
21 Abr. 11 / 06:16 pm (ACI)
El Papa Benedicto XVI recordó este Jueves Santo, durante la celebración de la Misa de la Cena del Señor en la Basílica de San Juan de Letrán, que Jesús sigue presente en la Iglesia;
al advertir que "todos debemos aprender siempre a aceptar a Dios y a
Jesucristo como él es, y no como nos gustaría que fuese. También
nosotros tenemos dificultad en aceptar que él se haya unido a las
limitaciones de su Iglesia y de sus ministros. Tampoco nosotros queremos
aceptar que él no tenga poder en el mundo".
Sigue la homilía completa del Papa Benedicto XVI:
Queridos hermanos y hermanas:
Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer (Lc 22,15).
Con
estas palabras, Jesús comenzó la celebración de su última cena y de la
institución de la santa Eucaristía. Jesús tuvo grandes deseos de ir al
encuentro de aquella hora. Anhelaba en su interior ese momento en el que
se iba a dar a los suyos bajo las especies del pan y del vino. Esperaba
aquel momento que tendría que ser en cierto modo el de las verdaderas
bodas mesiánicas: la transformación de los dones de esta tierra y el
llegar a ser uno con los suyos, para transformarlos y comenzar así la
transformación del mundo.
En el deseo de Jesús podemos reconocer el
deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, por su creación, un amor
que espera. El amor que aguarda el momento de la unión, el amor que
quiere atraer hacia sí a todos los hombres, cumpliendo también así lo
que la misma creación espera; en efecto, ella aguarda la manifestación
de los hijos de Dios (cf. Rm 8,19). Jesús nos desea, nos espera. Y
nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de él? ¿No sentimos en nuestro
interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese
ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien,
indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas? Por las
parábolas de Jesús sobre los banquetes, sabemos que él conoce la
realidad de que hay puestos que quedan vacíos, la respuesta negativa, el
desinterés por él y su cercanía. Los puestos vacíos en el banquete
nupcial del Señor, con o sin excusas, son para nosotros, ya desde hace
tiempo, no una parábola sino una realidad actual, precisamente en
aquellos países en los que había mostrado su particular cercanía. Jesús
también tenía experiencia de aquellos invitados que vendrían, sí, pero
sin ir vestidos con el traje de boda, sin alegría por su cercanía, como
cumpliendo sólo una costumbre y con una orientación de sus vidas
completamente diferente. San Gregorio Magno, en una de sus homilías se
preguntaba: ¿Qué tipo de personas son aquellas que vienen sin el traje
nupcial? ¿En qué consiste este traje y como se consigue? Su respuesta
dice así: Los que han sido llamados y vienen, en cierto modo tienen fe.
Es la fe la que les abre la puerta. Pero les falta el traje nupcial del
amor. Quien vive la fe sin amor no está preparado para la boda y es
arrojado fuera. La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere
el amor, de lo contrario también como fe está muerta.
Sabemos por
los cuatro Evangelios que la última cena de Jesús, antes de la Pasión,
fue también un lugar de anuncio. Jesús propuso una vez más con
insistencia los elementos fundamentales de su mensaje. Palabra y
Sacramento, mensaje y don están indisolublemente unidos. Pero durante la
Última Cena, Jesús sobre todo oró. Mateo, Marcos y Lucas utilizan dos
palabras para describir la oración de Jesús en el momento central de la
Cena: «eucharistesas» y «eulogesas» -«agradecer» y «bendecir». El
movimiento ascendente del agradecimiento y el descendente de la
bendición van juntos. Las palabras de la transustanciación son parte de
esta oración de Jesús. Son palabras de plegaria. Jesús transforma su
Pasión en oración, en ofrenda al Padre por los hombres. Esta
transformación de su sufrimiento en amor posee una fuerza transformadora
para los dones, en los que él ahora se da a sí mismo. Él nos los da
para que nosotros y el mundo seamos transformados. El objetivo propio y
último de la transformación eucarística es nuestra propia transformación
en la comunión con Cristo. La Eucaristía apunta al hombre nuevo, al
mundo nuevo, tal como éste puede nacer sólo a partir de Dios mediante la
obra del Siervo de Dios.
Gracias a Lucas y, sobre todo, a Juan
sabemos que Jesús en su oración durante la Última Cena dirigió también
peticiones al Padre, súplicas que contienen al mismo tiempo un
llamamiento a sus discípulos de entonces y de todos los tiempos.
Quisiera en este momento referirme sólo una súplica que, según Juan,
Jesús repitió cuatro veces en su oración sacerdotal. ¡Cuánta angustia
debió sentir en su interior! Esta oración sigue siendo de continuo su
oración al Padre por nosotros: es la plegaria por la unidad. Jesús dice
explícitamente que esta súplica vale no sólo para los discípulos que
estaban entonces presentes, sino que apunta a todos los que creerán en
él (cf. Jn 17, 20). Pide que todos sean uno «como tú, Padre, en mí, y yo
en ti, para que el mundo crea» (Jn 17, 21). La unidad de los cristianos
sólo se da si los cristianos están íntimamente unidos a él, a Jesús. Fe
y amor por Jesús, fe en su ser uno con el Padre y apertura a la unidad
con él son esenciales. Esta unidad no es algo solamente interior,
místico. Se ha de hacer visible, tan visible que constituya para el
mundo la prueba de la misión de Jesús por parte del Padre. Por eso, esa
súplica tiene un sentido eucarístico escondido, que Pablo ha resaltado
con claridad en la Primera carta a los Corintios: «El pan que partimos,
¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así
nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos
todos del mismo pan» (1 Co 10, 16s). La Iglesia nace con la Eucaristía.
Todos nosotros comemos del mismo pan, recibimos el mismo cuerpo del
Señor y eso significa: Él nos abre a cada uno más allá de sí mismo. Él
nos hace uno entre todos nosotros. La Eucaristía es el misterio de la
íntima cercanía y comunión de cada uno con el Señor. Y, al mismo tiempo,
es la unión visible entre todos. La Eucaristía es sacramento de la
unidad. Llega hasta el misterio trinitario, y crea así a la vez la
unidad visible. Digámoslo de nuevo: ella es el encuentro personalísimo
con el Señor y, sin embargo, nunca es un mero acto de devoción
individual. La celebramos necesariamente juntos. En cada comunidad está
el Señor en su totalidad. Pero es el mismo en todas las comunidades. Por
eso, forman parte necesariamente de la Oración eucarística de la
Iglesia las palabras: «una cum Papa nostro et cum Episcopo nostro». Esto
no es un añadido exterior a lo que sucede interiormente, sino expresión
necesaria de la realidad eucarística misma. Y nombramos al Papa y al
Obispo por su nombre: la unidad es totalmente concreta, tiene nombres.
Así, se hace visible la unidad, se convierte en signo para el mundo y
establece para nosotros mismos un criterio concreto.
San Lucas nos ha
conservado un elemento concreto de la oración de Jesús por la unidad:
«Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como
trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú,
cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31s). Hoy
comprobamos de nuevo con dolor que a Satanás se le ha concedido cribar a
los discípulos de manera visible delante de todo el mundo. Y sabemos
que Jesús ora por la fe de Pedro y de sus sucesores. Sabemos que Pedro,
que va al encuentro del Señor a través de las aguas agitadas de la
historia y está en peligro de hundirse, está siempre sostenido por la
mano del Señor y es guiado sobre las aguas. Pero después sigue un
anuncio y un encargo. «Tú, cuando te hayas convertido»: Todos los seres
humanos, excepto María, tienen necesidad de convertirse continuamente.
Jesús predice la caída de Pedro y su conversión. ¿De qué ha tenido que
convertirse Pedro? Al comienzo de su llamada, asustado por el poder
divino del Señor y por su propia miseria, Pedro había dicho: «Señor,
apártate de mí, que soy un hombre pecador» (Lc 5, 8). En la presencia
del Señor, él reconoce su insuficiencia. Así es llamado precisamente en
la humildad de quien se sabe pecador y debe siempre, continuamente,
encontrar esta humildad. En Cesarea de Filipo, Pedro no había querido
aceptar que Jesús tuviera que sufrir y ser crucificado. Esto no era
compatible con su imagen de Dios y del Mesías. En el Cenáculo no quiso
aceptar que Jesús le lavase los pies: eso no se ajustaba a su imagen de
la dignidad del Maestro. En el Huerto de los Olivos blandió la espada.
Quería demostrar su valentía. Sin embargo, delante de la sierva afirmó
que no conocía a Jesús. En aquel momento, eso le parecía un pequeña
mentira para poder permanecer cerca de Jesús. Su heroísmo se derrumbó en
un juego mezquino por un puesto en el centro de los acontecimientos.
Todos debemos aprender siempre a aceptar a Dios y a Jesucristo como él
es, y no como nos gustaría que fuese. También nosotros tenemos
dificultad en aceptar que él se haya unido a las limitaciones de su
Iglesia y de sus ministros. Tampoco nosotros queremos aceptar que él no
tenga poder en el mundo. También nosotros nos parapetamos detrás de
pretextos cuando nuestro pertenecer a él se hace muy costoso o muy
peligroso. Todos tenemos necesidad de una conversión que acoja a Jesús
en su ser-Dios y ser-Hombre. Tenemos necesidad de la humildad del
discípulo que cumple la voluntad del Maestro. En este momento queremos
pedirle que nos mire también a nosotros como miró a Pedro, en el momento
oportuno, con sus ojos benévolos, y que nos convierta.
Pedro, el
convertido, fue llamado a confirmar a sus hermanos. No es un dato
exterior que este cometido se le haya confiado en el Cenáculo. El
servicio de la unidad tiene su lugar visible en la celebración de la
santa Eucaristía. Queridos amigos, es un gran consuelo para el Papa
saber que en cada celebración eucarística todos rezan por él; que
nuestra oración se une a la oración del Señor por Pedro. Sólo gracias a
la oración del Señor y de la Iglesia, el Papa puede corresponder a su
misión de confirmar a los hermanos, de apacentar el rebaño de Jesús y de
garantizar aquella unidad que se hace testimonio visible de la misión
de Jesús de parte del Padre.
«Ardientemente he deseado comer esta
Pascua con vosotros». Señor, tú tienes deseos de nosotros, de mí. Tú has
deseado darte a nosotros en la santa Eucaristía, de unirte a nosotros.
Señor, suscita también en nosotros el deseo de ti. Fortalécenos en la
unidad contigo y entre nosotros. Da a tu Iglesia la unidad, para que el
mundo crea. Amén.
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