Por: Alejandro Llano, profesor Ordinario de Filosofía de la Universidad de Navarra

Bajo la tranquilidad política interna que preside hoy felizmente la
existencia de los Estados democráticos de derecho, late una profunda
inquietud social, que casi nunca aflora, precisamente porque la causa
principal de tal desazón estriba en las dificultades que la
tecnoestructura política y económica pone a las libres iniciativas
civiles de los ciudadanos comunes y corrientes, para los que cada vez
resulta más arduo, no ya sólo llevar a la práctica sus proyectos
institucionales de tipo social o cultural, sino simplemente hacerse oír.
La versión de un optimismo oficial, cuya aceptación es obligatoria,
consiste en dar por obvio y sentado que los canales de expresión pública
están ampliamente abiertos a todos los ciudadanos; y que esta porosidad
social ha alcanzado su punto álgido cuando hemos cruzado felizmente las
puertas de la llamada sociedad de la información. Cuando lo que en
realidad acontece es más bien lo contrario: la proliferación de
mensajes, con la fascinación caótica que generan; la opacidad de la
propiedad y orientación de las fuentes de información; el deslizamiento
de la función propiamente informativa hacia el campo de lo que hoy se
llama entretenimiento; la trivialización de los aspectos culturales y
teóricos; el sensacionalismo y la falta de objetividad que suele padecer
el tratamiento de los temas religiosos; el entreveramiento doctrinal de
los medios, convertidos en plataformas ideológicas de amplio espectro,
mas no por ello libremente pluralistas; todos estos inquietantes
fenómenos nos han alejado todavía más a los ciudadanos de a pie, y a las
iniciativas cívicas autónomas, de los centros tecnoestructurales
vinculados al Estado y al mercado, desde los que se sigue intentando
orientar unilateralmente la opinión pública y la gestión de los asuntos
de interés general.
Y, sin embargo, son muchos los indicios que nos permiten afirmar que
este esquema aún dominante, basado en un dinamismo de descendente
colonización, comienza ya a mostrarse agotado; que de hoy en adelante
dará cada vez menos de sí, porque se basa en una antropología falaz, en
una ética manipulada, y en una filosofía política que está siendo
desbordada en todas las direcciones. El estudio de este cambio de
paradigma, que recoge las aspiraciones de miles de ciudadanos
insatisfechos, sería largo y trabajoso si pretendiéramos abordarlo con
minucioso rigor. Voy a rogar que su amabilidad me permita simplificar su
presentación hasta el punto de remitirla inicialmente a una sola
variante, en la que las sombras a las que alude el título de esta
conferencia responden a una concepción tecnocrática, individualista y
pragmática de la llamada sociedad de la información; mientras que las
luces que se comienzan a vislumbrar anuncian el tránsito a una sociedad
del conocimiento de signo humanista y solidario.
La evidencia circunstancial más cercana de que hemos llegado a un punto
de saturación improseguible, que clama por un giro enérgico, se puede
detectar hoy, a mi juicio, en la mutua conexión de dos fenómenos de
envergadura internacional que nos han mostrado hasta qué punto son
frágiles los pilares de la sociedad como espectáculo que habitamos. Me
refiero a las explosiones de ira -que en modo alguno pretendo
justificar- manifestadas en las protestas contra los fenómenos de
globalización, por una parte, y a algunas reacciones frente a los
terribles atentados del terrorismo internacional, por otra.
Poder, pero no autoridad
Además de otras coincidencias entre ambos eventos, hay una que me parece
muy reveladora: la amplia aceptación internacional de interpretaciones
con muy escaso fundamento que, sin embargo, han llegado a calar en la
opinión pública de un modo asombroso, lo cual es una manifestación de
poder, pero no un signo de autoridad. En el caso de las protestas
anti-globalización contra las cumbres mundiales de los países ricos, se
ha repetido una y otra vez que estas reacciones quedarán en nada, como
sucedió con las protestas estudiantiles de mayo del 68, a las que se
parecerían en la común heterogeneidad y en la falta de proyectos; cuando
lo cierto es que la revolución estudiantil en torno a 1968, con todas
sus implicaciones y consecuencias, constituye uno de los fenómenos
ideológicos más importantes del siglo XX. En el caso de los atentados
terroristas de Nueva York y Washington, se ha convertido en algo
relativamente común atribuir su origen al fundamentalismo y a la
religión, como si ambos términos vinieran a designar lo mismo, cuando
más bien habría que pensar que el propio fundamentalismo es antitético
de la auténtica religión: es otro tipo de manifestación del secularismo
que afecta a la mayor parte de las sociedades contemporáneas, ya que
tanto el materialismo práctico occidental como el fanatismo que fulgura
en algunos países de oriente proceden de una común crisis religiosa y
ética muy profunda, que constituye la raíz nunca mencionada del
terrorismo. Alguien tan poco sospechoso como Jürgen Habermas ha podido
decir que, «a pesar de su lenguaje religioso, el fundamentalismo es
exclusivamente un fenómeno moderno. En lo que respecta a los autores
islámicos de los atentados del 11 de septiembre, destaca de inmediato la
falta de contemporaneidad entre los motivos y los medios. Se refleja en
ello una asimetría entre cultura y sociedad, existente en sus países de
origen, que tiene como causa principal una acelerada modernización,
profundamente desarraigadora». Y Habermas añade que la sociedad actual
no ha encontrado un sustitutivo secular para la religión. Ni lo
encontrará -añado por mi cuenta-, porque, como decía T. S. Eliot, en
este mundo nada sustituye a nada. Pero lo menos sustituible de todo es
Dios, el no necesitante del que nosotros tenemos necesidad. Como ha
dicho el periodista alemán Christian Geyer, en los muros de la
Paulskriche, donde Habermas pronunció su discurso en la recepción del
Premio de la Paz concedido por los libreros de Frankfurt, figuraba con
grandes letras invisibles la frase de Horkheimer: «Es vano intentar
salvar un sentido incondicionado sin Dios».
Información y conocimiento
Pasar, como propongo y anuncio, de la sociedad de la información a la
sociedad del saber implica, desde luego, disolver la presunta
identificación entre transmitir información y generar conocimiento. Lo
que hoy entendemos por información es sólo un aspecto, y no el decisivo,
del saber humano. La información es algo externo y técnicamente
articulado, que se halla a nuestra disposición a través de los medios de
comunicación colectiva. El conocimiento, en cambio, es una actividad
vital, un crecimiento interno, un avance hacia nosotros mismos, un
enriquecimiento de nuestro ser práctico, una potenciación de nuestra
capacidad operativa. La información sólo tiene valor para el que sabe
qué hacer con ella: dónde buscarla, cómo seleccionarla, qué valor tiene
la que se ha obtenido y -por último- cómo procede utilizarla. Por el
contrario, el conocimiento es un fin en sí mismo, que de suyo no está
ordenado a lograr algo útil, sino a colmar el afán de saber que los
seres humanos abrigamos de manera natural.
Por su propia naturaleza, la información es homogénea, transmisible,
encapsulable, standard. En cambio, el conocimiento es originario,
crítico, personalizado, dialógico, emergente. No se trata, como es
obvio, de dos dimensiones contrapuestas, porque la información implica
adquisición de conocimientos y el conocimiento no puede florecer sin una
alta dosis de información. Se trata, más bien, de actitudes
antropológicas y sociales diferentes, en cuyo contexto al conocimiento
le corresponde el enclave humano irreductible y radical, en el que -al
mismo tiempo que el sujeto humano se alimenta de información y la
procesa- también la limita, la enjuicia y la genera. A diferencia de la
información, que está estrechamente relacionada con los aspectos
pragmáticos o retóricos del lenguaje, en el conocimiento predomina el
aspecto semántico, que confronta derechamente al lenguaje con lo que
constituye su finalidad y su perfección, es decir, con la verdad. Y esto
último es lo que, sobre todo, me interesa subrayar.
En la medida en que el ciudadano se mueva en el mundo original del
conocimiento, no será un consumidor dócil, acrítico y pasivo de
información. Y tenderá a comparecer él mismo activamente en un mundo
informativo en el cual y del cual tiene algo -quizá mucho- qué decir. Y,
sin necesidad de revestirse de arrogancia alguna, le importará más ese
aspecto activo y personal de su propio saber que los ídolos del foro
público y anónimo. En otras palabras, relativizará la información y sus
medios dominantes, respecto a los cuales se comportará con plena
libertad, cierta distancia y una moderada indiferencia. Será un usuario
culto de los canales de la opinión pública, respecto a los que
transitará gradualmente de la actitud de consumidor a la de actor o
agente responsable.
Anorexia cultural
Llegados a este punto, me atrevo a decir que es esta actitud culta,
activa, no resignada y relativamente escéptica la que, por regla
general, los católicos españoles no acabamos de acertar a adoptar
respecto a los medios de información y otros aspectos no carentes de
contenido intelectual en la vida pública de nuestro país. Si alguna
debilidad notoria acusa el catolicismo español de las últimas décadas es
precisamente su anorexia cultural, su escasa sensibilidad para las
cuestiones ideológicas, la superficial formación doctrinal de no pocos
de sus miembros y, en consecuencia, su menguada agilidad para participar
en la vida filosófica, científica, artística y literaria de nuestro
país, con la consiguiente automarginación respecto a los debates en los
que se ventila públicamente la orientación ética y política de nuestra
vida común.
Tal retraimiento se inscribe, aparentemente, en el marco más amplio de
la separación entre moral privada y moral pública que caracteriza al
panorama social español, a diferencia de lo que acontece en otros países
política y culturalmente más maduros. Entre nosotros se da por firme y
establecido el modelo político de la llamada república procedimental,
según el cual el Estado -y, en general, las Administraciones públicas-
se habrían de ocupar exclusivamente de lo funcionalmente correcto, de lo
jurídicamente legal, mientras que lo bueno y lo malo serían cuestiones
individualmente discutibles y problemáticas, como les sucedería a los
asuntos religiosos y de ética personal, que se tendrían que relegar al
ámbito estrictamente privado.
Este paradigma de la república procedimental, según resulta notorio, es
el oficial y el teóricamente reconocido, pero en modo alguno se respeta
en la realidad. Desde luego, las Administraciones públicas llevan años
interviniendo abusivamente en terrenos que afectan de lleno a cuestiones
de moral personal y no se retraen en absoluto de imponer un
permisivismo que choca con la conciencia cristiana de muchos españoles,
cuya actividad religiosa -especialmente por lo que afecta a la escuela y
a la familia- no se ve en modo alguno al reparo de incursiones
políticas marcadas, no pocas veces, por el signo de la arbitrariedad.
¿Y qué decir de los medios de comunicación colectiva? Exceptuando unos
pocos, no hay en los restantes cuestión, por íntima que sea, de moral
personal o de índole religiosa -especialmente si va acompañada de algún
ribete escandaloso, más o menos imaginario- que no encuentre acogida en
los miles de páginas de papel cuché y en los cientos de minutos de
programación televisiva y radiofónica que cada semana se dedican a
airear asuntos pintorescos y escabrosos.
A mi juicio no hay que perder ni un par de segundos en lamentarse de
estos subproductos de la sociedad de la información, aunque ocupen
también más de la mitad de las horas de emisión y de audiencia en la Red
por excelencia, en Internet, convertida mayoritariamente hasta ahora en
un medio mundializado de entretenimiento. Ante este tipo de cuestiones,
incluidas las injerencias de las Administraciones públicas donde no les
corresponde, procede comportarse -según recomienda el periodista
estadounidense Tom Wolfe- como los contrabandistas tradicionales
respecto a los carabineros y a la policía de fronteras: evitarlos, sin
malgastar un instante en enfrentarse con ellos.
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