María se ha tomado el ser madre nuestra con todo el amor, toda la fidelidad y toda la seriedad de que ella es capaz.
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Pentecostés fue un evento importantísimo para la Iglesia, y los
protagonistas fueron el Espíritu Santo y, en segundo lugar, la Santísima
Virgen. Ella reunió a la primitiva Iglesia formada por los apóstoles y
la puso de rodillas, la puso a orar, para pedir, precisamente, la
venida del Espíritu Santo, que fue el que dio el banderazo a aquella
Iglesia, pequeña, tímida, formada por hombres débiles, y todavía
inexpertos en la tarea que les correspondía. Ella fue, por tanto, la
pieza clave en la vida de aquellos primeros apóstoles. Y sigue siendo
una pieza clave, insustituible, en la vida y en la tarea apostólica de
los apóstoles de hoy: en ustedes y en mí.
Yo quisiera decirles a ustedes, y a mí mismo: el amor de Jesús al
darnos a su madre ha sido demasiado grande. Cuántas veces le he dicho yo
estas palabras: "una prueba impresionante de que nos has tomado en
serio, como hermanos, es que nos has dado a tu madre, de verdad y para
siempre." Si María es madre de Cristo, y es madre mía, Cristo y yo
somos hermanos.
Jesucristo y ella se han tomado infinitamente en serio esta
realidad. Cuando Jesús dijo a Juan, que nos representaba a todos: "He
ahí a tu madre", hablaba infinitamente en serio. Era Dios, era Hombre,
el Hijo del Hombre, que moría en una cruz, era parte principalísima de
su testamento. De la misma forma, aquellas palabras: "He ahí a tu
Hijo", a tus hijos, estaban dichas infinitamente en serio y María
Santísima, al menos, las tomó así, infinitamente en serio. Por lo
tanto, ella se ha tomado el ser madre nuestra con todo el amor, toda la
fidelidad y toda la seriedad de que ella es capaz. Ojalá que también
nosotros nos tomemos infinitamente en serio aquella otra expresión de
Jesús: "He ahí a tu madre".
Tags: Amor de Jesús