Jesús, emitió juicios severos sobre quienes condenaban y perseguían a otros, mientras no hacían nada por eliminar sus propios delitos.
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Condenar es fácil. Tan fácil como beber un vaso de agua. Porque la
sed nos lleva a buscar una bebida que nos alivie, y porque la condena,
aparentemente, sirve para desahogar rencores que corroen nuestras almas.
Pero las condenas pueden ser injustas, o desproporcionadas, o
amargas. La facilidad con la que juzgamos a otro como despreciable, como
enemigo, como indigno, nos lleva a cometer errores graves de
apreciación, nos arrastra en ocasiones a condenar a inocentes.
Otras veces la condena es acertada: censuramos a alguien por sus
fallos reales, por sus cobardías, por sus omisiones, por sus delitos.
Pero, ¿sirven siempre este tipo de condenas? ¿Ayudan al delincuente a
mejorar su vida? ¿Alivian a las víctimas y restablecen la justicia
herida? ¿Nos convierten en mejores seres humanos?
Antes de condenar, podríamos preguntarnos si estamos seguros
respecto del mal supuestamente cometido y de la mejor manera de avanzar
hacia la justicia. No sirven las condenas cuando son simples desahogos
llenos de amargura. Sirven cuando están unidas a un profundo respeto
hacia las víctimas y a un sincero deseo de rescatar a los verdugos.
Junto a la condena, es importante mirar la propia alma para ver si
no tenemos una viga en el propio ojo cuando queremos eliminar la paja
del ojo ajeno. Es señal de incoherencia condenar a unos por hechos no
muy graves mientras tenemos, como un peso del corazón, la certeza de
haber dañado a otros en sus bienes o en su buena fama.
En la historia humana hubo quien, desde una justicia perfecta y un
corazón bueno, tenía pleno derecho a condenar. Sabía lo que estaba
escondido dentro de cada uno. Conocía las hipocresías y las miserias de
los seres humanos.
Ese Hombre, que se llamaba Jesús, emitió juicios severos sobre
quienes condenaban y perseguían a otros, mientras no hacían nada por
eliminar sus propios delitos. Al mismo tiempo, dijo con serenidad que no
había sido enviado para juzgar al mundo, sino para salvarlo (cf. Jn
3,17; 12,47), aunque tenía pleno poder para emitir sentencias (cf. Jn
5,27).
Por eso su invitación sigue en pie, quizá más urgente que nunca: “No
juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que
juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá”
(Mt 7,1-2).
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