La marea negra de la pornografía

Por: Jaime Nubiola es profesor agregado de Filosofía en la Universidad de Navarra.
La pornografía es uno de esos temas de los que se habla poco, pero
influye mucho. En la sociedad occidental solo se considera
verdaderamente reprobable la denominada "pornografía infantil", y, a
juzgar por las reacciones que suscita cualquier intento de contener
otras modalidades, hay más adicción de la que parece. También la
"pornografía de lujo", que pretende ser aceptada bajo el término de
"erotismo", se abre paso en los medios de comunicación, la publicidad o
las modas. Por eso es interesante clarificar términos y deslindar
campos, como lo hace el filósofo Jaime Nubiola en este texto, síntesis
de una conferencia.
En nuestra sociedad hay una notoria contradicción en toda esta materia,
pues si bien relega la pornografía a las salas X, a las zonas especiales
de los videoclubs o las sex shops sin escaparates, valora por el
contrario muy positivamente el erotismo tal como muestran constantemente
los medios de comunicación, la publicidad o las modas. Las
transparencias y exhibiciones de las modelos en los desfiles de alta
costura son un preciso indicador de este ambiente erotizado que
multiplican los medios de comunicación. Quizá por ello muchas personas
tienden a pensar que el erotismo es un valor cultural que puede llegar a
ser un arte exquisito y sofisticado, mientras que la pornografía no
sería otra cosa que el erotismo degradado para consumo de los incultos,
pobres, o viciosos. (...)
Signos como estímulos
Se dice de la pornografía que es difícil de definir, pero muy fácil de
reconocer (...) Puede resultarnos todavía más útil lo que escribió a
este respecto el novelista Walker Percy, refiriéndose en particular a
los libros:
"La pornografía se diferencia de otros escritos en que hace algo que los
otros libros no hacen. Hay novelas que aspiran a entretener, a decir
cómo son las cosas, a crear personajes y aventuras con los que el lector
pueda identificarse. En cambio, la pornografía hace algo completamente
diferente: trata de modo completamente deliberado de excitar sexualmente
al lector. Esto es algo en lo que podemos estar de acuerdo los
cristianos y los no cristianos, los científicos y los profesores de
lengua, pues no tiene gran misterio. La pornografía, que es una
transacción con signos, no es realmente diferente de la salivación del
perro de Pavlov al oír el sonido de la campana que ha aprendido que
‘significa’ que llega la comida".
"Entonces, ¿qué es lo permitido? Quiero decir lo permitido por un
escritor serio y un lector serio. La única regla que sigo es la de
permitir todo lo que sirva al propósito artístico de la novela. (...) Si
tengo una determinada verdad o una forma artística para una novela, y
escribo una escena que es tan explícita sexualmente o tan explícitamente
violenta que el lector se distrae, sea por estimulación, es decir, por
excitación sexual, sea por asco y disgusto, he perdido entonces al
lector o a la lectora y he fallado como novelista" (1).
Esta descripción nos proporciona una verdadera definición pragmática de
"pornografía". Son obras pornográficas aquellas que se hacen, se
comercializan y se consumen como excitantes sexuales (2). No es una
cuestión de qué se exhibe, hasta dónde se enseña, sino que guarda
relación directa con los propósitos de sus autores. Se trata de
productos comerciales diseñados para producir o favorecer la excitación
sexual de la audiencia encarnando sus fantasías sexuales (3). (...)
Sin embargo, las fronteras de demarcación entre estos productos y la
llamada "pornografía de lujo" –que aspira a ser aceptada bajo el rótulo
de "erotismo"– son del todo borrosas. Nadie duda de la fuerte carga
pornográfica de películas como Emmanuelle, El último tango en París,
Instinto básico, o de algunas películas españolas que al distribuirlas
en Estados Unidos han debido ser "podadas" para evitar su confinamiento
en las salas X. Se trata de productos con una notable inversión
económica, que aspiran a aunar una cierta calidad técnica con un mayor
éxito comercial mediante la explotación publicitaria de la novedad
transgresora en materia sexual, intercalada con otras escenas de notable
valor lírico o con historias de gran fuerza expresiva. (...)
Cuando el desnudo es arte
(...) La tradición católica ha convivido con el desnudo
bastante bien, quitando y poniendo estratégicas hojas de parra al vaivén
de los cambios de la sensibilidad cultural en esta materia, incluida la
Capilla Sixtina.
La enseñanza de la Iglesia católica en todo este campo "no es efecto de
una mentalidad puritana ni de un moralismo estrecho, así como no es
producto de un pensamiento cargado de maniqueísmo" (4): no está en
contra del desnudo artístico, sino radicalmente en contra de la
desnaturalización del sexo mediante su utilización comercial o su
deliberada exhibición ante terceras personas, porque tales conductas
degradan la dignidad de la comunicación sexual y envilecen a las
personas. (...)
A este respecto, vale la pena recordar la luminosa enseñanza de Juan
Pablo II en su catequesis de 1981: "En el decurso de las distintas
épocas, desde la antigüedad –y sobre todo, en la gran época del arte
clásico griego– existen obras de arte cuyo tema es el cuerpo humano en
su desnudez; su contemplación nos permite centrarnos, en cierto modo, en
la verdad total del hombre, en la dignidad y belleza –incluso aquella
‘suprasensual’– de la masculinidad y feminidad. Estas obras tienen en
sí, como escondido, un elemento de sublimación, que conduce al
espectador, a través del cuerpo, a todo el misterio personal del hombre.
En contacto con estas obras –que por su contenido no inducen al ‘mirar
para desear’ tratado en el Sermón de la Montaña–, de alguna forma
captamos el significado esponsal del cuerpo, que corresponde y es la
medida de la ‘pureza del corazón’".
Reducido a objeto
Digámoslo con otras palabras, el desnudo es –puede ser cuando es
artístico– hermoso, muy hermoso e incluso tira de nosotros "hacia
arriba": es un elemento de sublimación. A mí me gusta recordar el
comentario incidental que hace Juan Pablo II en su carta apostólica
Mulieris dignitatem con ocasión del relato bíblico de la creación de
Eva. Recordáis la escena: Dios ha infundido un sueño profundo a Adán y
forma de su costilla a Eva. Al despertarse Adán y ver a Eva desnuda
enfrente de él, grita: "¡Eres carne de mi carne y hueso de mis huesos!" y
añade el Papa: "La exclamación del primer varón al ver la mujer es de
admiración y de encanto: abarca toda la historia del ser humano sobre la
tierra" (5). (...)
Sin embargo, prosigue Juan Pablo II, "hay también producciones
artísticas –y quizás más a menudo reproducciones [fotografías]– que
suscitan objeciones en la sensibilidad personal del hombre, no por causa
de su objeto –pues el cuerpo humano, en sí mismo, tiene siempre su
inalienable dignidad–, sino por causa de la cualidad o modo en que se
reproduce artísticamente, se plasma, o se representa. (...) Es bien
sabido que a través de estos elementos, en cierto sentido, se hace
accesible al espectador, al oyente, o al lector, la misma
intencionalidad fundamental de la obra de arte o del producto
audiovisual. Si nuestra sensibilidad personal reacciona con repugnancia y
desaprobación, es porque estamos ante una obra o reproducción que,
junto con la objetivación del hombre y de su cuerpo, tiene una
intencionalidad fundamental que supone una reducción a rango de objeto,
de objeto de ‘goce’, destinado a la satisfacción de la concupiscencia
misma. Esto colisiona con la dignidad del hombre, incluso en el orden
intencional del arte y de la reproducción" (6).
(...) Desde esta perspectiva se descubre fácilmente que no tiene mayor
valor aquella supuesta distinción entre "pornografía" y "erotismo" de la
que venimos hablando. Cuando aquí se habla de "erotismo" no me estoy
refiriendo a la ternura, a la sugerencia, a las caricias, o a la
intimidad sexual, sino más bien al arte erótico, a la objetualización
del estímulo sexual.
La pornografía, explotación sexual
La pornografía existe en la literatura universal con cierta profusión al
menos desde los griegos: a cualquier ciudadano de principios del siglo
XXI el Lisístrata de Aristófanes sonroja todavía por su procacidad.
Obras de este tipo, aunque se presenten a veces como literatura o arte,
no son más que pornografía. Machado la llama "esa baja literatura que
halaga no más la parte inferior del centauro humano" (7) o Magris
–utilizando una expresión de Céline– la califica como el "bidet lírico"
(8). Como señaló agudamente Steiner, a pesar de los frecuentes elogios
acerca de la potencialidad creativa del sexo, la cruda realidad de la
pornografía es siempre monótonamente la misma y "no tiene una
importancia literaria eminente" (9).
En cambio, lo que sí ha cobrado una creciente importancia a lo largo del
siglo XX es la pornografía audiovisual tanto por el formidable
crecimiento de los medios de comunicación audiovisuales –en los últimos
años Internet– como por la denominada "revolución sexual" de los años
60, que ha hecho prácticamente banal tanto la exhibición de la intimidad
conyugal como de todo tipo de perversiones. Realmente, en nuestra
sociedad occidental sólo se considera verdaderamente reprobable la
denominada "pornografía infantil", esto es, el abuso sexual de niños
(10), mientras que las demás conductas sexuales se presentan simplemente
como "opciones sexuales" de seres humanos adultos.
Contra la mujer
(...) La pornografía es consumida principalmente por varones (11), y las
películas pornográficas para varones incluyen elementos y temas
sistemáticamente ofensivos y degradantes para las mujeres: las mujeres
suelen ser presentadas explícita o de una manera implícita como esclavas
sexuales (12). (...) Las afirmaciones que acabo de hacer resultan de
una gran importancia para entender la pornografía y dan también razón de
que el origen clásico del término "pornografía" sea el de escritura
(grafía) relativa a la prostitución (porneia). Para sus consumidores las
imágenes pornográficas son un sustituto audiovisual de la prostitución,
más higiénico, más económico, e incluso puede que más práctico.
(...) En la última década viene desarrollándose con singular fuerza el
movimiento, originado en Canadá y en auge en Estados Unidos, para la
eliminación de la pornografía no por motivos religiosos, sino por la
constatación empírica de que las películas pornográficas causan daño a
las mujeres, no sólo a las que toman parte en la filmación, sino también
a las que son violentadas por los varones excitados por esas películas o
que han aprendido en ellas nuevas prestaciones (13).
Heridas en la sensibilidad
(...) ¿Cómo influye la pornografía en la vida real de sus consumidores?
Los estudios científicos disponibles no llegan todavía a un consenso
total (14), pero para nuestros propósitos me parece muy certera la
expresión de que esas películas pueden herir la sensibilidad del
espectador. Más aún con esa expresión lo que quiere afirmarse es que
esas imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador hasta el punto
que se fijen de modo indeleble en su memoria. No me estoy refiriendo
sólo a aquel espectador que tenga una sensibilidad enfermiza, obsesiva o
deteriorada, sino en particular a la del espectador sano y normal, y
para ello apelo a la experiencia personal de cada uno y al archivo de
imágenes repugnantes que almacena muy a su pesar en su memoria.
(...) El negocio pornográfico es una brutal explotación del impulso
sexual de los machos, pero, quizá casi a partes iguales, vive también de
la curiosidad natural. Lo extraordinario es llamativo, atrae nuestra
atención. Se trata de lo que Laumann ha denominado el "gaper
phenomenon", el fenómeno del asombro que nos deja boquiabiertos: "Hay
curiosidad por cosas que son extraordinarias y fuera de lo corriente. Es
como pasar en coche junto a un horrible accidente. Nadie querría estar
envuelto en él, pero todos reducimos la velocidad para mirar" (15). Esta
poderosa tendencia humana en pos de lo novedoso, de emociones nuevas y
de "sabores fuertes" explica nuestra atención privilegiada a lo
extraordinario, a lo anormal y a lo desviado que cautiva nuestra
atención. También ayuda a comprender el fenómeno de la producción
cinematográfica que hemos denominado "pornografía de lujo", en la que la
excitación sexual se dosifica "prudentemente" junto con los
sentimientos, la aventura o incluso el lirismo.
Un claro rechazo
¿Qué se puede hacer para afrontar la "marea negra" de la pornografía?
1) Rechazar sistemáticamente la pornografía en todas sus formas y
denunciar su carácter degradante tanto para las mujeres en ella
utilizadas como para los consumidores. La pornografía no es tanto la
explicitación de la genitalidad, como el establecimiento de unas cadenas
de excitación y consumo –de verdadera explotación– entre creadores o
productores y audiencia. En este sentido, la pornografía sería una
adicción plenamente asimilable a la droga, tanto por el volumen de
negocio que mueve, como por la borrosa distinción entre drogas duras y
blandas (hard y soft porn), o incluso por la ingenua tolerancia
satisfecha que se tiene acerca de ella en muchos países democráticos en
nombre de la libertad de expresión. (...)
2) Luchar por la erradicación de la excitación sexual en los medios de
comunicación. La influencia más negativa y general de la pornografía o
el erotismo es que empobrece la imaginación de varones y de mujeres
hasta el punto de llegar a conformar reductivamente las relaciones entre
ellos. Como las relaciones entre las personas están mediadas por su
imaginación, la sistemática reducción de las relaciones entre mujeres y
varones en términos de mutua excitación sexual es una degradación
violenta de nuestra humana condición. (...)
3) Exigir una clara identificación de los productos pornográficos como
peligrosos y contaminantes de nuestro entorno moral e intelectual para
mantenerlos lo más lejos posible, cuando no puedan ser eliminados (16).
Como escribiera C.S. Lewis, "cuando los venenos se ponen de moda, no
dejan de matar" (17).
(...) Por eso, se alzan voces cada vez con más fuerza defendiendo el
"derecho a la desinformación", el derecho a no tener noticia de la
intimidad sexual de otras personas, o de la perversión o las
barbaridades de nuestros congéneres, tal como se empeñan en presentarnos
los telediarios –que compiten a base de "morbo" por su cuota de
audiencia– o incluso los periódicos de información general.
Educar la imaginación y el corazón
4) Empeñarse en educar la imaginación y el corazón de uno mismo y de los
demás. (...) Es preciso que nos empeñemos en un proceso de purificación
del clima social (18), que pasa no sólo por la eliminación o contención
de los productos contaminantes, sino también y sobre todo por la
difusión de estilos de vida creativos y solidarios, capaces de hacer más
felices a los seres humanos.
(... ) Un mundo sin pornografía sería un mundo mucho mejor que el
actual. Si hay pornografía es –además de una consecuencia del pecado
original– porque la vida cotidiana no llena su imaginación. Dejadme que
cite un texto de Simone Weil que expresa bien esta paradoja de la
imaginación humana: "El mal imaginario es romántico, variado; el mal
real, triste, monótono, desértico, tedioso. El bien imaginario es
aburrido; el bien real es siempre nuevo, maravilloso, embriagante" (19).
Así es la imaginación humana y por eso hace falta educar la propia
imaginación purificándola y desarrollándola de manera creativa.
En este sentido, la literatura y el cine tienen un papel decisivo en el
cultivo de la imaginación. Su misión no es simplemente el
entretenimiento, sino la educación más plena del ser humano, la
educación del corazón (20): son el mejor invento para ensanchar nuestra
experiencia humana, para cultivar nuestro corazón, para educar nuestra
imaginación. A través de algunas películas o novelas nuestra experiencia
personal, tantas veces inexplicable, se ilumina hasta llegar a formar
parte de la experiencia universal humana (21). En particular estoy
persuadido de que el cine y la literatura pueden ser el medio más eficaz
para que los varones aprendamos de la experiencia de las mujeres y las
mujeres aprendan de la de los varones, y sobre todo para que unas y
otros aprendamos a tratarnos mutuamente como personas.
____________________
(1) W. Percy, Signposts in a Strange Land, Farrar, Straus & Giroux, New York, 1991, págs. 362-363.
(2) Una definición semejante puede encontrarse en D. Jones (ed.),
Censorship. A World Encyclopedia, Fitzroy Dearborn, London, 2001, vol.
3, 1907: "Pornography is the depiction of sexual behaviour in the arts
and media that is intended to cause or does cause sexual arousal".
(3) D.L. Mosher, "Pornography Defined: Involvement Theory, Narrative
Context, and Goodness of Fit", Journal of Psychology and Human
Sexuality, 1 (1988), 67-85.
(4) Juan Pablo II, Audiencia general, 29 abril 1981, en La redención del corazón, Palabra, Madrid, 1996, 254.
(5) Juan Pablo II, Mulieris dignitatem (1988), 10.
(6) Juan Pablo II, Audiencia general, 6 mayo 1981, en La redención del corazón, 258.
(7) A. Machado, Los complementarios, Losada, Buenos Aires, 1968, 143.
(8) C. Magris, El Danubio, Anagrama, Barcelona, 1989, 46.
(9) G. Steiner, "Night Words", Language and Silence. Essays 1958-1966,
Faber & Faber, London, 1985, 91. Para un cuidadoso estudio de esta
cuestión, puede verse R. Shattuck, Conocimiento prohibido. De Prometeo a
la pornografía, Taurus, Madrid, 1998.
(10) T. Sancton, "Preying on the Young", Time, 2 septiembre 1996, 22-25.
(11) Un estudio de la Carnegie Mellon sobre pornografía en Internet
aportaba los datos de que el "98,9% de los consumidores on-line de
pornografía son varones. Y hay algún indicio de que del restante 1,1%
muchas son mujeres pagadas para tomar parte en las chat rooms y en los
boletines para que los clientes se sientan más a gusto". P.
Elmer-Dewitt, "On a Screen Near You: Cyberporn", Time, 3 julio 1995, 38.
(12) Cf. G. Cowan y K.F. Dunn, "What Themes in Pornography Lead to
Perceptions of the Degradation of Women?", Journal of Sex Research, 31
(1994), 11-21; D. Linz y N. Malamuth, Pornography, Sage, Newbury Park,
CA, 1993, 4.
(13) M. Serrill, "Smut that Harms Women", Time, 9 marzo 1992, 48; K.
Mahoney, "Por una sociedad más limpia", Nuestro Tiempo, diciembre 1992,
86-91; C. MacKinnon, Only Words, Harvard University Press, 1994; M. Le
Doeuff, El estudio y la rueca. De las mujeres, de la filosofía, etc.,
Cátedra, Madrid, 1993.
(14) D. Zillmann, "Effects of Prolonged Consumption of Pornography", en
D. Zillmann y J. Bryant (eds.), Pornography: Research Advances and
Policy Considerations, Lawrence Erlbaum, Hillsdale, NJ, 1989, 127-157;
D. Zillmann, "Influence of Unrestrained Access to Erotica on
Adolescents‘ and Young Adults’ Dispositions toward Sexuality", Journal
of Adolescent Health 27 Sup. (2000) 41-44 y R.J. Harris, "El impacto de
los media explícitamente sexuales", en D. Zillmann y J. Bryant (eds.),
Los efectos de los medios de comunicación. Investigaciones y teorías,
Paidós, Barcelona, 1996, 329-364; véase también D. Linz y N. Malamuth,
Pornography, 16-28 y el reciente estudio de C. Rogala y T. Tydén, "Does
Pornography Influence Young Women’s Sexual Behavior?", Women’s Health
Issues 13 (2003), 39-43, que da noticia de bibliografía relevante.
(15) E. Laumann, Sex in America, 1994; P. Elmer-Dewitt, "On a Screen Near You: Cyberporn", 40.
(16) Cf. R. Shattuck, Conocimiento prohibido, 359.
(17) C.S. Lewis, A Preface to "Paradise Lost", cap IV; cf. R. Shattuck, Conocimiento prohibido, 347.
(18) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2525.
(19) S. Weil, La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994, 111.
(20) N. Grimaldi, "El aprendizaje de la vida a través del cine y la literatura", Nuestro Tiempo, diciembre 1994, 116-125.
(21) W. Percy, Signposts in a Strange Land, 359.
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