarnos rezagados en anacronismos más
que superados o anclados en opiniones contrarias a los dictados
de la modernidad.
Un fenómeno que me parece venir observando,
desde hace no poco tiempo, es la forma en que
dichos patrones se presentan a nuestros jóvenes, seduciéndolos a través
de liderazgos indiscutibles en horarios de máxima audiencia o arrasadores
éxitos de taquilla, que encumbran a los intérpretes de dichos
éxitos televisivos o cinematográficos al estatus de personalidades relevantes en
nuestra sociedad o nuevos intelectuales de nuestro tiempo. Parece como
si los protagonistas de una película o serie de televisión
que triunfa como producto de consumo masivo fuesen catapultados, de
forma inmediata e inapelable, a la categoría de guías o
referentes para una juventud ávida de modelos sobre los que
cimentar un proyecto de vida; proyecto que aspira, de modo
consustancial a la naturaleza misma del ser humano, a la
materialización de un anhelo ancestral de felicidad auténtica, plena, perdurable
en el tiempo.
Una muestra de tal encumbramiento serían las
incontables entrevistas a estos actores y actrices publicadas en todo
tipo de medios, opinando sobre los temas más variopintos, sobre
los que parecen crear jurisprudencia por el hecho de hacer
tales declaraciones en la sección destinada a "famosos". Recuerdo aquella
entrevista a una joven actriz -inauguraba la veintena- que aparecía
en un conocido diario, catalogado, por cierto, como "conservador" o
"de derechas". En ella, la referida famosa se consideraba a
sí misma una persona «mucho más madura» que cuando comenzó
su andadura televisiva, al tiempo que se realizaba la siguiente
afirmación: «El sexo en pantalla tampoco es un tabú para
ella, ni tampoco lo es en la vida real. Eso
sí, la actriz considera importante sentir algo hacia la otra
persona: "No que estés enamorado necesariamente, pero que haya un
poco de complicidad".»
Confieso que, tras la lectura de tales declaraciones,
me embargó un sentimiento de lástima sincera, espontánea, de compasión
cuasi maternal, por estos modelos de felicidad ilusoria, que tras
asumir e incorporar a su haber intelectual los férreos patrones
de la modernidad, son elevados a la tribuna de la
sección "famosos", para convertirse en los nuevos mentores del progreso,
embaucando con su prédica a la audiencia que los encumbró.
Y así, según los postulados del progreso, sería suficiente «un
poco de complicidad» para poner en práctica estas nuevas reglas
de las relaciones interpersonales, estas modernas formas de instrumentalización del
ser humano. Sería suficiente «un poco de complicidad», para convertir
a las personas en útiles accesorios de consumo, en atractivos
productos de usar y tirar, en recipientes que se vacían
y desechan, desgastados e inservibles ya.
Continúo con el mensaje del
Papa, y me detengo en aquellas otras palabras de la
Homilía de Benedicto XVI en la Santa Misa en el
Bellahouston Park de Glasgow, con las que se dirigía expresamente
a los jóvenes: «Hay muchas tentaciones que debéis afrontar cada
día -droga, dinero, sexo, pornografía, alcohol- y que el mundo
os dice que os darán felicidad, cuando, en verdad, estas
cosas son destructivas y crean división. Sólo una cosa permanece:
el amor personal de Jesús por cada uno de vosotros.
Buscadlo,
conocedlo y amadlo, y él os liberará de la esclavitud
de la existencia deslumbrante, pero superficial, que propone frecuentemente la
sociedad actual. Dejad de lado todo lo que es indigno
y descubrid vuestra propia dignidad como hijos de Dios.»
En
Santiago de Compostela, volvían a ponerse de manifiesto el afecto
y la inquietud del Papa hacia los jóvenes en aquellas
palabras pronunciadas en la Homilía de la Santa Misa celebrada
en la Plaza del Obradoiro: «Y quisiera que este mensaje
llegara sobre todo a los jóvenes: precisamente a vosotros, este
contenido esencial del Evangelio os indica la vía para que,
renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances,
como tantas veces os proponen, y asumiendo el de Jesús,
podáis realizaros plenamente y ser semilla de esperanza».
Con qué intuición,
comprensión y sensibilidad percibe Benedicto XVI los obstáculos con que
se encuentran los jóvenes al ir en contra de la
corriente dominante, y con qué sencillez, profundidad y cercanía les
previene acerca de las frustraciones y sinsabores que provocan estos
modelos ilusorios de felicidad simulada. Te esperamos de nuevo, Benedicto
XVI.
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