La paradoja democrática

La democracia no consiste en el despotismo de la mayoría sino en un
sistema de limitación del poder y de garantía de los derechos.
Por Ignacio Sánchez Cámara, crítico de libros de pensamiento y ensayo y
columnista en el diario ABC de Madrid y colabora en su sección de
Opinión.
La democracia no consiste en el despotismo de la mayoría sino en un
sistema de limitación del poder y de garantía de los derechos. Las
cadenas no dejan de serlo por muchos que sean quienes las reclamen.
La caída de la tiranía en Iraq ha entrañado, entre otros efectos, la
recuperación de los ritos religiosos de la mayoría chií, largo tiempo
prohibidos, y, también, la amenaza del islamismo radical derivado de su
eventual carácter mayoritario. Esos chiíes vociferantes que exigen la
salida inmediata de los aliados no deberían olvidar que han estado
sometidos durante decenios y que han carecido de la fuerza o del valor
necesarios para acabar con el régimen de Sadam Husein. Reaparece el
viejo sofisma de la paradoja democrática: la posibilidad de que la
democracia sea destruida democráticamente por la voluntad de la mayoría
de los ciudadanos. Es lo que sucedió, entre otros lugares, en Argelia.
Pocas cosas reconfortan tanto a los enemigos de la democracia como estos
casos de suicidio democrático consentido, de transición a la tiranía
por la vía electoral. Nada les regocija tanto como la posibilidad de que
las urnas se llenen de votos antidemocráticos. No dejan con ello de ser
consecuentes. También los hiperdemócratas que identifican la moralidad
con la voluntad de la mayoría tienen que rendirse a esta dictadura de
los grandes números, a este abuso de la estadística (Borges). Si la
mayoría siempre tiene razón, también la tendrá cuando opte por la
tiranía. Otra cosa sería adherirse a alguna forma de funesto elitismo.
La mayoría adquiere así una especie de infalible e inapelable condición
oracular.
Pero se trata de una pura falacia. En el caso de que la mayoría optara
realmente por un sistema antidemocrático, cosa en absoluto imposible ya
que la democracia sólo brota allí donde los hombres aman la libertad, no
sería más democrático acatar esa voluntad que no hacerlo. La democracia
sería entonces, en cualquier caso, imposible. Cuando la legitimidad se
extingue, la pura fuerza suplanta al Derecho. Da igual que sea la fuerza
de la mayoría que la de la minoría, si ambas son ilegítimas. Pero la
democracia no consiste en el despotismo de la mayoría sino en un sistema
de limitación del poder y de garantía de los derechos. Si la mayoría
renuncia a la democracia, la resistencia a su opresión no es
antidemocrática por minoritaria que pueda ser. La derecha y la izquierda
radicales se dan aquí, como tantas veces, la mano. El odio a la
libertad hermana mucho. No se puede destruir la libertad en nombre de la
libertad. Si la mayoría opta por la tiranía, no puede hacerlo en nombre
de la democracia. Las cadenas no dejan de serlo por muchos que sean
quienes las reclamen. Los esclavos voluntarios y felices no dejan de ser
esclavos. Resistirse a la opresión de la mayoría nunca es
antidemocrático. No es lícito utilizar la libertad de los más para
abolir la libertad de todos. La democracia no es la tiranía de la
mayoría sino la defensa de la libertad de cada uno. Vale más la voz de
un hombre libre que el griterío de una muchedumbre de esclavos
fanáticos. Por lo demás, la libertad es un valor fundamental, pero nada
garantiza el buen uso que se haga de ella, salvo la moralidad y la
responsabilidad. La libertad no se identifica con el bien sino con la
condición de la posibilidad del bien y del mal.
No hay paradoja democrática. Sólo afecta a quienes defienden una
concepción equivocada y radical de la democracia que la identifica con
el imperio mecánico de las mayorías. Pero eso no es democracia sino
tiranía de la mayoría. Si la mayoría de un pueblo desea la tiranía, es
casi seguro que logrará implantarla, pero nunca tendrá derecho a hacerlo
en el nombre de la libertad y de la democracia.
ABC
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