Unos lo aceptarán gozosos, otros lo rechazarán. Pero seguir a Cristo es tener la luz en el alma, oponerse a El es vivir en tinieblas.
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Cristo
predica la conversión y el arrepentimiento de los pecados, pero muchos
se han quedado en prácticas externas y rutinarias de religiosidad.
Durante la Presentación de Jesús en el Templo, José y María
escucharon unas sorprendentes palabras proféticas del anciano Simeón
referidas a Jesús: «Puesto está para caída y levantamiento de muchos
en Israel y para signo de contradicción; y una espada atravesará tu alma
para que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lc. 2, 34-35)
Estas palabras proféticas se cumplieron ampliamente a lo largo de la
vida del Señor. Unos lo aceptarán gozosos, otros lo rechazarán. Cristo
se convertirá en signo de contradicción en Israel, es decir, en ocasión
de que se formen dos grupos bien diferenciados: los que le siguen y los
que se oponen a él. Cristo hablará a las conciencias de los israelitas
para que cumplan la ley de Dios con plenitud, y después les revelará su
mensaje de salvación, que incluye la formación de un nuevo Pueblo de
Dios más perfecto y espiritual.
Simeón después de decir que Cristo sería «signo de contradicción» añade que sería también «luz
para iluminación de las gentes» Jesús afirmará de sí mismo: «Yo soy la
luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz
de vida» (Jn. 8, 12) Seguir a Cristo es poseer la luz en el alma; oponerse a El es vivir en tinieblas.
Al éxito del Señor al principio, ya que es aceptado por muchos como
Mesías, sucede un enfrentamiento cada vez mayor con algunos israelitas,
especialmente con los que detentan los poderes en Israel. La causa está
en que Cristo predica la conversión y el arrepentimiento de los pecados y
muchos de los poderosos se han quedado en prácticas externas y
rutinarias de religiosidad, sin una auténtica fe que lleve a una vida de
renuncia. Al ser recriminados por Jesús, no quieren rectificar.
Este enfrentamiento con el Señor tendrá muchos grados. Algunos se
oponen a él fuertemente y con odio: es el caso de muchos fariseos,
sacerdotes y escribas de Israel, que constituyen los estamentos más
importantes. Otros, en un principio, le siguen, pero le abandonan cuando
ven que los que detentan el poder se oponen a El. Los hay que le siguen
en momentos difíciles, pero que también le abandonarán en el momento de
la Pasión y Crucifixión.
San Juan, en el prólogo de su evangelio, explica con una imagen el
rechazo de Jesús por el pueblo elegido: Jesús es la luz, pero las
tinieblas no la recibieron (1, 4) Más claramente aún, dice: «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (1, 11)
Jesucristo es el Hijo de Dios, que visita un pueblo preparado
durante siglos de revelación progresiva y lo que le debía resultar
familiar, la presencia de Dios, no lo acepta.
En esto consiste el gran pecado de Israel, que representa a todos
los hombres pecadores: el pueblo de la propiedad de Yavé, en vez de
acoger la luz, intenta sofocarla.
El enfrentamiento de los fariseos y escribas con Jesús fue creciendo a medida que Jesús desarrollaba su predicación pública.
San Juan Bautista les había recriminado en diversas ocasiones su mala conducta diciéndoles: «Raza
de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la cólera que os espera?
Haced, pues, frutos dignos de penitencia: y no comencéis a decir a
vosotros mismos: tenemos por Padre a Abrahán; pues yo os digo que Dios
puede hacer salir de estas piedras hijos de Abrahán. Ya está el hacha
aplicada a la raíz de los árboles. Todo árbol que no produzca buen fruto
va a ser cortado y arrojado al fuego» (Lc. 3, 7-8) Jesús aplicará estas mismas acusaciones a los fariseos cuando les dice: «Si
tenéis un árbol bueno, su fruto será bueno. Si tenéis un árbol malo, su
fruto será malo, porque el árbol se conoce por su fruto. Raza de
víboras, ¿cómo podéis decir cosas buenas, si sois malos? Porque de la
abundancia del corazón habla la boca» (Mt. 12, 33-34)
La mayoría de los que ejercían la autoridad en Israel no quisieron convertirse ni con Juan Bautista ni con Jesús, por eso: «Aunque
había hecho tan grandes milagros en medio de ellos, no creían en El
(...) Sin embargo, aun muchos de, los jefes creyeron en El, pero por
causa de los fariseos no le confesaban, temiendo ser excluidos de la
sinagoga, porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de
Dios» (Jn. 12, 37-43)
La razón última por la que los escribas y fariseos no reciben a
Jesús como Mesías está en que han desfigurado la religión de Israel. La
Palabra de Dios no ha entrado en su corazón transformándolo y
convirtiéndolo. Por eso, se refugian en el mero cumplimiento externo de
preceptos que han inventado los hombres y descuidan la justicia, la
comprensión y la sinceridad de vida, resultando que dicen y no hacen,
como les reprochará Jesús.
Y lo que es más grave, no sólo no entran en el Reino de los Cielos,
sino que no dejan entrar a quienes verdaderamente quieren hacerlo,
"porque ellos son los representantes oficiales de Dios (cfr. Mt. 23)
Se puede decir que ocultan y desfiguran el verdadero «rostro» de Dios, en vez de darlo a conocer.
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