El aleluya pascual contrasta todavía con los lamentos y el clamor que provienen de tantas situaciones dolorosas.
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Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo:
La mañana de Pascua nos ha traído el anuncio antiguo y siempre nuevo: ¡Cristo ha resucitado!
El eco de este acontecimiento, que surgió en Jerusalén hace veinte
siglos, continúa resonando en la Iglesia, que lleva en el corazón la fe
vibrante de María, la Madre de Jesús, la fe de la Magdalena y las otras
mujeres que fueron las primeras en ver el sepulcro vacío, la fe de Pedro
y de los otros Apóstoles.
Hasta hoy -incluso en nuestra era de comunicaciones
supertecnológicas- la fe de los cristianos se basa en aquel anuncio, en
el testimonio de aquellas hermanas y hermanos que vieron primero la losa
removida y el sepulcro vacío, después a los mensajeros misteriosos que
atestiguaban que Jesús, el Crucificado, había resucitado; y luego, a Él
mismo, el Maestro y Señor, vivo y tangible, que se aparece a María
Magdalena, a los dos discípulos de Emaús y, finalmente, a los once
reunidos en el Cenáculo (cf. Mc 16,9-14).
La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una
experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la
historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando
en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias
encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el
espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la
muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la
Verdad y del Bien.
Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y abrir las
yemas en las ramas de los árboles, así también la irradiación que surge
de la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, deseo, proyecto.
Por eso, todo el universo se alegra hoy, al estar incluido en la
primavera de la humanidad, que se hace intérprete del callado himno de
alabanza de la creación. El aleluya pascual, que resuena en la Iglesia
peregrina en el mundo, expresa la exultación silenciosa del universo y,
sobre todo, el anhelo de toda alma humana sinceramente abierta a Dios,
más aún, agradecida por su infinita bondad, belleza y verdad.
"En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra".
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