este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Quien pretenda educar tiene que aclararse antes sobre en qué consiste ser buena persona
El relativismo no puede educar
Quien pretenda educar tiene que aclararse antes sobre en qué
consiste ser buena persona, pues solo así podrá saber en
qué quiere que se convierta el educando, solo así sabrá
hacia dónde orientar el proceso educativo. Y hoy día hay
muchos adultos –padres, profesores– que no se aclaran sobre en
qué consiste ser buena persona y por eso no pueden
educar por mucha buena intención que pongan en el intento.
Educar exige como presupuesto, como condición sine qua non, tener
razonablemente claro qué cosas son buenas y malas, qué hace
al educando bueno o malo. Por eso el relativismo es
un impedimento absoluto para la educación; en el relativismo es
imposible educar.
La mayor dificultad para educar hoy es la pandemia
relativista que lleva a muchos a no aclarase sobre qué
es una buena persona. Quien no tiene un proyecto de
persona buena no puede ayudar al niño y orientarle para
llegar a ser buena persona que es en lo que
consiste educar: ayudar al niño a extraer todo el potencial
de bien y verdad que lleva dentro. El problema específico
y singular que existe hoy para educar no está en
los niños; está en los adultos que se han dejado
dominar por el relativismo moral y lo transmiten a los
educandos.
¡Cuántos niños de hoy no saben que existen cosas buenas
y malas, que hay cosas que les hacen buenos y
otras que les hacen malos y que podemos distinguir con
razonable precisión y certeza unas y otras! Y no lo
saben porque nadie nunca se lo ha dicho. Tales niños
no pueden ser buenos pues ser bueno consiste en enamorarse
del bien; y para enamorarse del bien hay que conocerlo
previamente; y para conocerlo alguien tiene que mostrarlo. En esto
consiste la educación: en mostrar el bien haciéndolo atractivo, deseable,
digno de esfuerzo; es decir, en algo que resulta materialmente
imposible para el relativista.
Esta es precisamente la esencia de la
educación: transmitir valores y hacer atractiva la virtud; poner delante
del niño lo bueno, un proyecto ilusionante de ser humano,
mostrarle en qué consiste ser bueno y animarle a intentar
serlo. Para hacer bien eso basta con saber qué cosas
son buenas y qué cosas son malas. En definitiva, educar
es bastante fácil si uno sabe en qué consiste ser
buena persona; y es muy difícil o imposible si uno
no se aclara al respecto.
Educar a un niño, abrirle al
mundo de los valores, encariñarle con el bien de que
es capaz, exige animarle a mirar con cariño lo bueno
existente en la realidad de las cosas; ayudarle a mirarse
a sí mismo y descubrir la dignidad que tiene; ayudarle
a aprender que si quiere ser feliz y llevar una
vida plena no puede hacer cualquier cosa con su cuerpo;
ayudarle a observar a los demás y ver todo el
bien que hay en ellos y que por tanto debe
cuidarlos, respetarlos y quererlos; ayudarle a contemplar la realidad que
le rodea y descubrir que es buena y, por tanto,
digna de respeto.
¿Cómo educamos? Con cariño, con ejemplo y
con palabras. Educar es convivir amando; si queremos a los
que tenemos a nuestro lado utilizaremos casi inconcientemente el gran
medio que tenemos lo seres humanos para influir en los
demás —en nuestros hijos, en nuestros amigos y en la
sociedad en su conjunto—, que es mostrarles con nuestro ejemplo
y nuestra palabra qué es valioso, qué merece la pena.
Educar consiste en mostrar con la propia conducta el bien
posible y en hablar con cariño de lo bueno y
valioso, haciéndolo así atractivo y deseable para el educando.
Educar eficazmente
exige hablar mucho con los educandos desde muy pequeños y
siempre bien de las cosas buenas. Según van creciendo, es
fundamental que esa palabra con que les hablamos bien de
las cosas buenas la vean ratificada en los hechos de
nuestra vida y que nos vean felices viviendo conforme a
los criterios que les enseñamos. En la adolescencia es especialmente
necesario que la teoría vaya acompañada del testimonio de vidas
plenas y felices: nuestra propia vida puede hacer atractivos o
sospechosos los valores que queremos transmitir a nuestros hijos o
alumnos. ¿Cómo transmitimos valores? Hablando bien de las cosas buenas
y, en la medida de lo posible, mostrándolas hechas vida
en nosotros mismos.
Así iremos formando a nuestros hijos y alumnos
en el amor al bien, les haremos apreciar los valores
positivos como algo deseable y digno de ser perseguido, les
ayudaremos a llevar consigo su propio ambiente y a no
dejarse arrastrar por el que encuentren en la calle. Tenemos
que formar en ellos personalidades fuertes. No podemos tener miedo
a la libertad de nuestros hijos y alumnos; tenemos que
amar su libertad y reforzársela dándoles criterio, ayudándolos desde pequeñitos
a asumir su libertad y responsabilidad, a elegir, a optar,
porque eso será lo que irá creando el hábito de
decantarse por lo mejor, por lo valioso. Y sin escandalizarnos
ni abatirnos si se equivocan una o muchas veces; de
los errores también se aprende cuando las ideas están claras.
Para
transmitir valores, para educar, lo primero que hay que hacer
es superar el relativismo. Esa es la gran obligación nuestra
como padres, como profesores y como ciudadanos responsables: saber cuál
es el modelo ideal de persona que tenemos que poner
delante de las nuevas generaciones, aclararnos sobre lo que queremos
transmitirles. Si renunciamos a priori a transmitir una idea clara
sobre en qué consiste ser buena persona les privamos del
derecho a intentar ser buenas personas y, por tanto, renunciamos
a educar.