Democracias sin dictadura

La democracia no se reduce a un sistema político de gobierno, sino que
se trata de una forma de vida, de educación, de realización personal.
Por Juan Miguel González Feria, director de El Colegio del Salvador en Salamanca, España.
Hemos hablado ya de las limitaciones y los problemas de las democracias
actuales que no han menguado sino que son más patentes, del salto
cualitativo que éstas afrontan en los países occidentales, de los
avances de la democracia en libertad, de su viabiliad... Han pasado seis
años. El pensamiento acumulado en estos diálogos de cultura, así como
en las Jornadas y coloquios dedicados al mismo tema, se encuentran
recogidos en el punto X de la "Carta de la Paz, dirigida a la ONU" que
promueve este tema.
Hoy vamos a profundizar sobre la persona como un sujeto político. En
ella está el fundamento de este salto hacia adelante, frente al cual se
encuentran las democracias, fundamento que consiste en el derecho de
todo ser humano de vivir su vida en este mundo conforme a su conciencia
en materia política.
La razón humana, como tal, es limitada, y por ello tiene más
posibilidades de equivocarse que de acertar. De aquí que cada persona
deba tener una actitud de "plaza abierta" al diálogo con el fin de
acercarse más, entre todos, a la verdad.
Si del terreno de las convicciones, de las ideas objetivas, se pasa al
de la actuación, se encuentran unos elementos nuevos, como el carácter y
el gusto de cada uno, y, además, la libre elección propia. Por eso, el
respeto por las formas de vivir de los otros debe ser mayor, si es
preciso, que el respeto por sus meras ideas, ya que en este otro nivel
se da un grado de libertad más grande que en el solo hecho de pensar.
Impedir el actuar libre y responsable de las personas atenta de una
forma muy grave contra su dignidad. Siempre, claro, que no hagan ningún
mal a los otros ni a ellos mismos.
Cuando se ha hablado tanto de la tolerancia, el reto más importante que
ésta afronta actualmente es la tolerancia política. No sólo la
tolerancia hacia los individuos, sino, además, hacia los grupos. Y la
tolerancia global, es decir, no sólo pensar, difundir, agruparse según
las ideas políticas, sino también vivirlas, es decir, querer la
pluralidad política coherente.
En la mayoría de ambientes se rechaza hoy con fuerza el uniformismo.
Esto no obstante, en la práctica, parece que tuviéramos temor de ser
consecuentes con eso y se da apoyo al uniformismo del vivir político
dentro de un país. Incluso al precio de que haya períodos en que nos
toca vivir como no queremos.
Los ciudadanos son cada vez más conscientes de que, en las elecciones
políticas actuales, se pasa de aquello que uno piensa que es lo mejor
para él a imponerlo creyendo que es lo mejor para todo el mundo. Es
decir, detectan la "sutil dictadura de las mayorías" -como ya se
denomina- que conllevan a la larga las democracias e impiden a sus
integrantes incluso votar con conocimiento, no teórico sino práctico, de
los contenidos políticos de cada grupo, para adscribirse así a este
partido o abandonarlo, sin ningún detrimento de su libertad. Hoy en día,
cada individuo desea tener a su alcance diversas formas de vida, con la
posibilidad de elegir y también de abandonar, si no resulta conforme a
sus expectativas.
Las democracias actuales deben ser valientes y tutelar también este
derecho de la persona. Por la dignidad de la persona misma y para que
las democracias se jueguen su propia supervivencia.
Se puede decir que los males de las democracias actuales se darán
también, muy probablemente, en el interior de estos nuevos tipos de
grupos políticos. En parte será verdad. A pesar de ello, el desgano del
poder en la cumbre misma del Estado y que los grupos sientan respetados
todos sus derechos, son hechos que repercutirán, sin duda, en las
organizaciones intermedias. A parte de otros factores, como el hecho de
que en estas organizaciones se hayan agrupado personas que sintonizan
entre ellas, se conocen más y tienen deseos comunes, etc.
Pedimos, entonces, a los ponentes de esta noche que nos ilustren en este
derecho de los seres humanos, tan necesario para la convivencia, para
el desarrollo de todos y para la paz. Su existencia es motivo suficiente
-y apoyo y el norte- para dar pasos firmes de una libertad y una
responsabilidad más grande para todos.
La primera aportación de la noche fue hecha por Josep M. Carbonell,
diputado del Grupo Socialista en el Parlamento de Cataluña, quien mostró
una gran inquietud por algunos retos que hay que afrontar desde los
diferentes niveles que la democracia implica. Entre dichos retos, hay
que afrontar la necesidad de impulsar reformas políticas que hagan
avanzar en la democratización de la sociedad, y así, intentar cambiar
una ciudadanía que se interesa poco por los asuntos comunitarios,
confirmando que muy a menudo las democracias han preferido unos
ciudadanos apáticos a otros de críticos y activos. El uso de los poderes
legítimos queda enfrentado a los poderes ocultos, creando una tensión
que dificulta el avance político, opuesto, según eso, a los intereses
privados. Por ello es importante que la libertad y las libertades vayan
acompañadas de la responsabilidad comunitaria.
«La democracia, o bien da un salto cualitativo, o puede llevar a la
dictadura». Así empezó su intervención Juan Miguel González-Feria, quien
señaló que las democracias actuales están basadas en el supuesto de que
las personas están antropológicamente sanas, pero la realidad nos
muestra que hay gente insolidaria, que no desea el bien común.
Funcionamos pensando que necesitamos el poder para realizar las ideas
que tenemos. Este poder supone un recorte de las libertades
individuales. El punto X de la Carta de la Paz dirigida a la ONU supone
una cierta pérdida de poder en la sociedad, ya que parte de la confianza
en la libertad de los individuos y de los grupos, siempre que estos
sepan, naturalmente, convivir. Por ello, el primer núcleo en el que
habría que fomentar la democracia es en la familia.
El historiador Carlos Martínez Shaw señaló algunas vías de actuación que
respondan a los peligros de las actuales democracias. Es necesario, en
primer lugar, garantizar un mínimo de dignidad económica y social para
todos. En segundo lugar, respetar los espacios de indiferenciación
política, los espacios privados donde la política no tiene por qué
entrar. Y en tercer lugar, reconocer la necesidad de la sociedad civil,
que acoge todo un colectivo de asociaciones, instituciones y grupos
diversos que trabajen. Y es que «para que haya un uso correcto de estos
poderes tiene que haber una movilización permanente de la ciudadanía».
Juan José Ruda, asesor legal de la Embajada de España en Lima, afirmó
que un punto fundamental en este tema es el respeto a las diferentes
formas de pensamiento, la capacidad de actuación de los individuos sobre
la base de sus propias convicciones y el conocimiento de la realidad
que se debe sustentar en una real «libertad de información» y acceso a
la información por parte de dichos individuos y grupos. Así, los
políticos con responsabilidades de gobierno deben informar adecuadamente
a la opinión pública. También es de vital importancia la forma como se
concibe y actúa el poder judicial en cada Estado: es necesario que éste
tenga una independencia real del poder político.
La democracia no se reduce a un sistema político de gobierno, sino que
se trata de una forma de vida, de educación, de realización personal. Se
trata, pues, de una cuestión de dignidad humana y de derechos humanos,
según explicitó Ramón Viñas, profesor de Derecho Internacional Privado
de la UB. La tiranía invisible del más fuerte es un signo del estado
enfermizo de nuestras democracias representativas. El distanciamiento de
los partidos hacia la sociedad civil muestra la crisis de la
representación clásica. Es preciso trabajar en mejorar el sistema de
elección, porque hay algunos más democráticos que otros. En el marco de
la Unión Europea hay muestras muy diversas, y la misma Unión es un
laboratorio de fórmulas políticas que hay que tener en cuenta.
Al final del coloquio queda patente que hay que seguir avanzando en
busca de los elementos estructurales que permitan desarrollar esta
«democracia en libertad» que se propone en la Carta de la Paz, y que
muchos ya ven como futuro de la democracia.
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