
I. En la Ley de Moisés estaba dispuesto que se cumpliera el diezmo [1]: se debía entregar la décima parte del producto de los frutos más corrientes del campo, como los cereales, el vino y el aceite, para el sostenimiento del Templo. Los fariseos pagaban, además, el diezmo de la hierbabuena, el eneldo y el comino, plantas aromáticas que se cultivaban en los jardines de las casas y que servían para condimentar las comidas. Era una equívoca manifestación de generosidad con Dios, porque a la vez dejaban de cumplir otros graves mandamientos en relación al prójimo.
Por eso, por su hipocresía, les dirá el Señor: ¡Ay de vosotros,
escribas y fariseos hipócritas! que pagáis el diezmo de la menta, del
eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley:
la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas cosas había que
hacer, sin omitir aquéllas [2].
No desprecia el Señor el pago del diezmo por la menta, el eneldo y el
comino, que podría haber sido una verdadera expresión de amor: como
quien regala unas flores a una persona que quiere, o al Señor en el
Sagrario; lo que rechaza Jesucristo es la hipocresía que este falso celo
oculta, pues con ello se justificaban para no cumplir con otros deberes
esenciales: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Los cristianos
no debemos caer jamás en una hipocresía semejante a la de estos
fariseos: nuestras ofrendas voluntarias son gratas a Dios cuando
cumplimos con las obligatorias y necesarias, determinadas por la
justicia; esta virtud manda dar a cada uno lo suyo y se enriquece y
perfecciona por la misericordia y la caridad. Estas cosas había que
hacer, sin omitir aquéllas.
La virtud de la justicia se fundamenta en la intocable dignidad de la
persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y destinada a una
felicidad eterna. Y si consideramos el respeto que merece todo hombre «a
la luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar
necesariamente en mayor grado esta dignidad, ya que los hombres han sido
redimidos por la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios
por la gracia sobrenatural y constituidos herederos de la gloria eterna»
[3].
El aprecio a los derechos de las personas comienza por un ordenamiento
justo de las leyes civiles, al que hemos de contribuir los cristianos,
como ciudadanos ejemplares, con todas nuestras fuerzas, comenzando por
aquellas leyes que defienden el derecho a la vida, el primero de los
derechos, desde el mismo instante de la concepción. Pero no basta con
esta contribución, que hemos de hacer siempre en la medida de nuestras
posibilidades, aunque sean pequeñas.
Cada día se nos presentan muchas ocasiones para ser justos con nuestros
semejantes: a la hora de emitir juicios sobre otros -¡con qué facilidad,
con qué frivolidad se falta a veces a la justicia más elemental con
juicios temerarios!-; en las palabras, evitando no sólo la calumnia -la
acusación falsa-, sino también la difamación, la palabrería que propaga
los defectos del prójimo, para disminuir su consideración social,
profesional y humana; en las obras, dando a cada uno lo que es suyo...
¿Cómo podrían ser gratas a Dios nuestras obras si no tratamos con esmero
-de pensamiento, palabra y obra- a nuestros hermanos, por quienes Jesús
dio su vida?
II. Vivir la justicia con el prójimo es mucho más que
el mero no causarle daño, y no basta para cumplirla con lamentarse ante
situaciones de injusticia; quejas y lamentaciones que serán estériles si
no se traducen en más oración y obras para remediar esa situación. Cada
cristiano ha de plantearse cómo vive la justicia en las circunstancias
normales de su vida: en la familia, en el trabajo profesional, en las
relaciones sociales... Vivir la justicia con quienes nos relacionamos
habitualmente significa, entre otros deberes, respetar su derecho a la
fama, a la intimidad, a una retribución económica suficiente... «Estas
exigencias no han de limitarse únicamente al orden económico, como es,
por ejemplo, la justicia en sueldos y honorarios; la vida y la moral
cristianas tienen exigencias más amplias. El respeto a la vida, a la
fidelidad, a la verdad, la responsabilidad y la buena preparación, la
laboriosidad y la honestidad, el rechazo de todo fraude, el sentido
social e incluso la generosidad deben inspirar siempre al cristiano en
el ejercicio de sus actividades laborales y profesionales» [4].
También la calumnia, la maledicencia, la murmuración.... constituyen una
verdadera y flagrante injusticia, pues «entre los bienes temporales la
buena reputación parece ser el más valioso, y por su pérdida el hombre
queda privado de hacer mucho bien» [5]. El Apóstol Santiago dice de la
lengua que es un mundo entero de maldad [6]: puede servir para alabar a
Dios, para hablar con Él, para comunicarnos..., o puede hacer mucho
daño, si no hay un empeño decidido en no hablar nunca mal de nadie.
No es infrecuente que se falte a la justicia a través de la palabra. Por
eso, el Señor nos pide a los cristianos que sepamos defenderla, que no
nos dejemos guiar por rumores, por juicios precipitados de otras
personas, de algunos medios de comunicación social..., que nunca
emitamos un juicio negativo sobre personas o instituciones -no ser
inquisidores y verdugos de vidas ajenas-. Y, entonces, hemos de procurar
poner los medios para estar bien informados, y, si alguien tiene el
deber de juzgar, oyendo a las dos partes, matizando cuando sea preciso
hacerlo y salvando siempre la intención profunda de las personas, que
sólo Dios conoce. Especial responsabilidad tienen quienes de alguna
manera trabajan en los medios de comunicación social o tienen acceso a
ellos, por el gran bien o el mal grave que pueden hacer.
Debemos vivir los deberes de justicia con aquellos que el Señor nos ha
encomendado, dedicándoles tiempo, colaborando en la formación de todos,
tratando con más esmero a aquel que, por enfermedad, edad o por sus
condiciones particulares, más lo necesita. Sabemos bien que no viviría
esta virtud, por ejemplo, el padre o la madre que tuviera tiempo para
sus gustos y distracciones, y no dedicara lo necesario para la educación
de los hijos o para aquellas personas que Dios ha puesto a su cuidado; o
quien antepusiera sus gustos y preferencias personales, de los que con
un poco de buena voluntad se puede prescindir, a las necesidades de los
demás.
Somos justos cuando damos a cada uno lo suyo. El empresario, con la
justa retribución de los empleados, de acuerdo con las leyes civiles
justas y con la recta conciencia. No será raro que, a veces, haya de
remunerar por encima del mínimo exigido por la ley, pues pueden darse
circunstancias en las que, cumpliendo lo estrictamente legal, lo
establecido, se falte a la justicia con ese mínimo estipulado: pueden
darse despidos legales pero injustos, salarios de acuerdo con las leyes
pero que ofenden la dignidad de las personas... ; «la justicia no se
manifiesta exclusivamente en el respeto exacto de derechos y de deberes,
como en los problemas aritméticos que se resuelven a base de sumas y de
restas» [7]. Al cristiano le importa, sobre todo, ser justo ante Dios, y
esto le llevará a cumplir más allá de lo meramente establecido por las
leyes, teniendo en cuenta las circunstancias personales y familiares de
quien trabaja a su cargo.
III. La economía tiene sus propias leyes y mecanismos,
pero estas leyes no son suficientes ni supremas, ni esos mecanismos son
inamovibles. El orden económico no debe concebirse -insiste el
Magisterio de la Iglesia- como un orden independiente y soberano, sino
que ha de estar sometido a los principios superiores de la justicia
social, que corrijan los defectos y deficiencias del orden económico y
tengan en cuenta la dignidad de la persona [8].
La justicia social exige también que al trabajador no se le deje a
merced de las leyes de la competencia, como si su trabajo se tratara
sólo de una mercancía [9]; y una de las principales preocupaciones del
Estado y de los empresarios «debe ser ésta: dar trabajo a todos» [10],
pues el paro forzoso es uno de los mayores males de un país y causa de
otros muchos en la persona, en las familias y en la sociedad misma.
Quien trabaja en un taller, en la Universidad, en una empresa, no
viviría la justicia si no cumple con esmero con su tarea, con
competencia profesional, aprovechando el tiempo, cuidando los
instrumentos de trabajo que son propiedad de la fábrica, de la
biblioteca, del hospital, del taller, de la casa en la que se ayuda en
las tareas del hogar. Los estudiantes faltarían a la justicia con la
sociedad, con la familia, a veces gravemente, si no aprovechan ese
tiempo dedicado al estudio. De modo general, las calificaciones
académicas obtenidas pueden ser materia de un buen examen de conciencia.
Muchas veces, la poca intensidad en el estudio será la causa de no ser
más tarde buenos profesionales, faltando así a la justicia con la
empresa en la que se trabaja, por carecer de la preparación debida. Son
puntos que con frecuencia deberemos examinar, para vivir delicadamente,
delante de Dios y de los hombres, los deberes hacia el prójimo: la
justicia, la misericordia y la fidelidad en los pactos y promesas.
Pidamos a la Santísima Virgen esa rectitud de conciencia, para
contribuir a hacer de la sociedad en que vivimos un ámbito de
convivencia digno de hijos de Dios.
[1] Lev 27, 30-33; Dt 14, 22 ss.
[2] Mt 23, 23.
[3] JUAN XXIII, Enc. Pacem in terris, 11-IV-1963, 10.
[4] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Instr. Past. Los católicos en la vida pública, 22-IV-1986, nn. 113-114.
[5] SANTO TOMÁS. Suma Teológica, 2-2, q. 73, a. 2.
[6] Sant 3, 6.
[7] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, 168. 8 Cfr.
[8] Pío XI, Enc. Quadragesimo anno, 15-VI-1931, 37.
[9] JUAN PABLO II, Enc. Sollicitudo re¡ socialis, 30-XII-1987, 34.
[10] IDEM, En el estadio de Morumbi, 3-VII-1980.
Meditación extraída de la serie "Hablar con Dios", Tomo IV, Martes
de la 21ª Semana del Tiempo Ordinario, por Francisco Fernández Carvajal.
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