sábado, 29 de enero de 2011

 

Libertad sin permiso ni disculpas

Lo interesante es romper el modelo imaginario de la república procedimental desde la base social, desde la iniciativa cívica, asumiendo la responsabilidad política, moral y cultural que a todo ciudadano corresponde. No esperemos que graciosamente se nos concedan unas libertades que son inherentes a la ciudadanía democrática. La libertad de intervenir en la realidad pública -y en este caso de promover nuevos medios de información y participar activamente en los existentes- hay que adoptarla, de una vez por todas, sin pedir permiso ni disculpas a nadie, porque en definitiva no hay más libertades que las que uno se toma.

Y esta necesidad de traspasar la línea de censura que algunos pretenden seguir estableciendo, interesadamente, entre el ámbito público y el privado se ha hecho evidente, justo, con el advenimiento de la sociedad del conocimiento. La separación oficial entre lo público y lo privado ha saltado por los aires especialmente en el ámbito del saber. Porque lo decisivo en la nueva sociedad no es el cúmulo de información de que se dispone, sino la capacidad de llegar a saber más, que no es patrimonio ni del Estado ni del mercado, sino que está en manos de aquellos que se empeñan en pensar con denuedo, en ejercer la manía de discurrir, considerada todavía como nefasta por los guardianes -mentalmente rancios- de la burocracia y del mercantilismo.

Nada más arriesgado que buscar decididamente la verdad y, cuando proceda, declararla. Lo que todavía en la sociedad de la información se sigue estimando como eminentemente subversivo es la capacidad de pensar por cuenta propia y de atreverse a decir lo que uno piensa. Tal es el resorte que impulsa la promoción y la participación en los medios que difunden las noticias y las ideas, así como el límite eficaz a la manipulación de las mentalidades. Aquí se encuentra la divisoria entre los dos modelos -el descendente de la colonización y el ascendente de la emergencia- a los que antes me refería. Y es justo en este terreno donde la capacidad de iniciativa de los católicos españoles debería experimentar un impulso de revitalización, que nos alejara del letargo de la pasividad y del conformismo tan patente hasta ahora.

El advenimiento de la sociedad del saber facilita poner un punto final a cierta fascinación del catolicismo español ante la política como actividad preferencial, explicable tal vez por las vicisitudes históricas de los dos últimos siglos. Sea cual fuere la explicación que se dé a tal fenómeno de supravaloración de la política, y el juicio que sobre él se emita, es preciso percatarse de que el actual sentido de la responsabilidad social, centrado en lo que hace un par de años llamé nueva ciudadanía, se ha desplazado de la articulación entre política y economía, típica de la sociedad industrial, y ha adquirido otros matices en la nueva galaxia de la sociedad del saber y de la mentalidad postmoderna.

Nos guste o no, el Estado ha dejado de ser el centro y el vértice de la vida social. Lo que tenemos en la actual sociedad compleja es una realidad multicéntrica y relacional, en cuya comprensión no se puede avanzar si se adopta una perspectiva unilateral o simplista, como es la que aportan los ejes público/privado, Estado/individuo y Estado/mercado. El Estado ya no es, por supuesto, el Absoluto objetivado de los idealistas románticos. Pero es que ni siquiera constituye el interlocutor único de todos los actores sociales, como entienden aún las ideologías de cuño liberal o socialista. En términos sistémicos, tomados de la sociología de Niklas Luhmann, habría que decir que el Estado es hoy una especie de subsistema organizador y orientador. Mientras que, en los términos humanistas que yo prefiero emplear, el Estado tiene una función arquitectónica y de salvaguarda supletoria respecto a las iniciativas o subjetividades sociales. Más aún: la propia política ya no es -si es que alguna vez lo fue- la función social decisiva, ni en sí misma, ni en sus relaciones mutuas con la economía. Desde luego, las innovaciones más interesantes del llamado siglo breve (1914-1989) no han surgido precisamente del ámbito político. Lo que la ciudadanía postmoderna -en su mejor sentido- ha captado con notable agudeza es que el parámetro clave para la comprensión actual de la propia ciudadanía es la cultura. Sólo desde esta dimensión básica -la ética y cultural- se puede entender el papel decisivo que a la nueva ciudadanía le compete en la sociedad del conocimiento, y cómo la religión -según puso de relieve Pannenberg- constituye un aspecto básico de las grandes articulaciones antropológicas.


Iniciativa social

La rigidez del constructo burocrático-mercantil, la interpenetración tan tupida hoy como ayer entre Estado y mercado, impide plantear de manera realista las relaciones entre lo privado y lo público, oscilantes siempre entre el oficialismo y su precario remedio, a saber, la privatización. No se advierte que la sociedad actual -cuya índole organizativa es la reticularidad compleja- impide de hecho una polarización tan esquemática entre mercado y Estado, indeseable también desde la perspectiva del despliegue de la libertad pública y la responsabilidad social. La propia concepción democrática de la ciudadanía demanda que se introduzca, al menos, un tercer término: el de la iniciativa social. Lo cual tiene la mayor relevancia, porque hoy sabemos que la clave para la solución de los problemas derivados de la creciente complejidad actual se encuentra precisamente en el aspecto relacional y ascendente que discurre desde la base ciudadana -desde lo que pasa en la calle- hasta las estructuras universales y abstractas de tipo político y económico. Y éste es precisamente el dinamismo propio de las iniciativas sociales, que acontecen también -más o menos espontáneamente- en el terreno mediático cuando las fuentes antropológicas del saber no se encuentran cegadas o reprimidas.

Las iniciativas sociales son intervenciones de las solidaridades primarias y secundarias en el ámbito social. Superando el inicial esquematismo de la alternativa privado/público, cabe resaltar que la índole de las iniciativas sociales no es estrictamente privada ni propiamente pública. Se engarzan en las redes relacionales y multidimensionales que componen el entramado de la sociedad postmoderna. Y nos dan la clave para la comprensión de lo que significa la nueva ciudadanía.

Lo que, de entrada, distingue a la nueva ciudadanía de la ciudadanía convencional (en sentido estrictamente moderno) es precisamente su estrecha conexión con la acción humana. Ser ciudadano no significa hoy principalmente pagar impuestos, recibir prestaciones sanitarias, tener la propiedad de un inmueble o vender unos títulos en la Bolsa. Ninguna de estas situaciones evoca en nosotros el sentido fuerte y sustantivo de la expresión ciudadanía que, si no quiere ser tautológico, se ha de referir al libre protagonismo cívico en la configuración de la sociedad.

Tal es la médula de lo que hoy muchos de nosotros queremos entender por democracia. Si una sociedad democráticamente configurada no facilita y fomenta la activa intervención de los ciudadanos en proyectos de relevancia pública, y especialmente en aquellos más estrechamente relacionados con la generación y transmisión de ideas, la frustración que provoca es inmediata y continua, justo porque actualmente las responsabilidades y afanes que merecen el calificativo de ciudadanos o cívicos no son tanto de tipo político o económico como de índole preferentemente cultural, es decir, de creación de sentido y de autorrealización de la propia identidad.

Nada menos realista -en contra de lo que pudiera suponerse desde el pragmatismo dominante- que atribuir a estas dimensiones cualitativas y humanistas un carácter ornamental o adjetivo. Era el error típico de los grupos más conservadores de nuestra sociedad, musicalmente ciegos para todo lo que pudiera implicar reflexiones de cierta hondura filosófica. Error al que más recientemente se han sumado, con entusiasmo de neófitos, los sectores autoconsiderados como progresistas, que han creído ver en este chato utilitarismo un factor de modernidad, precisamente cuando el rasgo central de la situación presente es la crisis de la modernidad. Pero es que, además, lo que a duras penas se podía considerar admisible hace unas décadas, resulta hoy del todo contraproducente y extemporáneo. Porque, en la sociedad del saber, el recurso clave que define la riqueza de las naciones ya no es la capacidad para producir y transformar materias primas, sino la densidad cultural y científica como caldo de cultivo para la generación de conocimientos nuevos. Y, por otra parte, los problemas más vivos que tenemos planteados en las sociedades del capitalismo tardío son precisamente de índole cualitativa y, por así decirlo, conceptual: la caída demográfica, los flujos migratorios, la mundialización, la marginación y disidencia interna, el terrorismo, la quiebra de la familia como institución, el espectacular descenso del nivel de la enseñanza, la corrupción económica y la crisis de la ética…


Frente a lo público/privado, lo humano/no humano

Como ha indicado el sociólogo italiano Pierpaolo Donati, la discriminación básica que delimita el concepto de ciudadanía ya no es la dicotomía privado/público, sino la de la contraposición humano/no humano. Por eso considero que la gran tarea que hoy es preciso acometer estriba en el descubrimiento y realización de un humanismo cívico, entendido como una nueva configuración de la responsabilidad ciudadana, que traslada el centro de gravedad colectivo desde las dimensiones tecno-estructurales a la base cultural y social, a esa fuente originaria de sentido que los fenomenólogos llaman mundo de la vida.

El eje decisivo es ahora, insisto, el eje humano/no humano. Lo humano del humanismo cívico es el desarrollo de la persona en toda su envergadura cultural y social. Y lo no humano que se opone al humanismo cívico es la masificación alienante del individuo irresponsable que ya no sabe dónde está la fuente de una identidad en la que el factor religioso juega un papel clave.

La deshumanización que avanza en forma de consumismo desbocado, de intolerancia con emigrantes y extranjeros, de malos tratos a niños y mujeres, o de corrupción económica, parece correr en paralelo con un inesperado crecimiento de la ética. Pero, como acaba de señalar Robert Spaemann, el boom de la ética es sospechoso. Un castizo amigo mío lo había descubierto mucho antes, porque lleva años diciendo que, cuando oye hablar de ética, echa mano a la cartera (para impedir que se la roben, claro). Especialmente significativo resulta el astillamiento de la moral en escuelas contrapuestas y en disciplinas deontológicas especializadas, generalmente de orientación pragmatista o consecuencialista. Algunos cultivadores de la bioética, de la ética empresarial o de la ética informativa, por ejemplo, no parecen muy interesados en lo que, desde Aristóteles, se llama verdad práctica; se han convertido más bien en algo así como intermediarios o negociadores entre quienes pretenden conseguir a toda costa la implantación de ciertas prácticas, tales como la experimentación con células madre extraídas de embriones humanos congelados, y quienes consideran que tal proceder atenta contra la dignidad humana. La clave no declarada de la mediación consiste en que, de entrada, se sabe que tal práctica se va a introducir, y la función de tales especialistas en cuestiones éticas consiste en lograr que tal proceso no sea traumático, gracias -por ejemplo- a la ficción del concepto relativista de pre-embrión, que puede tranquilizar a los que mantienen una postura calificada de tradicionalista. Más en el fondo aún, se encuentra uno de esos conceptos de matriz marxista, precipitadamente tenidos por superados, según el cual lo que tiene que suceder, sucederá.

Como recientemente ha demostrado la interesante polémica del Presidente federal Rau con el Canciller alemán Schröder, socialistas ambos, con posturas antitéticas respecto al tema que acabo de mencionar, este tipo de cuestiones tienen una extraordinaria importancia de índole cultural y ética, pero también económica, política y, sin duda, religiosa. Nada parecido se ha registrado en España y, lo que es más grave, resultaría insólito que llegara a desarrollarse una discusión de tal nivel intelectual, que implique a personas relevantes de la vida pública, y en la que los medios de comunicación social se abran a las diversas posturas mantenidas por sociólogos, filósofos, teólogos y científicos. Y aquí reside, justamente, esa índole ambigua y endeble de la actual estructura social española, que resulta tan inquietante para cualquier observador, sobre todo para los que podemos llegar a ser sus potenciales víctimas, por ejemplo, a través de la legalización de la eutanasia.


Por un Foro independiente

Bien entendido que lo sustancial y relevante para el presente discurso no es tanto la defensa de la vida humana como la función del pensamiento moral y religioso en una sociedad que se vacía a ojos vista de su "ethos" y no parece conseguir que sus medios de comunicación pública se abran a una discusión caracterizada por el pluralismo y el rigor intelectual. De ahí la necesidad patente de que se vayan estableciendo las condiciones de posibilidad para que empiece a hacer acto de presencia algo así como una república de las letras, un foro independiente de fomento del saber humanista y de discusión abierta de los temas más candentes. De ese foro se podría afirmar, de entrada, lo que el pensador polaco Leszek Kolakowski dice de la filosofía, a saber: «La filosofía no siembra ni recoge, sólo remueve la tierra». Si se lograra remover los espíritus aletargados y airear los ambientes enrarecidos, aun sin propósitos apologéticos, se habría prestado un auténtico servicio a la verdad, que siempre acierta a encontrar sus caminos cuando no se la hace prisionera de la injusticia, según la expresión paulina.

La constitución de este ámbito de discusión libre y abierta implica, sin duda, la promoción de medios de información colectiva y la participación más activa en los ya existentes. Pero su ámbito decisivo -en la línea que vengo sugiriendo a lo largo de esta intervención mía- no es la comunicación misma sino justo la educación. La educación es decisiva en la sociedad del conocimiento, precisamente, porque en el ser humano no existe el saber innato o automáticamente transmisible. Como dijo Pero Grullo, «para saber, hay que llegar a saber». De ahí el fracaso de ese tipo de educación llamada activa que todo lo fiaba a la espontaneidad del alumno; y el hecho de que una de las perlas de la globalización sea la decisión de la Cumbre del Milenio, reunida hace unos meses en Nueva York, donde se decidió solemnemente instalar una terminal de Internet en cada una de las escuelas de los países subdesarrollados, sin preguntarse a qué red -estoy pensando en la eléctrica- se enchufaría el aparato, y qué comerían los niños entre web y web.

Frente a la mera instrucción o ilustración, que responde al paradigma de la eficacia, la educación se inserta en el paradigma de la fecundidad, por caracterizar ahora de este modo los dos modelos a los que me vengo refiriendo. En rigor, el tema de la educación pone en vilo los problemas decisivos de la sociedad de la información sobre el trasfondo de la sociedad del saber. Porque para educar es preciso tener una idea clara de la naturaleza del conocimiento y del valor incondicionado de la verdad, así como de la dinámica histórica del saber, es decir, del papel de la tradición y del progreso en las comunidades de enseñanza y aprendizaje, cuya decisiva función ha subrayado Alasdair MacIntyre. La propia naturaleza de la ciencia entra, por tanto, en cuestión. Y también es patente la conexión entre la educación, por una parte, y la ética y la política por otra.

Pero más relevante aún es el hecho de que la educación representa la prueba de fuego de las diversas concepciones acerca de la sociedad y de la persona humana. Si tales concepciones están equivocadas, si no responden a la articulación real entre naturaleza humana y cultura, la educación -por decirlo así- no funciona. No es que se eduque equivocadamente, según valores deficientes, es que no se educa en modo alguno; se interrumpe la dinámica del saber, por no haber acertado a pulsar los adecuados resortes de la realidad misma. La realidad se puede transformar pero no se puede falsear. Aunque nosotros no lo seamos, la realidad es siempre fiel a sí misma. Tal es la vieja enseñanza de la metafísica realista, de la que -pese a la sucesión de idealismos, escepticismos y positivismos- podría decirse, con Gilson, que entierra a sus enterradores y renace de sus cenizas como el Ave Fénix, es decir, que permanece vigente en su incesante interrogar. Llegados a este punto -queramos o no-, nos las tenemos que ver con la palabra naturaleza, cuyo núcleo semántico está estrechamente vinculado con la fecundidad. Como antes adelanté, una cosa es la eficacia y otra la fecundidad. La eficacia tiene que ver con la disposición objetiva de los medios. La fecundidad se refiere al logro real de los fines. Es cierto que, sin un mínimo de eficacia, no hay fecundidad posible, pero sólo la fecundidad asegura la eficacia a largo plazo, es decir, en términos históricos y culturales.

La eficacia viene hoy dada, preferentemente, por las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. Pero tales instrumentos sólo son humanamente relevantes si se ponen al servicio de la fecundidad, que estriba en el conocimiento y la sabiduría en conexión con el uso de tales medios; uso dirigido hacia la paideia, hacia la formación del hombre y del ciudadano, hacia la promoción del humanismo cívico. La clave del inmediato futuro residirá en la sabia articulación o sutura de los medios tecnológicos más avanzados con planteamientos educativos y culturales rigurosos, que estén atentos a las auténticas exigencias éticas que el propio avance del saber teórico y práctico lleva consigo.

Desde esta perspectiva, la correlación entre los dos términos del eje humano/no humano, antes aludido, deja de ser simple y exclusivamente bienintencionada. Y es que no se trata de la elemental contraposición entre lo positivo y lo negativo, pues en la actualidad la humanización no es un valor incuestionado, ya que puede equivaler a informalidad, falta de exactitud o carencia de profesionalidad. Son aspectos que encontramos, por ejemplo, en la expresión fallo humano, tan utilizada para explicar el origen de accidentes. En la terminología de Luhmann, lo no humano son lo sistemas, de lo cuales evidentemente es impensable prescindir a estas alturas, por ejemplo, en el campo de las nuevas tecnologías de la información. En cambio, lo humano es el medio social, llamado por él ambiente. De manera que, sorprendentemente, según Luhmann el hombre no formaría parte del sistema, sino del ambiente. Esto resulta razonablemente escandaloso desde una perspectiva humanista, porque parece trivializar el papel de la persona en la sociedad; pero -como ha señalado Pedro Morandé- también contribuye a disolver el mito marxista de que el hombre está esencialmente constituido por las estructuras socioeconómicas. Se trata, en cualquier caso, de reivindicar frente a Luhmann la índole central y fundamental de la persona humana, pero sin desconectarla en modo alguno de los sistemas, fuera de los cuales pierde hoy toda eficacia y, en consecuencia, queda problematizada su posible fecundidad.


La calidad humana

Lo más interesante de la nueva situación a la que nos estamos asomando, lo que nos ofrece una verdadera oportunidad vital, es que aceleradamente la calidad humana -es decir, la excelencia ética y cultural- se pondrá de manifiesto cada vez de modo más claro, gracias precisamente a la inmediatez y transparencia que pueden aportar las nuevas tecnologías de la información. Éstas son las luces. Por motivos simétricos, el riesgo es también inminente y obvio: las maniobras de enmascaramiento y ensoñación pueden producirse con una contundencia inédita en una sociedad poblada de simulacros, donde las representaciones tienden a ocupar todo el territorio de la realidad. Ahora bien, cabe esperar que la propia rapidez de los ciclos comunicativos contribuirá al desenmascaramiento de la ilusión y a la vigilia de la inteligencia. Lo que aparecerá una y otra vez -ahora sin falsos elitismos ni vanguardias concienciadas- es la capacidad interpretativa de los usuarios, vale decir, su facultad de comprender panoramas complejos y velozmente mutables. Desde el punto de vista operativo, lo que tendrá más importancia será la capacidad estratégica para la comunicación, mientras que el poder para el acaparamiento de medios de información pasará a segundo término.

Al encaminarnos hacia una situación de esta traza, aumenta notablemente la relevancia de las minorías culturalmente bien preparadas, técnicamente capaces, intelectualmente activas y espiritualmente maduras. Desde esta perspectiva, no es improcedente hablar -como se viene haciendo desde hace unos años- de la minoría cristiana. Lo que no tendría mucho sentido sería atribuirle a esta expresión un sentido cuantitativo y, además, positivo; como si resultara deseable que los cristianos fuéramos pocos y estuviéramos marginados, con la finalidad de evitar los riesgos del confesionalismo y la prepotencia. Para mal o para bien, tales riesgos han desaparecido en cualquier caso del mapa y alancear a un muerto nunca ha sido una actividad muy airosa. No, el interés de la expresión minoría cristiana se lo proporciona su connotación cualitativa y el factor sorpresa -por decirlo en terminología táctica- que puede adquirir en un país en el que sociológicamente la mayoría, gracias a Dios, sigue siendo católica.

La virtualidad de la actuación de la minoría cristiana puede multiplicarse exponencialmente en la sociedad del conocimiento, en la que la capacidad de reproducir los ejemplares, atribuida por Walter Benjamin a la cultura moderna, ha perdido importancia en el paso del modelo industrial al modelo postindustrial, al relativizarse la economía de escala y aparecer técnicas productivas del tipo just in time, según las cuales el coste medio de un ejemplar no disminuye al aumentar el número de copias.

De manera curiosa e inesperada, a lo que esto nos conduce es a una reactualización del valor de los contenidos, porque es la calidad de una trama, de una historia o de una idea -y no su reproducibilidad- la que marca las distancias. Nadie se lo esperaba, pero resulta que, en los medios audiovisuales, el escritor, el guionista, ha pasado a ser la estrella. Para llenar tantos cientos de horas de tantas decenas de canales y emisoras hacen falta multitud de excelentes y prolíficos narradores, pues resulta que -al final- lo que nos sigue interesando a la gente corriente son las buenas historias. Hay una sorprendente y positiva recuperación del sentido de lo narrativo que, como ha señalado MacIntyre, indica una superación del objetivismo ilustrado y una renovación de la concepción teleológica, finalizada, de la realidad.

Sucede así que la gran tarea presente de la minoría cristiana es contribuir a la formación de escritores, de mujeres y hombres de letras, que constituyen paradójicamente la profesión más necesaria en la era de las nuevas tecnologías, cuando simultáneamente se anuncia la irrupción de una cultura postliteraria. Resulta curioso que los grandes avances en las tecnologías multimedia se hayan producido, no tanto -como se esperaba- en el terreno del cálculo y la medición, sino en el procesamiento de textos, que ha popularizado el uso de los ordenadores personales y ha generalizado la navegación por Internet.

Otra de las paradojas de las tecnologías de la información y la comunicación está siendo la facilidad para la formación de pequeños grupos de investigadores e intelectuales, que pueden estar establemente conectados a través del correo electrónico y otros procedimientos semejantes. Quien prescinda hoy de estos medios se convierte en una especie de ermitaño científico. Pero quien no tenga algún propósito de indagación o de acción al usarlos pierde lamentablemente el tiempo, según se ha demostrado que sucede, abrumadoramente, en algunas empresas multinacionales, donde al parecer el uso de Internet para cuestiones profesionales o técnicas supone el catorce por ciento del tiempo de utilización, mientras que la mayor parte del tiempo restante se dedica a la pornografía.


Tags: sociedad de información

Publicado por alfre1240 @ 10:00
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