jueves, 20 de enero de 2011

Con el comienzo del año en que Madrid será la sede de la Jornada Mundial de la Juventud, retomo la lectura de algunas de las palabras que Benedicto XVI ha dirigido a los jóvenes a lo largo del pasado año 


Benedicto XVI con los jóvenes
Benedicto XVI con los jóvenes
Con el comienzo del año en que Madrid será la sede de la Jornada Mundial de la Juventud, retomo la lectura de algunas de las palabras que Benedicto XVI ha dirigido a los jóvenes a lo largo del pasado año, y me detengo en la siguiente afirmación:

«Hay problemas concretos que dificultan contemplar el futuro con serenidad y optimismo; pero también existen falsos valores y modelos ilusorios que se os proponen y que prometen llenar la vida, cuando en cambio la vacían.» Benedicto XVI en el Encuentro con los jóvenes en la Catedral de Sulmona, Italia.

Tras leer nuevamente estas palabras del Papa, inicio mis cavilaciones acerca de estos modelos ilusorios que propone "la sociedad", esa entidad superpuesta sobre el común de los mortales a modo de cielo plomizo, infranqueable, cuyos avances parecen descender en forma de densa niebla sobre nuestra vida, tratando de amoldarla a ciertos patrones que, ineludiblemente, debamos asumir para seguir formando parte de la misma, para seguir avanzando con ella, y no quedarnos rezagados en anacronismos más que superados o anclados en opiniones contrarias a los dictados de la modernidad.

Un fenómeno que me parece venir observando, desde hace no poco tiempo, es la forma en que dichos patrones se presentan a nuestros jóvenes, seduciéndolos a través de liderazgos indiscutibles en horarios de máxima audiencia o arrasadores éxitos de taquilla, que encumbran a los intérpretes de dichos éxitos televisivos o cinematográficos al estatus de personalidades relevantes en nuestra sociedad o nuevos intelectuales de nuestro tiempo. Parece como si los protagonistas de una película o serie de televisión que triunfa como producto de consumo masivo fuesen catapultados, de forma inmediata e inapelable, a la categoría de guías o referentes para una juventud ávida de modelos sobre los que cimentar un proyecto de vida; proyecto que aspira, de modo consustancial a la naturaleza misma del ser humano, a la materialización de un anhelo ancestral de felicidad auténtica, plena, perdurable en el tiempo.

Una muestra de tal encumbramiento serían las incontables entrevistas a estos actores y actrices publicadas en todo tipo de medios, opinando sobre los temas más variopintos, sobre los que parecen crear jurisprudencia por el hecho de hacer tales declaraciones en la sección destinada a "famosos". Recuerdo aquella entrevista a una joven actriz -inauguraba la veintena- que aparecía en un conocido diario, catalogado, por cierto, como "conservador" o "de derechas". En ella, la referida famosa se consideraba a sí misma una persona «mucho más madura» que cuando comenzó su andadura televisiva, al tiempo que se realizaba la siguiente afirmación: «El sexo en pantalla tampoco es un tabú para ella, ni tampoco lo es en la vida real. Eso sí, la actriz considera importante sentir algo hacia la otra persona: "No que estés enamorado necesariamente, pero que haya un poco de complicidad".»

Confieso que, tras la lectura de tales declaraciones, me embargó un sentimiento de lástima sincera, espontánea, de compasión cuasi maternal, por estos modelos de felicidad ilusoria, que tras asumir e incorporar a su haber intelectual los férreos patrones de la modernidad, son elevados a la tribuna de la sección "famosos", para convertirse en los nuevos mentores del progreso, embaucando con su prédica a la audiencia que los encumbró.

Y así, según los postulados del progreso, sería suficiente «un poco de complicidad» para poner en práctica estas nuevas reglas de las relaciones interpersonales, estas modernas formas de instrumentalización del ser humano. Sería suficiente «un poco de complicidad», para convertir a las personas en útiles accesorios de consumo, en atractivos productos de usar y tirar, en recipientes que se vacían y desechan, desgastados e inservibles ya.

Continúo con el mensaje del Papa, y me detengo en aquellas otras palabras de la Homilía de Benedicto XVI en la Santa Misa en el Bellahouston Park de Glasgow, con las que se dirigía expresamente a los jóvenes: «Hay muchas tentaciones que debéis afrontar cada día -droga, dinero, sexo, pornografía, alcohol- y que el mundo os dice que os darán felicidad, cuando, en verdad, estas cosas son destructivas y crean división. Sólo una cosa permanece: el amor personal de Jesús por cada uno de vosotros.

Buscadlo, conocedlo y amadlo, y él os liberará de la esclavitud de la existencia deslumbrante, pero superficial, que propone frecuentemente la sociedad actual. Dejad de lado todo lo que es indigno y descubrid vuestra propia dignidad como hijos de Dios.»

En Santiago de Compostela, volvían a ponerse de manifiesto el afecto y la inquietud del Papa hacia los jóvenes en aquellas palabras pronunciadas en la Homilía de la Santa Misa celebrada en la Plaza del Obradoiro: «Y quisiera que este mensaje llegara sobre todo a los jóvenes: precisamente a vosotros, este contenido esencial del Evangelio os indica la vía para que, renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances, como tantas veces os proponen, y asumiendo el de Jesús, podáis realizaros plenamente y ser semilla de esperanza».

Con qué intuición, comprensión y sensibilidad percibe Benedicto XVI los obstáculos con que se encuentran los jóvenes al ir en contra de la corriente dominante, y con qué sencillez, profundidad y cercanía les previene acerca de las frustraciones y sinsabores que provocan estos modelos ilusorios de felicidad simulada. Te esperamos de nuevo, Benedicto XVI.
   

Tags: Benedicto XVI

Publicado por alfre1240 @ 13:31
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