sábado, 29 de enero de 2011

Por: Alejandro Llano, profesor Ordinario de Filosofía de la Universidad de Navarra




Bajo la tranquilidad política interna que preside hoy felizmente la existencia de los Estados democráticos de derecho, late una profunda inquietud social, que casi nunca aflora, precisamente porque la causa principal de tal desazón estriba en las dificultades que la tecnoestructura política y económica pone a las libres iniciativas civiles de los ciudadanos comunes y corrientes, para los que cada vez resulta más arduo, no ya sólo llevar a la práctica sus proyectos institucionales de tipo social o cultural, sino simplemente hacerse oír.

La versión de un optimismo oficial, cuya aceptación es obligatoria, consiste en dar por obvio y sentado que los canales de expresión pública están ampliamente abiertos a todos los ciudadanos; y que esta porosidad social ha alcanzado su punto álgido cuando hemos cruzado felizmente las puertas de la llamada sociedad de la información. Cuando lo que en realidad acontece es más bien lo contrario: la proliferación de mensajes, con la fascinación caótica que generan; la opacidad de la propiedad y orientación de las fuentes de información; el deslizamiento de la función propiamente informativa hacia el campo de lo que hoy se llama entretenimiento; la trivialización de los aspectos culturales y teóricos; el sensacionalismo y la falta de objetividad que suele padecer el tratamiento de los temas religiosos; el entreveramiento doctrinal de los medios, convertidos en plataformas ideológicas de amplio espectro, mas no por ello libremente pluralistas; todos estos inquietantes fenómenos nos han alejado todavía más a los ciudadanos de a pie, y a las iniciativas cívicas autónomas, de los centros tecnoestructurales vinculados al Estado y al mercado, desde los que se sigue intentando orientar unilateralmente la opinión pública y la gestión de los asuntos de interés general.

Y, sin embargo, son muchos los indicios que nos permiten afirmar que este esquema aún dominante, basado en un dinamismo de descendente colonización, comienza ya a mostrarse agotado; que de hoy en adelante dará cada vez menos de sí, porque se basa en una antropología falaz, en una ética manipulada, y en una filosofía política que está siendo desbordada en todas las direcciones. El estudio de este cambio de paradigma, que recoge las aspiraciones de miles de ciudadanos insatisfechos, sería largo y trabajoso si pretendiéramos abordarlo con minucioso rigor. Voy a rogar que su amabilidad me permita simplificar su presentación hasta el punto de remitirla inicialmente a una sola variante, en la que las sombras a las que alude el título de esta conferencia responden a una concepción tecnocrática, individualista y pragmática de la llamada sociedad de la información; mientras que las luces que se comienzan a vislumbrar anuncian el tránsito a una sociedad del conocimiento de signo humanista y solidario.

La evidencia circunstancial más cercana de que hemos llegado a un punto de saturación improseguible, que clama por un giro enérgico, se puede detectar hoy, a mi juicio, en la mutua conexión de dos fenómenos de envergadura internacional que nos han mostrado hasta qué punto son frágiles los pilares de la sociedad como espectáculo que habitamos. Me refiero a las explosiones de ira -que en modo alguno pretendo justificar- manifestadas en las protestas contra los fenómenos de globalización, por una parte, y a algunas reacciones frente a los terribles atentados del terrorismo internacional, por otra.


Poder, pero no autoridad

Además de otras coincidencias entre ambos eventos, hay una que me parece muy reveladora: la amplia aceptación internacional de interpretaciones con muy escaso fundamento que, sin embargo, han llegado a calar en la opinión pública de un modo asombroso, lo cual es una manifestación de poder, pero no un signo de autoridad. En el caso de las protestas anti-globalización contra las cumbres mundiales de los países ricos, se ha repetido una y otra vez que estas reacciones quedarán en nada, como sucedió con las protestas estudiantiles de mayo del 68, a las que se parecerían en la común heterogeneidad y en la falta de proyectos; cuando lo cierto es que la revolución estudiantil en torno a 1968, con todas sus implicaciones y consecuencias, constituye uno de los fenómenos ideológicos más importantes del siglo XX. En el caso de los atentados terroristas de Nueva York y Washington, se ha convertido en algo relativamente común atribuir su origen al fundamentalismo y a la religión, como si ambos términos vinieran a designar lo mismo, cuando más bien habría que pensar que el propio fundamentalismo es antitético de la auténtica religión: es otro tipo de manifestación del secularismo que afecta a la mayor parte de las sociedades contemporáneas, ya que tanto el materialismo práctico occidental como el fanatismo que fulgura en algunos países de oriente proceden de una común crisis religiosa y ética muy profunda, que constituye la raíz nunca mencionada del terrorismo. Alguien tan poco sospechoso como Jürgen Habermas ha podido decir que, «a pesar de su lenguaje religioso, el fundamentalismo es exclusivamente un fenómeno moderno. En lo que respecta a los autores islámicos de los atentados del 11 de septiembre, destaca de inmediato la falta de contemporaneidad entre los motivos y los medios. Se refleja en ello una asimetría entre cultura y sociedad, existente en sus países de origen, que tiene como causa principal una acelerada modernización, profundamente desarraigadora». Y Habermas añade que la sociedad actual no ha encontrado un sustitutivo secular para la religión. Ni lo encontrará -añado por mi cuenta-, porque, como decía T. S. Eliot, en este mundo nada sustituye a nada. Pero lo menos sustituible de todo es Dios, el no necesitante del que nosotros tenemos necesidad. Como ha dicho el periodista alemán Christian Geyer, en los muros de la Paulskriche, donde Habermas pronunció su discurso en la recepción del Premio de la Paz concedido por los libreros de Frankfurt, figuraba con grandes letras invisibles la frase de Horkheimer: «Es vano intentar salvar un sentido incondicionado sin Dios».


Información y conocimiento

Pasar, como propongo y anuncio, de la sociedad de la información a la sociedad del saber implica, desde luego, disolver la presunta identificación entre transmitir información y generar conocimiento. Lo que hoy entendemos por información es sólo un aspecto, y no el decisivo, del saber humano. La información es algo externo y técnicamente articulado, que se halla a nuestra disposición a través de los medios de comunicación colectiva. El conocimiento, en cambio, es una actividad vital, un crecimiento interno, un avance hacia nosotros mismos, un enriquecimiento de nuestro ser práctico, una potenciación de nuestra capacidad operativa. La información sólo tiene valor para el que sabe qué hacer con ella: dónde buscarla, cómo seleccionarla, qué valor tiene la que se ha obtenido y -por último- cómo procede utilizarla. Por el contrario, el conocimiento es un fin en sí mismo, que de suyo no está ordenado a lograr algo útil, sino a colmar el afán de saber que los seres humanos abrigamos de manera natural.

Por su propia naturaleza, la información es homogénea, transmisible, encapsulable, standard. En cambio, el conocimiento es originario, crítico, personalizado, dialógico, emergente. No se trata, como es obvio, de dos dimensiones contrapuestas, porque la información implica adquisición de conocimientos y el conocimiento no puede florecer sin una alta dosis de información. Se trata, más bien, de actitudes antropológicas y sociales diferentes, en cuyo contexto al conocimiento le corresponde el enclave humano irreductible y radical, en el que -al mismo tiempo que el sujeto humano se alimenta de información y la procesa- también la limita, la enjuicia y la genera. A diferencia de la información, que está estrechamente relacionada con los aspectos pragmáticos o retóricos del lenguaje, en el conocimiento predomina el aspecto semántico, que confronta derechamente al lenguaje con lo que constituye su finalidad y su perfección, es decir, con la verdad. Y esto último es lo que, sobre todo, me interesa subrayar.

En la medida en que el ciudadano se mueva en el mundo original del conocimiento, no será un consumidor dócil, acrítico y pasivo de información. Y tenderá a comparecer él mismo activamente en un mundo informativo en el cual y del cual tiene algo -quizá mucho- qué decir. Y, sin necesidad de revestirse de arrogancia alguna, le importará más ese aspecto activo y personal de su propio saber que los ídolos del foro público y anónimo. En otras palabras, relativizará la información y sus medios dominantes, respecto a los cuales se comportará con plena libertad, cierta distancia y una moderada indiferencia. Será un usuario culto de los canales de la opinión pública, respecto a los que transitará gradualmente de la actitud de consumidor a la de actor o agente responsable.


Anorexia cultural

Llegados a este punto, me atrevo a decir que es esta actitud culta, activa, no resignada y relativamente escéptica la que, por regla general, los católicos españoles no acabamos de acertar a adoptar respecto a los medios de información y otros aspectos no carentes de contenido intelectual en la vida pública de nuestro país. Si alguna debilidad notoria acusa el catolicismo español de las últimas décadas es precisamente su anorexia cultural, su escasa sensibilidad para las cuestiones ideológicas, la superficial formación doctrinal de no pocos de sus miembros y, en consecuencia, su menguada agilidad para participar en la vida filosófica, científica, artística y literaria de nuestro país, con la consiguiente automarginación respecto a los debates en los que se ventila públicamente la orientación ética y política de nuestra vida común.

Tal retraimiento se inscribe, aparentemente, en el marco más amplio de la separación entre moral privada y moral pública que caracteriza al panorama social español, a diferencia de lo que acontece en otros países política y culturalmente más maduros. Entre nosotros se da por firme y establecido el modelo político de la llamada república procedimental, según el cual el Estado -y, en general, las Administraciones públicas- se habrían de ocupar exclusivamente de lo funcionalmente correcto, de lo jurídicamente legal, mientras que lo bueno y lo malo serían cuestiones individualmente discutibles y problemáticas, como les sucedería a los asuntos religiosos y de ética personal, que se tendrían que relegar al ámbito estrictamente privado.

Este paradigma de la república procedimental, según resulta notorio, es el oficial y el teóricamente reconocido, pero en modo alguno se respeta en la realidad. Desde luego, las Administraciones públicas llevan años interviniendo abusivamente en terrenos que afectan de lleno a cuestiones de moral personal y no se retraen en absoluto de imponer un permisivismo que choca con la conciencia cristiana de muchos españoles, cuya actividad religiosa -especialmente por lo que afecta a la escuela y a la familia- no se ve en modo alguno al reparo de incursiones políticas marcadas, no pocas veces, por el signo de la arbitrariedad.

¿Y qué decir de los medios de comunicación colectiva? Exceptuando unos pocos, no hay en los restantes cuestión, por íntima que sea, de moral personal o de índole religiosa -especialmente si va acompañada de algún ribete escandaloso, más o menos imaginario- que no encuentre acogida en los miles de páginas de papel cuché y en los cientos de minutos de programación televisiva y radiofónica que cada semana se dedican a airear asuntos pintorescos y escabrosos.

A mi juicio no hay que perder ni un par de segundos en lamentarse de estos subproductos de la sociedad de la información, aunque ocupen también más de la mitad de las horas de emisión y de audiencia en la Red por excelencia, en Internet, convertida mayoritariamente hasta ahora en un medio mundializado de entretenimiento. Ante este tipo de cuestiones, incluidas las injerencias de las Administraciones públicas donde no les corresponde, procede comportarse -según recomienda el periodista estadounidense Tom Wolfe- como los contrabandistas tradicionales respecto a los carabineros y a la policía de fronteras: evitarlos, sin malgastar un instante en enfrentarse con ellos.


Tags: sociedad de información

Publicado por alfre1240 @ 9:00
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