De septem Verbis a Christo in cruce prolatis.
Prefacio
Obsérvenme, ahora, por cuarto año, preparándome para la muerte.
Habiéndome retirado de los negocios del mundo a un lugar de reposo, me
entrego a la meditación de las Sagradas Escrituras, y a escribir los
pensamientos que se me ocurren en mis meditaciones, para que si ya no
puedo ser de uso por la palabra de boca, o la composición de voluminosas
obras, pueda por lo menos ser útil a mis hermanos por medio de estos
piadosos librillos.
Mientras reflexionaba entonces sobre cuál sería el tema más elegible
tanto para prepararme para la muerte como para asistir a otros a vivir
bien, se me ocurrió la Muerte de Nuestro Señor, junto con el último
sermón que el Redentor del mundo predicó desde la Cruz, como desde un
elevado púlpito, a la raza humana. Este sermón consiste de siete cortas
pero profundas sentencias, y en estas siete palabras está contenido todo
lo que Nuestro Señor manifestó cuando dijo: «Mirad que subimos a
Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los Profetas escribieron sobre el
Hijo del Hombre» (1). Todo lo que los Profetas predijeron sobre Cristo
puede ser reducido a cuatro títulos: sus sermones a la gente; su oración
al Padre; los grandes tormentos que soportó; y las sublimes y
admirables obras que realizó. Todo esto fue verificado de manera
admirable en la Vida de Cristo, pues Nuestro Señor no podía ser más
diligente al predicar al pueblo. Predicaba en el Templo, en las
sinagogas, en los campos, en los desiertos, en las casas, más aún,
predicaba incluso desde una embarcación a la gente que estaba en la
orilla. Era su costumbre pasar noches en oración a Dios, pues así dice
el Evangelista: «Y se pasó la noche en la oración de Dios» (2). Sus
admirables obras al expulsar demonios, curar enfermos, multiplicar
panes, calmar tormentas, han de ser leídas en cada página de los
Evangelios (3). Aún así, fueron muchas las injurias que fueron
acumuladas sobre Él, como respuesta al bien que había hecho. Consistían
éstas no sólo en palabras insolentes, sino también en apedrearlo (4) y
despeñarlo (5). En una palabra, todas estas cosas verdaderamente se
consumaron en la Cruz. Su prédica desde la Cruz fue tan poderosa que
«toda la multitud se volvió golpeándose el pecho» (6), y no sólo los
corazones de los hombres, sino incluso las rocas fueron quebrantadas en
pedazos. Él oró en la Cruz, como dice el Apóstol, «con poderoso clamor y
lágrimas», siendo así «escuchado por su actitud reverente» (7). Sufrió
tanto en la Cruz, en comparación con lo que había sufrido el resto de su
vida, que el sufrimiento parece pertenecer sólo a su Pasión.
Finalmente, nunca obró mayores signos y prodigios que cuando estando en
la Cruz parecía reducido a la más grande debilidad y flaqueza. Entonces
no sólo manifestó signos del cielo, los cuales los judíos habían pedido
hasta el fastidio, sino que un poco después manifestó el más grande de
todos los signos.
Pues luego de estar muerto y enterrado, se levantó de entre los muertos
por su propia fuerza, llamando a su Cuerpo a la vida, incluso a una vida
inmortal. Verdaderamente entonces podremos decir que en la Cruz se
consumó todo lo que estaba escrito por los Profetas en relación al Hijo
del Hombre.
Pero antes de empezar a escribir sobre las palabras que Nuestro Señor
manifestó desde la Cruz, parece apropiado que deba decir algo de la Cruz
misma, que fue el Púlpito del Predicador, altar del Sacerdote Víctima,
campo del Combatiente, el taller del que obra maravillas. Los antiguos
estaban de acuerdo al decir que la Cruz estaba hecha de tres trozos de
madera: uno vertical, a lo largo del cual era puesto el cuerpo del
crucificado; uno horizontal, al que estaban sujetas las manos; y el
tercero estaba unido a la parte baja de la cruz, sobre el cual
descansaban los pies del acusado, pero sujetos por medio de clavos para
impedir su movimiento. Los antiguos Padres de la Iglesia concuerdan con
esta opinión, como San Justino (8) y San Ireneo (9). Estos autores, más
aún, indican claramente que cada pie descansaba en la tabla, y no que un
pie estaba puesto encima del otro. Por tanto, se sigue que Cristo fue
clavado a la Cruz con cuatro clavos, y no tres, como muchos imaginan,
quienes en las pinturas representan a Cristo, Nuestro Señor, clavado a
la Cruz con un pie sobre el otro. Gregorio de Tours (10), claramente
dice lo contrario, y confirma su opinión apelando a antiguos grabados.
Yo, por mi parte, he visto en la Librería Real en París algunos
manuscritos muy antiguos de los Evangelios, los cuales contenían muchos
grabados de Cristo Crucificado y todos lo representaban con cuatro
clavos.
San Agustín (11) y San Gregorio de Niza (12) dicen que el madero
vertical de la Cruz se proyectaba un poco del madero vertical. Parecería
que el Apóstol insinúa lo mismo, pues en su Carta a los Efesios, San
Pablo escribe: «que podáis comprender con todos los santos cuál es la
anchura y la longitud, la altura y la profundidad» (13). Eso es
claramente una descripción de la figura de la Cruz, que tenía cuatro
extremos: anchura en la parte horizontal, longitud en la parte vertical,
altura en aquella parte de la Cruz que sobresalía y se proyectaba de la
parte horizontal, y profundidad en la parte que estaba enterrada en la
tierra. Nuestro Señor no soportó los tormentos de la Cruz por
casualidad, o contra su voluntad, pues Él había escogido este tipo de
muerte desde toda la eternidad, como enseña San Agustín (14) por el
testimonio del Apóstol: «Jesús de Nazaret, que fue entregado según el
determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le
matasteis clavándole en la cruz por manos de los impíos» (15). Y así
Cristo, desde el principio de su prédica, dijo a Nicodemo: «Como Moisés
levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo
del Hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna» (16).
Muchas veces habló a sus Apóstoles sobre su Cruz, alentándolos a
imitarlo a Él: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz y sígame» (17).
Sólo Nuestro Señor sabe la razón que lo indujo a escoger este tipo de
muerte. Los santos Padres, sin embargo, han pensado en algunas razones
místicas, y las han dejado para nosotros en sus escritos. San Ireneo, en
su trabajo al que nos hemos ya referido, dice que las palabras «Jesús
de Nazaret, Rey de los Judíos» fueron escritas sobre aquella parte de la
Cruz donde ambos brazos se encuentran, para darnos a entender que las
dos naciones, Judíos y Gentiles, que hasta aquel tiempo se habían
rechazado una a la otra, fueron luego unidas en un solo cuerpo bajo una
sola Cabeza: Cristo. San Gregorio de Niza, en su sermón sobre la
Resurrección, dice que la parte de la Cruz que miraba hacia el cielo
manifiesta que el cielo ha de ser abierto por la Cruz como por una
llave; que la parte que estaba enterrada en la tierra manifiesta que el
infierno fue despojado por Cristo cuando Él descendió ahí; y que los dos
brazos de la Cruz que se estiraban hacia el este y el oeste manifiestan
la regeneración del mundo entero por la Sangre de Cristo. San Jerónimo,
en la Epístola a los Efesios, San Agustín (18), en su Epístola a
Honorato, San Bernardo, en el quinto libro de su obra «Sobre la
Consideración», enseñan que el misterio principal de la Cruz fue
levemente tocado por el Apóstol en las palabras «cuál es la anchura y la
longitud, la altura y la profundidad» (19). El significado primario de
estas palabras apunta a los atributos de Dios, la altura significa su
poder, la profundidad su sabiduría, la anchura su bondad, la longitud su
eternidad. Hacen referencia también a las virtudes de Cristo en su
Pasión: la anchura su caridad, la longitud su paciencia, la altura su
obediencia, la profundidad su humildad. Significan, más aún, las
virtudes que son necesarias para aquellos que son salvados a través de
Cristo. La profundidad de la Cruz significa la fe, la altura la
esperanza, la anchura la caridad, la longitud la perseverancia. De esto
sacamos que sólo la caridad, la reina de las virtudes, encuentra un
sitio en cualquier lugar, en Dios, en Cristo, y en nosotros. De las
otras virtudes, algunas son propias a Dios, otras a Cristo, y otras a
nosotros. En consecuencia, no es maravilloso que en sus últimas palabras
desde la Cruz, que ahora vamos a explicar, Cristo diese el primer lugar
a palabras de caridad.
Empezaremos por tanto explicando las primeras tres palabras que fueron
dichas por Cristo a la hora sexta, antes que el sol fuera oscurecido y
las tinieblas cubrieran la tierra. Consideraremos luego este eclipse del
sol, y finalmente llegaremos a la explicación de todas las demás
palabras de Nuestro Señor, que fueron dichas alrededor de la hora nona
(20), cuando la oscuridad estaba desapareciendo y la Muerte de Cristo
estaba a la mano.
Notas
1. Lc 18,31.
2. Lc 6,12.
3. Mt 8; Mc 4; Lc 6; Jn 6.
4. Jn 8.
5. Lc 4.
6. Lc 23,48.
7. Hb 5,7.
8. En "Dial. cum Thyphon," lib. v.
9. "Advers. haeres. Valent."
10. "Lib. de Gloria Martyr." c. vi.
11. Epist i.
12. Serm. i "De Ressur."
13. Ef 3,18.
14. Epist. 120.
15. Hch 2,23.
16. Jn 3,14-15.
17. Mt 16,24.
18. Epist. 120.
19. Ef 3,18.
20. Mt 27.
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