
El pasado 3 de febrero un grupo de 144 teólogos alemanes, austriacos y suizos
-un tercio de su actual totalidad en ejercicio- hicieron público un memorandum
titulado «Iglesia 2011: Un cambio necesario Necesidad de avanzar hacia un nuevo
comienzo». La supresión del celibato sacerdotal, el acceso de las mujeres al
sacerdocio ministerial, una mayor participación de los laicos y procesos más
democráticos en las elecciones episcopales son los reclamos principales del
mismo. En España, tres antiguos profesores de Teología han encabezado asimismo
una campaña de recogida de firmas de adhesión al manifiesto.
¿Es este el
verdadero cambio que necesita nuestra Iglesia? ¿Nuestra propia identidad
cristiana y eclesial y los problemas y limitaciones pastorales con que topamos
hoy día y hasta nuestros mismos pecados pasados o presentes demandan en realidad
abordar cuestiones de esta naturaleza? ¿Con medidas similares han conseguido
otras Iglesias y confesiones cristianas revitalizar, redinamizar y fertilizar
sus comunidades o, al contrario, han sido sumidas todavía más en la crisis y en
las crisis? ¿Siguiendo estas propuestas -no todas de la misma envergadura y
cualificación-, seríamos más fieles al Evangelio y prestaríamos mejor servicio a
los hombres y mujeres de nuestro tiempo? Creemos sincera, humilde y firmemente
que no.
En referencia a la supuesta posibilidad y conveniencia del
sacerdocio femenino, la Iglesia -repite paciente y fundamentadamente el
magisterio papal de las últimas décadas- no puede dar lo que no tiene y a lo que
no está legitimada. Las razones del celibato sacerdotal, de carácter
disciplinar, sí, y también de amplio respaldo y cobertura espiritual, pastoral y
doctrinal -al menos en cuanto a imitación y seguimiento de Jesucristo Sumo y
Eterno Sacerdote y de cuyo sacerdocio participan los sacerdotes ministeriales-,
son muy poderosas, fecundas y válidas. Y la mayor y mejor participación de los
laicos en la vida de la Iglesia no puede ser jamás cuestión de aspiraciones en
lograr simplemente por lograr poderes humanos o influencias sociales, en
fomentar grupos de presión, en alcanzar cuotas estadísticas y en seguir meros
eslóganes publicitarios. Y por lo respecta a los procesos de los nombramientos
de los obispos, bueno será recordar que estos nunca se producen sin una amplia y
detenida consulta intraeclesial, que obviamente en ningún lugar está escrito que
no pueda ser de otra manera ni aún mayor o también menor a tenor de las
circunstancias.
El verdadero cambio necesario que urge nuestra Iglesia
pasa siempre y también ahora por el reto de la santidad, de la fidelidad, de la
comunión, de la constante renovación espiritual y del ardor evangelizador. El
verdadero cambio necesario es vivir de la Palabra de Dios, que encuentra en la
Iglesia -como recordó días atrás en el Congreso sobre la Biblia de la CEE el
teólogo y arzobispo Ladaria- el único ámbito adecuado para su interpretación
como Palabra actual de Dios. El verdadero cambio que necesitamos es el del
desapego iluminado desde la fe y desde la independencia ideológica ante las
consignas y reclamos de la moda y de lo política, social o culturalmente
correcto, que aunque pueda conllevar renuncias, son, en realidad, ofrendas
libres, generosas y en positivo por la auténtica causa del Reino.
Claro
que hay que escuchar y discernir los signos de los tiempos. Claro que siempre es
bueno el diálogo y el encuentro. Y estos mismos signos de los tiempos y desde el
diálogo y el encuentro precisos lo que se reclama de nosotros los cristianos, de
nosotros miembros de la Iglesia, no son posturas acomodaticias ni
posicionamientos ideologizados y trasplantados desde fuera. No son viejas y
superadas polémicas, ni nuevas o larvadas divisiones o disensiones. No son
posiciones lejanas y hasta contrarias al magisterio eclesial, sino todo lo
contrario.
En medio de estos presentes tiempos recios de increencia y
secularización, lo que reclaman los signos de los tiempos no es que nosotros
también nos secularicemos y presentemos, vivamos y transmitamos un Evangelio
«light» o bajo en calorías para así, supuestamente -solo supuestamente- hacerlo
más atractivo y simpático, porque si la sal se vuelve sosa... Lo que necesitamos
es fe en plenitud, cultivo espiritual, comunión eclesial, autenticidad, lealtad,
conversión y pasión por Jesucristo, por su Iglesia y por la misión
evangelizadora a favor de la humanidad. Es, en suma, ser más de Dios, del Dios
de Jesucristo, para así ser más y mejor de y para los hombres nuestros hermanos.
Autor: Editorial Ecclesia | Fuente: www.revistaecclesia.com
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