
Libertad sin permiso ni disculpas
Lo interesante es romper el modelo imaginario de la república
procedimental desde la base social, desde la iniciativa cívica,
asumiendo la responsabilidad política, moral y cultural que a todo
ciudadano corresponde. No esperemos que graciosamente se nos concedan
unas libertades que son inherentes a la ciudadanía democrática. La
libertad de intervenir en la realidad pública -y en este caso de
promover nuevos medios de información y participar activamente en los
existentes- hay que adoptarla, de una vez por todas, sin pedir permiso
ni disculpas a nadie, porque en definitiva no hay más libertades que las
que uno se toma.
Y esta necesidad de traspasar la línea de censura que algunos pretenden
seguir estableciendo, interesadamente, entre el ámbito público y el
privado se ha hecho evidente, justo, con el advenimiento de la sociedad
del conocimiento. La separación oficial entre lo público y lo privado ha
saltado por los aires especialmente en el ámbito del saber. Porque lo
decisivo en la nueva sociedad no es el cúmulo de información de que se
dispone, sino la capacidad de llegar a saber más, que no es patrimonio
ni del Estado ni del mercado, sino que está en manos de aquellos que se
empeñan en pensar con denuedo, en ejercer la manía de discurrir,
considerada todavía como nefasta por los guardianes -mentalmente
rancios- de la burocracia y del mercantilismo.
Nada más arriesgado que buscar decididamente la verdad y, cuando
proceda, declararla. Lo que todavía en la sociedad de la información se
sigue estimando como eminentemente subversivo es la capacidad de pensar
por cuenta propia y de atreverse a decir lo que uno piensa. Tal es el
resorte que impulsa la promoción y la participación en los medios que
difunden las noticias y las ideas, así como el límite eficaz a la
manipulación de las mentalidades. Aquí se encuentra la divisoria entre
los dos modelos -el descendente de la colonización y el ascendente de la
emergencia- a los que antes me refería. Y es justo en este terreno
donde la capacidad de iniciativa de los católicos españoles debería
experimentar un impulso de revitalización, que nos alejara del letargo
de la pasividad y del conformismo tan patente hasta ahora.
El advenimiento de la sociedad del saber facilita poner un punto final a
cierta fascinación del catolicismo español ante la política como
actividad preferencial, explicable tal vez por las vicisitudes
históricas de los dos últimos siglos. Sea cual fuere la explicación que
se dé a tal fenómeno de supravaloración de la política, y el juicio que
sobre él se emita, es preciso percatarse de que el actual sentido de la
responsabilidad social, centrado en lo que hace un par de años llamé
nueva ciudadanía, se ha desplazado de la articulación entre política y
economía, típica de la sociedad industrial, y ha adquirido otros matices
en la nueva galaxia de la sociedad del saber y de la mentalidad
postmoderna.
Nos guste o no, el Estado ha dejado de ser el centro y el vértice de la
vida social. Lo que tenemos en la actual sociedad compleja es una
realidad multicéntrica y relacional, en cuya comprensión no se puede
avanzar si se adopta una perspectiva unilateral o simplista, como es la
que aportan los ejes público/privado, Estado/individuo y Estado/mercado.
El Estado ya no es, por supuesto, el Absoluto objetivado de los
idealistas románticos. Pero es que ni siquiera constituye el
interlocutor único de todos los actores sociales, como entienden aún las
ideologías de cuño liberal o socialista. En términos sistémicos,
tomados de la sociología de Niklas Luhmann, habría que decir que el
Estado es hoy una especie de subsistema organizador y orientador.
Mientras que, en los términos humanistas que yo prefiero emplear, el
Estado tiene una función arquitectónica y de salvaguarda supletoria
respecto a las iniciativas o subjetividades sociales. Más aún: la propia
política ya no es -si es que alguna vez lo fue- la función social
decisiva, ni en sí misma, ni en sus relaciones mutuas con la economía.
Desde luego, las innovaciones más interesantes del llamado siglo breve
(1914-1989) no han surgido precisamente del ámbito político. Lo que la
ciudadanía postmoderna -en su mejor sentido- ha captado con notable
agudeza es que el parámetro clave para la comprensión actual de la
propia ciudadanía es la cultura. Sólo desde esta dimensión básica -la
ética y cultural- se puede entender el papel decisivo que a la nueva
ciudadanía le compete en la sociedad del conocimiento, y cómo la
religión -según puso de relieve Pannenberg- constituye un aspecto básico
de las grandes articulaciones antropológicas.
Iniciativa social
La rigidez del constructo burocrático-mercantil, la interpenetración tan
tupida hoy como ayer entre Estado y mercado, impide plantear de manera
realista las relaciones entre lo privado y lo público, oscilantes
siempre entre el oficialismo y su precario remedio, a saber, la
privatización. No se advierte que la sociedad actual -cuya índole
organizativa es la reticularidad compleja- impide de hecho una
polarización tan esquemática entre mercado y Estado, indeseable también
desde la perspectiva del despliegue de la libertad pública y la
responsabilidad social. La propia concepción democrática de la
ciudadanía demanda que se introduzca, al menos, un tercer término: el de
la iniciativa social. Lo cual tiene la mayor relevancia, porque hoy
sabemos que la clave para la solución de los problemas derivados de la
creciente complejidad actual se encuentra precisamente en el aspecto
relacional y ascendente que discurre desde la base ciudadana -desde lo
que pasa en la calle- hasta las estructuras universales y abstractas de
tipo político y económico. Y éste es precisamente el dinamismo propio de
las iniciativas sociales, que acontecen también -más o menos
espontáneamente- en el terreno mediático cuando las fuentes
antropológicas del saber no se encuentran cegadas o reprimidas.
Las iniciativas sociales son intervenciones de las solidaridades
primarias y secundarias en el ámbito social. Superando el inicial
esquematismo de la alternativa privado/público, cabe resaltar que la
índole de las iniciativas sociales no es estrictamente privada ni
propiamente pública. Se engarzan en las redes relacionales y
multidimensionales que componen el entramado de la sociedad postmoderna.
Y nos dan la clave para la comprensión de lo que significa la nueva
ciudadanía.
Lo que, de entrada, distingue a la nueva ciudadanía de la ciudadanía
convencional (en sentido estrictamente moderno) es precisamente su
estrecha conexión con la acción humana. Ser ciudadano no significa hoy
principalmente pagar impuestos, recibir prestaciones sanitarias, tener
la propiedad de un inmueble o vender unos títulos en la Bolsa. Ninguna
de estas situaciones evoca en nosotros el sentido fuerte y sustantivo de
la expresión ciudadanía que, si no quiere ser tautológico, se ha de
referir al libre protagonismo cívico en la configuración de la sociedad.
Tal es la médula de lo que hoy muchos de nosotros queremos entender por
democracia. Si una sociedad democráticamente configurada no facilita y
fomenta la activa intervención de los ciudadanos en proyectos de
relevancia pública, y especialmente en aquellos más estrechamente
relacionados con la generación y transmisión de ideas, la frustración
que provoca es inmediata y continua, justo porque actualmente las
responsabilidades y afanes que merecen el calificativo de ciudadanos o
cívicos no son tanto de tipo político o económico como de índole
preferentemente cultural, es decir, de creación de sentido y de
autorrealización de la propia identidad.
Nada menos realista -en contra de lo que pudiera suponerse desde el
pragmatismo dominante- que atribuir a estas dimensiones cualitativas y
humanistas un carácter ornamental o adjetivo. Era el error típico de los
grupos más conservadores de nuestra sociedad, musicalmente ciegos para
todo lo que pudiera implicar reflexiones de cierta hondura filosófica.
Error al que más recientemente se han sumado, con entusiasmo de
neófitos, los sectores autoconsiderados como progresistas, que han
creído ver en este chato utilitarismo un factor de modernidad,
precisamente cuando el rasgo central de la situación presente es la
crisis de la modernidad. Pero es que, además, lo que a duras penas se
podía considerar admisible hace unas décadas, resulta hoy del todo
contraproducente y extemporáneo. Porque, en la sociedad del saber, el
recurso clave que define la riqueza de las naciones ya no es la
capacidad para producir y transformar materias primas, sino la densidad
cultural y científica como caldo de cultivo para la generación de
conocimientos nuevos. Y, por otra parte, los problemas más vivos que
tenemos planteados en las sociedades del capitalismo tardío son
precisamente de índole cualitativa y, por así decirlo, conceptual: la
caída demográfica, los flujos migratorios, la mundialización, la
marginación y disidencia interna, el terrorismo, la quiebra de la
familia como institución, el espectacular descenso del nivel de la
enseñanza, la corrupción económica y la crisis de la ética…
Frente a lo público/privado, lo humano/no humano
Como ha indicado el sociólogo italiano Pierpaolo Donati, la
discriminación básica que delimita el concepto de ciudadanía ya no es la
dicotomía privado/público, sino la de la contraposición humano/no
humano. Por eso considero que la gran tarea que hoy es preciso acometer
estriba en el descubrimiento y realización de un humanismo cívico,
entendido como una nueva configuración de la responsabilidad ciudadana,
que traslada el centro de gravedad colectivo desde las dimensiones
tecno-estructurales a la base cultural y social, a esa fuente originaria
de sentido que los fenomenólogos llaman mundo de la vida.
El eje decisivo es ahora, insisto, el eje humano/no humano. Lo humano
del humanismo cívico es el desarrollo de la persona en toda su
envergadura cultural y social. Y lo no humano que se opone al humanismo
cívico es la masificación alienante del individuo irresponsable que ya
no sabe dónde está la fuente de una identidad en la que el factor
religioso juega un papel clave.
La deshumanización que avanza en forma de consumismo desbocado, de
intolerancia con emigrantes y extranjeros, de malos tratos a niños y
mujeres, o de corrupción económica, parece correr en paralelo con un
inesperado crecimiento de la ética. Pero, como acaba de señalar Robert
Spaemann, el boom de la ética es sospechoso. Un castizo amigo mío lo
había descubierto mucho antes, porque lleva años diciendo que, cuando
oye hablar de ética, echa mano a la cartera (para impedir que se la
roben, claro). Especialmente significativo resulta el astillamiento de
la moral en escuelas contrapuestas y en disciplinas deontológicas
especializadas, generalmente de orientación pragmatista o
consecuencialista. Algunos cultivadores de la bioética, de la ética
empresarial o de la ética informativa, por ejemplo, no parecen muy
interesados en lo que, desde Aristóteles, se llama verdad práctica; se
han convertido más bien en algo así como intermediarios o negociadores
entre quienes pretenden conseguir a toda costa la implantación de
ciertas prácticas, tales como la experimentación con células madre
extraídas de embriones humanos congelados, y quienes consideran que tal
proceder atenta contra la dignidad humana. La clave no declarada de la
mediación consiste en que, de entrada, se sabe que tal práctica se va a
introducir, y la función de tales especialistas en cuestiones éticas
consiste en lograr que tal proceso no sea traumático, gracias -por
ejemplo- a la ficción del concepto relativista de pre-embrión, que puede
tranquilizar a los que mantienen una postura calificada de
tradicionalista. Más en el fondo aún, se encuentra uno de esos conceptos
de matriz marxista, precipitadamente tenidos por superados, según el
cual lo que tiene que suceder, sucederá.
Como recientemente ha demostrado la interesante polémica del Presidente
federal Rau con el Canciller alemán Schröder, socialistas ambos, con
posturas antitéticas respecto al tema que acabo de mencionar, este tipo
de cuestiones tienen una extraordinaria importancia de índole cultural y
ética, pero también económica, política y, sin duda, religiosa. Nada
parecido se ha registrado en España y, lo que es más grave, resultaría
insólito que llegara a desarrollarse una discusión de tal nivel
intelectual, que implique a personas relevantes de la vida pública, y en
la que los medios de comunicación social se abran a las diversas
posturas mantenidas por sociólogos, filósofos, teólogos y científicos. Y
aquí reside, justamente, esa índole ambigua y endeble de la actual
estructura social española, que resulta tan inquietante para cualquier
observador, sobre todo para los que podemos llegar a ser sus potenciales
víctimas, por ejemplo, a través de la legalización de la eutanasia.
Por un Foro independiente
Bien entendido que lo sustancial y relevante para el presente discurso
no es tanto la defensa de la vida humana como la función del pensamiento
moral y religioso en una sociedad que se vacía a ojos vista de su
"ethos" y no parece conseguir que sus medios de comunicación pública se
abran a una discusión caracterizada por el pluralismo y el rigor
intelectual. De ahí la necesidad patente de que se vayan estableciendo
las condiciones de posibilidad para que empiece a hacer acto de
presencia algo así como una república de las letras, un foro
independiente de fomento del saber humanista y de discusión abierta de
los temas más candentes. De ese foro se podría afirmar, de entrada, lo
que el pensador polaco Leszek Kolakowski dice de la filosofía, a saber:
«La filosofía no siembra ni recoge, sólo remueve la tierra». Si se
lograra remover los espíritus aletargados y airear los ambientes
enrarecidos, aun sin propósitos apologéticos, se habría prestado un
auténtico servicio a la verdad, que siempre acierta a encontrar sus
caminos cuando no se la hace prisionera de la injusticia, según la
expresión paulina.
La constitución de este ámbito de discusión libre y abierta implica, sin
duda, la promoción de medios de información colectiva y la
participación más activa en los ya existentes. Pero su ámbito decisivo
-en la línea que vengo sugiriendo a lo largo de esta intervención mía-
no es la comunicación misma sino justo la educación. La educación es
decisiva en la sociedad del conocimiento, precisamente, porque en el ser
humano no existe el saber innato o automáticamente transmisible. Como
dijo Pero Grullo, «para saber, hay que llegar a saber». De ahí el
fracaso de ese tipo de educación llamada activa que todo lo fiaba a la
espontaneidad del alumno; y el hecho de que una de las perlas de la
globalización sea la decisión de la Cumbre del Milenio, reunida hace
unos meses en Nueva York, donde se decidió solemnemente instalar una
terminal de Internet en cada una de las escuelas de los países
subdesarrollados, sin preguntarse a qué red -estoy pensando en la
eléctrica- se enchufaría el aparato, y qué comerían los niños entre web y
web.
Frente a la mera instrucción o ilustración, que responde al paradigma de
la eficacia, la educación se inserta en el paradigma de la fecundidad,
por caracterizar ahora de este modo los dos modelos a los que me vengo
refiriendo. En rigor, el tema de la educación pone en vilo los problemas
decisivos de la sociedad de la información sobre el trasfondo de la
sociedad del saber. Porque para educar es preciso tener una idea clara
de la naturaleza del conocimiento y del valor incondicionado de la
verdad, así como de la dinámica histórica del saber, es decir, del papel
de la tradición y del progreso en las comunidades de enseñanza y
aprendizaje, cuya decisiva función ha subrayado Alasdair MacIntyre. La
propia naturaleza de la ciencia entra, por tanto, en cuestión. Y también
es patente la conexión entre la educación, por una parte, y la ética y
la política por otra.
Pero más relevante aún es el hecho de que la educación representa la
prueba de fuego de las diversas concepciones acerca de la sociedad y de
la persona humana. Si tales concepciones están equivocadas, si no
responden a la articulación real entre naturaleza humana y cultura, la
educación -por decirlo así- no funciona. No es que se eduque
equivocadamente, según valores deficientes, es que no se educa en modo
alguno; se interrumpe la dinámica del saber, por no haber acertado a
pulsar los adecuados resortes de la realidad misma. La realidad se puede
transformar pero no se puede falsear. Aunque nosotros no lo seamos, la
realidad es siempre fiel a sí misma. Tal es la vieja enseñanza de la
metafísica realista, de la que -pese a la sucesión de idealismos,
escepticismos y positivismos- podría decirse, con Gilson, que entierra a
sus enterradores y renace de sus cenizas como el Ave Fénix, es decir,
que permanece vigente en su incesante interrogar. Llegados a este punto
-queramos o no-, nos las tenemos que ver con la palabra naturaleza, cuyo
núcleo semántico está estrechamente vinculado con la fecundidad. Como
antes adelanté, una cosa es la eficacia y otra la fecundidad. La
eficacia tiene que ver con la disposición objetiva de los medios. La
fecundidad se refiere al logro real de los fines. Es cierto que, sin un
mínimo de eficacia, no hay fecundidad posible, pero sólo la fecundidad
asegura la eficacia a largo plazo, es decir, en términos históricos y
culturales.
La eficacia viene hoy dada, preferentemente, por las nuevas tecnologías
de la información y de la comunicación. Pero tales instrumentos sólo son
humanamente relevantes si se ponen al servicio de la fecundidad, que
estriba en el conocimiento y la sabiduría en conexión con el uso de
tales medios; uso dirigido hacia la paideia, hacia la formación del
hombre y del ciudadano, hacia la promoción del humanismo cívico. La
clave del inmediato futuro residirá en la sabia articulación o sutura de
los medios tecnológicos más avanzados con planteamientos educativos y
culturales rigurosos, que estén atentos a las auténticas exigencias
éticas que el propio avance del saber teórico y práctico lleva consigo.
Desde esta perspectiva, la correlación entre los dos términos del eje
humano/no humano, antes aludido, deja de ser simple y exclusivamente
bienintencionada. Y es que no se trata de la elemental contraposición
entre lo positivo y lo negativo, pues en la actualidad la humanización
no es un valor incuestionado, ya que puede equivaler a informalidad,
falta de exactitud o carencia de profesionalidad. Son aspectos que
encontramos, por ejemplo, en la expresión fallo humano, tan utilizada
para explicar el origen de accidentes. En la terminología de Luhmann, lo
no humano son lo sistemas, de lo cuales evidentemente es impensable
prescindir a estas alturas, por ejemplo, en el campo de las nuevas
tecnologías de la información. En cambio, lo humano es el medio social,
llamado por él ambiente. De manera que, sorprendentemente, según Luhmann
el hombre no formaría parte del sistema, sino del ambiente. Esto
resulta razonablemente escandaloso desde una perspectiva humanista,
porque parece trivializar el papel de la persona en la sociedad; pero
-como ha señalado Pedro Morandé- también contribuye a disolver el mito
marxista de que el hombre está esencialmente constituido por las
estructuras socioeconómicas. Se trata, en cualquier caso, de reivindicar
frente a Luhmann la índole central y fundamental de la persona humana,
pero sin desconectarla en modo alguno de los sistemas, fuera de los
cuales pierde hoy toda eficacia y, en consecuencia, queda problematizada
su posible fecundidad.
La calidad humana
Lo más interesante de la nueva situación a la que nos estamos asomando,
lo que nos ofrece una verdadera oportunidad vital, es que aceleradamente
la calidad humana -es decir, la excelencia ética y cultural- se pondrá
de manifiesto cada vez de modo más claro, gracias precisamente a la
inmediatez y transparencia que pueden aportar las nuevas tecnologías de
la información. Éstas son las luces. Por motivos simétricos, el riesgo
es también inminente y obvio: las maniobras de enmascaramiento y
ensoñación pueden producirse con una contundencia inédita en una
sociedad poblada de simulacros, donde las representaciones tienden a
ocupar todo el territorio de la realidad. Ahora bien, cabe esperar que
la propia rapidez de los ciclos comunicativos contribuirá al
desenmascaramiento de la ilusión y a la vigilia de la inteligencia. Lo
que aparecerá una y otra vez -ahora sin falsos elitismos ni vanguardias
concienciadas- es la capacidad interpretativa de los usuarios, vale
decir, su facultad de comprender panoramas complejos y velozmente
mutables. Desde el punto de vista operativo, lo que tendrá más
importancia será la capacidad estratégica para la comunicación, mientras
que el poder para el acaparamiento de medios de información pasará a
segundo término.
Al encaminarnos hacia una situación de esta traza, aumenta notablemente
la relevancia de las minorías culturalmente bien preparadas,
técnicamente capaces, intelectualmente activas y espiritualmente
maduras. Desde esta perspectiva, no es improcedente hablar -como se
viene haciendo desde hace unos años- de la minoría cristiana. Lo que no
tendría mucho sentido sería atribuirle a esta expresión un sentido
cuantitativo y, además, positivo; como si resultara deseable que los
cristianos fuéramos pocos y estuviéramos marginados, con la finalidad de
evitar los riesgos del confesionalismo y la prepotencia. Para mal o
para bien, tales riesgos han desaparecido en cualquier caso del mapa y
alancear a un muerto nunca ha sido una actividad muy airosa. No, el
interés de la expresión minoría cristiana se lo proporciona su
connotación cualitativa y el factor sorpresa -por decirlo en
terminología táctica- que puede adquirir en un país en el que
sociológicamente la mayoría, gracias a Dios, sigue siendo católica.
La virtualidad de la actuación de la minoría cristiana puede
multiplicarse exponencialmente en la sociedad del conocimiento, en la
que la capacidad de reproducir los ejemplares, atribuida por Walter
Benjamin a la cultura moderna, ha perdido importancia en el paso del
modelo industrial al modelo postindustrial, al relativizarse la economía
de escala y aparecer técnicas productivas del tipo just in time, según
las cuales el coste medio de un ejemplar no disminuye al aumentar el
número de copias.
De manera curiosa e inesperada, a lo que esto nos conduce es a una
reactualización del valor de los contenidos, porque es la calidad de una
trama, de una historia o de una idea -y no su reproducibilidad- la que
marca las distancias. Nadie se lo esperaba, pero resulta que, en los
medios audiovisuales, el escritor, el guionista, ha pasado a ser la
estrella. Para llenar tantos cientos de horas de tantas decenas de
canales y emisoras hacen falta multitud de excelentes y prolíficos
narradores, pues resulta que -al final- lo que nos sigue interesando a
la gente corriente son las buenas historias. Hay una sorprendente y
positiva recuperación del sentido de lo narrativo que, como ha señalado
MacIntyre, indica una superación del objetivismo ilustrado y una
renovación de la concepción teleológica, finalizada, de la realidad.
Sucede así que la gran tarea presente de la minoría cristiana es
contribuir a la formación de escritores, de mujeres y hombres de letras,
que constituyen paradójicamente la profesión más necesaria en la era de
las nuevas tecnologías, cuando simultáneamente se anuncia la irrupción
de una cultura postliteraria. Resulta curioso que los grandes avances en
las tecnologías multimedia se hayan producido, no tanto -como se
esperaba- en el terreno del cálculo y la medición, sino en el
procesamiento de textos, que ha popularizado el uso de los ordenadores
personales y ha generalizado la navegación por Internet.
Otra de las paradojas de las tecnologías de la información y la
comunicación está siendo la facilidad para la formación de pequeños
grupos de investigadores e intelectuales, que pueden estar establemente
conectados a través del correo electrónico y otros procedimientos
semejantes. Quien prescinda hoy de estos medios se convierte en una
especie de ermitaño científico. Pero quien no tenga algún propósito de
indagación o de acción al usarlos pierde lamentablemente el tiempo,
según se ha demostrado que sucede, abrumadoramente, en algunas empresas
multinacionales, donde al parecer el uso de Internet para cuestiones
profesionales o técnicas supone el catorce por ciento del tiempo de
utilización, mientras que la mayor parte del tiempo restante se dedica a
la pornografía.
Tags: sociedad de información