
Confucio estuvo inspirado al explicar algo sencillo y válido
para todos los tiempos: uno de los grandes problemas de la humanidad surge
cuando no somos lo que decimos ser, cuando no vivimos según lo que significa
nuestro nombre.
¿Qué significa ser político? Trabajar por la ciudad o por
el estado. ¿Y médico? Buscar la salud y la atención debida a los enfermos. ¿Y
arquitecto? Proyectar edificios resistentes y adecuados para la vida de las
personas. ¿Y profesor? Enseñar a los alumnos a encontrar la verdad y a vivir las
virtudes. ¿Y policía? Velar por el orden público. ¿Y padre o madre de familia?
Cuidar a los hijos y orientarlos hacia el buen camino.
Los significados
están más o menos claros para muchas profesiones y para muchas dimensiones
familiares o sociales. Para otras no hay claridad, o existen opiniones
contrastadas: no resulta fácil definir correctamente lo que hace un psicólogo, o
la finalidad propia de un literato.
En los casos en que el significado es
claro, las dificultades inician cuando uno no es lo que debería ser. El desorden
radica en pervertir el propio nombre, en decirse una cosa y actuar de otra
manera, en engañar y desorientar a quienes buscan ayuda en quien debería
ofrecerla y no lo hace.
Por eso la “solución” propuesta por Confucio
parece atractiva: hay que poner en marcha una “rectificación de los nombres”. Es
decir, hay que buscar caminos concretos para que cada quien sea lo que su nombre
indica.
Esto vale, desde luego, sólo para los casos en los que los
nombres son buenos. No tiene sentido pedirle al ladrón que sea lo que su nombre
indica. Lo que sí es urgente es exigir al político que nunca sea ladrón, sino
que trabaje siempre como un auténtico promotor del bien común.
¿Así de
sencillo? Quizá Confucio dio con parte de la solución, pero dejó de lado un
punto importante: los cambios no se consiguen simplemente a base de presiones
externas, sino desde el interior de cada uno.
Sólo cuando quitamos
ambiciones, envidias, odios y perezas que nos apartan de los deberes buenos y
nos llevan a distorsiones malignas, podremos empezar a ser no sólo lo que
nombres de profesiones honestas indican, sino algo mucho más noble y bello:
seres humanos dispuestos a vivir en todo momento según la verdad, la justicia y
el bien verdadero.
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