Orar por nuestros hermanos en la fe es pedir por ellos lo mejor: que sigan unidos a Cristo.
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| Orar por los hermanos en la fe |
La Iglesia, desde el corazón de cada católico, ora continuamente
por los hermanos en la fe.
Puede, entonces, surgir una pregunta:
¿no sería mejor rezar simplemente por todos los hombres? ¿No
caemos en un espíritu sectario al pedir en primer lugar
por “nosotros”, y dejar en un segundo plano a los
que no pertenecen a la misma fe?
Leemos en la Carta
a los Gálatas: “Así que, mientras tengamos oportunidad, hagamos el
bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la
fe” (Ga 6,10). ¿Por qué “especialmente” a los hermanos en
la fe? ¿No es esto discriminatorio?
El texto de san Pablo
que acabamos de citar ofrece una primera pista de respuesta:
no se trata de hacer el bien “sólo” a los
hermanos. Hay que ayudar a todos y, luego, “especialmente” a
los hermanos.
La discriminación existe cuando uno excluye de modo injusto
y arbitrario a otros. El católico, si es de verdad
católico, está llamado a hacer el bien a todos, a
buscar caminos para acoger, ayudar e invitar a todos, porque
es Dios mismo el que ofrece su Amor sin discriminaciones
a cada uno de los seres humanos.
Entonces, ¿cómo entender la
oración y la ayuda que hacemos por los hermanos? Tenemos
una segunda pista para responder: si Dios ama a todos
los hombres y desea que todos los hombres se salven
(1Tim 2,4), ese mismo amor está ya vivo, actúa, en
quienes han sido tocados por Su Amor, en quienes pertenecen
ya (por pura gracia, por bondad de Dios) a la
Iglesia.
Si los creyentes se mantienen fieles al Amor, si son
constantes en la oración, si no dejan que el mundo
los aparte de Cristo, si no se desvirtúan, actuarán como
levadura fecunda: serán testigos auténticos del Señor. Su vida, su
presencia, su fe, su esperanza, su amor, son una bendición
para los no creyentes, son un signo de la presencia
de Dios en el mundo.
Cada bautizado es sal y luz
(cf. Mt 5,13-14). En cuanto luz, sigue en pie la
palabra del Señor: “Brille así vuestra luz delante de los
hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a
vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).
Es sal
y luz... Pero la sal puede perder su sabor, la
luz puede apagarse si falta el aceite. Por eso necesitamos
recurrir continuamente a la oración, invocar a Dios para que
nos tome de la mano, nos aparte de las insidias
del demonio, nos purifique de nuestros egoísmos y concupiscencias, nos
separe de las vanidades de un mundo que vive de
espaldas a Dios.
Apoyar con nuestra oración y nuestro amor a
un hermano en la fe que vive en nuestro barrio
o en un país lejano, es desearle lo mejor: que
siga unido a Cristo, que conserve el don recibido, que
lo avive.
Sólo así él, como yo, como todos, podremos acoger
la acción de Dios en el mundo. Entonces, a través
de cada católico auténtico y enamorado, muchos otros que hoy
no conocen a Cristo, podrán descubrirlo, podrán ser alcanzados por
su Amor. Que es, en definitiva, el mayor regalo que
cualquier ser humano espera desde lo más profundo de su
corazón inquieto y necesitado de perdón y de esperanza.
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